Pacheco, el navegante más querido

El reconocido presentador de televisión estudió tres carreras, no terminó ninguna, fue camarero en un barco y también actor y boxeador. Es recordado por programas como ‘Quiere cacao’, ‘Animalandia’ y Operación Ja Ja’. Perfil.

Fernando González, ‘Pacheco’, fungía en los años 50 como mesero en el barco Ciudad de Bucaramanga de la Flota Mercante Grancolombiana. En tiempos, cruzaba el Atlántico en ese barco, y en otras ocasiones, en el Granada, repasaba el mar que baña a Panamá. Por ese entonces, para complacer a su padre, Doroteo González —exiliado junto con su familia de España durante la Guerra Civil—, había estudiado medicina, luego derecho, después economía. En ninguna de las tres pasó de las primeras clases; en últimas, Pacheco deseaba que su vida fuera una aventura, pasar su tiempo en esa experiencia misteriosa de vivir.

 
Por eso se reclutó como mesero en un mercante, y por eso también lo ascendieron tiempo después a mayordomo. Tenía entre sus talentos tocar guitarra y cantar, y de tanto en tanto, con la pericia que siempre singularizó su carácter, cantaba a los pasajeros de a bordo. Un día cualquiera, como suelen ser las leyendas, el futuro dueño de la programadora Punch, Alberto Peñaranda, pasajero de su barco, lo escuchó cantar. Le preguntó si estaba interesado en trabajar en televisión. Era 1957. “Le dije que no —contaría ‘Pacheco’—. Él me preguntó si era porque no me sentía capaz. Le dije que no se confundiera, que una cosa era no ser capaz y otra no querer”.

Otra versión azarosa, también con tinte de leyenda, era contada por él. Habría conocido a Peñaranda durante un matrimonio, y él, visto ya su talento por el canto y su facilidad para entrar en contacto con el público, le propuso tener un programa en televisión. Peñaranda escribió un contrato en una servilleta y luego le pidió que lo firmara. Trago sobre trago, ‘Pacheco’ firmó. Y al día siguiente Peñaranda reclamó el cumplimiento del contrato. Había sido boxeador —tuvo dos peleas, perdió ambas—; en otro tiempo instaló radios para carros y luego fue mesero de mercante. Y ahora, por azar o por mera intuición, presentador.

‘Pacheco’ nació el 13 de septiembre de 1932 en Valencia, España; su familia —su padre, su madre, Inés Castro, y un hermano— estaban allí de paso, dado que su padre tenía un almacén de fotografía en Madrid y abriría en esta ciudad una nueva sucursal. Tenía cuatro años cuando, a causa de la guerra civil en ese país, sus padres decidieron exiliarse en Colombia; su madre era sobrina del entonces presidente Eduardo Santos, quien nombró a Doroteo González como cónsul honorario en Colombia. Desde entonces, ‘Pacheco’ vivió aquí y se sintió colombiano. En algún momento olvidó ser español, aunque cierto sentido en su porte aún lo advertía.

Fue ese porte, poco convencional hoy, distintivo cuando comenzó en la televisión, cuanto le dio su carácter personal frente a los televidentes: un hombre de pelo oscuro, ojos saltones detrás de gafas de carey, barba en candado. Ese primer espacio para el que fue contratado lo bautizaron ‘Agencia de artistas’, un show que invitaba a personajes y cantantes para que mostraran sus habilidades. En las primeras emisiones, siempre los miércoles a las 7:30 de la noche, en vivo, ‘Pacheco’ preparaba algunas preguntas y sentía curiosidad por saber de antemano con quién hablaría. Después dejó los libretos a un lado y apuntó a la espontaneidad, a las intuiciones. Esa decisión determinó buena parte de cuanto haría de allí en adelante: “Lo mío es más popular, más intuitivo —decía en la revista ‘Aló’ en 2003—. Prefiero ponerme en la posición de las personas del común, imaginar lo que ellas preguntarían si tuvieran al frente al entrevistado”.

En la pantalla, entonces, se veía a un hombre de altura mediana —aunque algo más alto que el colombiano común—, con una voz fuerte y estridente, ida en todas direcciones. Cordial y sonriente, como solía presentarse, ‘Pacheco’ fue convirtiéndose en un presentador estrella de la televisión colombiana, que apenas despuntaba con éxito en programas de variedades y entretenimiento. Presentó por entonces ‘Animalandia’, ‘Qué pareja más pareja’, ‘Alcance la estrella, ‘Cabeza y cola’ y ‘Sabariedades’: con su imagen, ‘Pacheco’ llenó esos espacios de reunión familiar, en las comidas y en el tiempo libre. Quizá por eso está ligado con fuerza, como otros presentadores de su tiempo, a la actividad más cotidiana de los colombianos en los años setenta y ochenta: sentarse frente al televisor.
“Pero desde que fui reconocido —diría en ‘Aló’— empecé a alejarme de la fanfarria. Me di cuenta a tiempo de que un famoso en un baile es el anzuelo de todas las pupilas. Si baila bien, lo calumnian por borracho irremediable. Si llega con una mujer que es apenas su amiga, le inventan un romance. Si llega con una mujer muy fea, lo acusan de estar desequilibrado en su percepción estética”.

‘Pacheco’, en los años ochenta —ya catapultado en la televisión—, fumaba, apostaba y dormía en proporciones más bien equilibradas. Más adelante, presentó el programa ‘Charlas con Pacheco’, que lo ayudó a resurgir en la televisión en otro papel: el de periodista. Entrevistó, entre muchos otros, a Jaime Garzón, Luis Carlos Galán y Carlos Pizarro: los tres muertos por una violencia que despreció desde siempre, la misma violencia, en últimas, que obligó a su familia a salir de España, y la misma que se agazapó para secuestrar a su primo Guillermo ‘La Chiva’ Cortés, fallecido en abril del año pasado.

Desde sus primeros días, como mesero en aquellos barcos o como boxeador, era ya visible su gusto por existir, por convertir su vida en una fiesta. Siempre se lo vio, incluso en los días en que su salud menos se lo permitía, contento y con ánimo por continuar. “¿Quién después de 50 años —dijo en la década pasada— no tiene derecho a sufrir algunas depresiones? Quien no las tuviera sería sencillamente un monstruo sin recuerdos. Yo tengo mis caídas, pero eso no quiere decir que esté acabado. Si hasta a veces todo ese hermoso raudal de pasado me quita las ganas de levantarme en las mañana”.

En los últimos años, su salud desmejoró. Estuvo internado en varias ocasiones, y en los medios se habló de su decaimiento. Por encima de todo ello, no obstante, en el recuerdo de la gente común, de la gente que ve televisión en las noches mientras come, mientras evalúa la bonanza, el desenfreno o la pérdida del día, ‘Pacheco’ seguía siendo ‘Pacheco’: el personaje alegre que quedó encapsulado en la pantalla chica, congelado en ella y en la memoria mediática del país. Él, que deseaba pensar como pensaba su público, quizá se habría sentido halagado.

“Pienso en la muerte de forma natural —dijo en una entrevista en ‘Tv y Novelas’ en 2006—. No le pongo misterio. El día que llegue el mal momento de morir (ojalá no sea muy pronto porque me encanta la vida), lo tomaré con enorme naturalidad”. ¿Tiene ya algún epitafio?, le preguntaron entonces. Dijo que aún no lo había pensado. “Quizá algo sencillo. Aquí yace Fernando González ‘Pacheco’. Nada más”.

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