Otro 6 de marzo

Ayer se lanzó el libro en Bogotá, un día después del cumpleaños de García Márquez.

Este 6 de marzo cumplió años Gabriel García Márquez. El número 86 en la vida de quien escribe para que sus amigos lo quieran más. Una vida que ha sido contada de muchas maneras, incluidos esos años que narra él mismo en Vivir para contarla. Están los materiales que aportan biógrafos, oficiales o no, críticos literarios, analistas y muchos de sus amigos. Éstos especialmente hacen pública la relación íntima que los une, el minuto que pasaron con él. Enrostrarle al mundo que son ellos quienes lo quieren más. “Mi Gabo”, dicen. Y no lo dejan tranquilo.

Crece el conocimiento sobre grandes e ínfimos momentos de su vida. Cada cual quiere su versión como verdadera. No sobran quienes trastocan realidad y ficción y piden, como lo ha anotado el mismo García Márquez, un minuto de silencio por los tres mil muertos irreales en la Masacre de las Bananeras.

Con tanto hilo se arma tal madeja que van quedando aún muchos cabos sueltos de donde jalarla para desenredarla. Uno de los nudos más grandes ocurre por la entronización inicial del llamado Grupo de Barranquilla y el posterior reclamo sobre el aporte de Cartagena en el proceso formativo del joven escritor, una vez abandona la capital de la república a raíz de los acontecimientos del 9 de abril de 1948.

Mientras para unos, a partir de la obra del maestro francés Jacques Gilard, Barranquilla es la ciudad en la que se encuentra con genios y bohemios que le enseñan, con los que conversa e intercambia saberes en lugares ni siquiera visitados, para otros, luego de la minuciosa investigación de Jorge García Usta en los empolvados archivos de El Universal, conocida hace más de una década, la Barranquilla garciamarquiana tiene como antecedente un período fértil en su aprendizaje como periodista en Cartagena de la mano de Clemente Manuel Zabala y en la compañía de Héctor Rojas Herazo, Manuel Zapata Olivella y Gustavo Ibarra Merlano, siendo éste quien le enseñó la literatura griega en la biblioteca de su casa, aún levantada, en la Calle Real del barrio El Cabrero. Todo esto lo confirma el escritor en Vivir para contarla y narra allí mismo cómo luego de la salida del periódico irían a un tenderete llamado La Cueva en el mercado público de Getsemaní, donde comían y bebían, atendidos por José Dolores, su propietario y servidor, “un negro casi adolescente, de una belleza incómoda, envuelto en sábanas inmaculadas de musulmán, y siempre con un clavel vivo en la oreja. Pero lo que más se le notaba era su inteligencia excesiva, que sabía usar sin reservas para ser feliz y hacer felices a los demás. Era evidente que le faltaba poco para ser mujer y tenía una fama bien fundada de que sólo se acostaba con su marido”. Entre las páginas 375 y 384 de Vivir para contarla les escribe a sus amigos sobre La Cueva que conoció y visitó. Pero esta Cueva ya no existe, nadie la recuerda. Estuvo allí en pleno centro de Cartagena, en el área de lo que es hoy el Centro de Convenciones, construido luego del traslado del viejo mercado. Pero como ocurre con los tres mil muertos cuando el escritor hace la ficción de la masacre, hoy se cree y se reproduce que su período formativo sólo se da en Barranquilla y el sitio de tertulia era La Cueva de cazadores de esta ciudad, llamada así por coincidencia.

Al cumplir un año más de vida aparecen tres nuevos libros. La bella edición de Gabo periodista, publicada por la Fundación García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, una estupenda antología de textos del “mejor oficio del mundo” comentados por maestros del periodismo y expertos. Sobre el paso del joven Gabriel por Zipaquirá se encuentra en las vitrinas la primera edición de Gabo: cuatro años de soledad de Gustavo Castro Caycedo. Por último, el 7 de marzo, un día después de su cumpleaños, se presentó en Bogotá el libro que lleva un nombre que suena ya a cansancio: Gabo, memorias de una vida mágica, con la pretensión de ser anunciado como “el eslabón perdido entre la vida y la obra del Nobel colombiano”.

Con la novedad del género de novela gráfica, usado en ese último libro, se promocionó en la “cumbre” de escritores que algunos creen que es el Hay Festival de Cartagena. Muchos de ellos seguramente lo llevaron a sus países de origen sin darse cuenta de lo que llevaban consigo.

Una primera fe de erratas, en esa versión, reconocida por la editorial, es precisamente la fecha de nacimiento de García Márquez. No es 6 de abril si no 6 marzo, dice la fe. Pero esa es tal vez una errata menor e insignificante. Es en la sección llamada El regreso, fechado en 1948, donde aparece una enorme confusión. Ubican el encuentro con Manuel Zapata Olivella, a quien luego le borran el primer apellido, en Barranquilla, así como la presentación a don Clemente Zabala, director de El Universal. La historieta cuenta que fue en ese momento cuando conoció a Héctor Rojas Herazo, cuando Gabo y sus biógrafos han asegurado que el escritor y artista toludeño había sido su maestro de dibujo en el Colegio San José durante su infancia. Y seguidamente lo dibujan en La Cueva a donde iba a comer bien y tomar cerveza barata (como lo escribió GGM). Pero no lo dibujan con José Dolores, Rojas Herazo o Ibarra Merlano sino entre los asiduos de La Cueva barranquillera.

Cuando las cosas se habían aclarado sobre el aporte de las dos ciudades en el proceso formativo del Nobel, este nuevo libro borra de un plumazo a Cartagena y consagra la entronización de Barranquilla y su Cueva, un claro retroceso en la explicación de los 86 años de vida que cumplió este 6 de marzo. No 6 de abril.

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