'Las palabras son todavía importantes': Alejandro Zambra

El escritor chileno estuvo en Colombia lanzando su más reciente novela, ‘Formas de volver a casa’, un libro que reconstruye la época de la dictadura desde la mirada de un niño.

Nació en 1975 y claro, cuando los años 80 transcurrían, el escritor chileno Alejandro Zambra aún un chiquillo, crecía viendo a Don Francisco y a Pinochet por la tele. Su manera de mirar el mundo parecía vedada por una tela gris que sus padres habían desplegado para protegerlo, quizás, de los extremismos que coloreaban para entonces la realidad chilena.

Zambra fue creciendo y su manera de acercarse a lo que afuera acontecía empezó a ser consignada en poemas que por accidente terminaron un día en manos de algún profesor loco que puso a que todo un grupo de estudiantes los aprendieran y recitaran. Los libros también le ayudaron a entender, los cientos que devoraba con devoción y que le hacían decir que cuando fuera grande sería simplemente lector. Pero para ser lector, se hizo escritor.

Escribió dos cortas novelas: Bonsái, con la que ganó el Premio de la Crítica en Chile en 2006 y que fue traducida a más de diez idiomas, y La vida privada de los árboles, con la que además fue seleccionado por la revista Granta como uno de los mejores escritores en español menores de 35 años.

Zambra ha vuelto a escribir y utiliza esta vez su escritura, su universo de libros infinitos guardados en la memoria, para contar esa infancia de los 80, no la suya propiamente, pero sí la de su generación, una a la que quiere sacudirle la nostalgia.

El joven escritor estuvo de paso por Bogotá y El Espectador quiso hablar sobre sus letras y su nueva novela.

¿Por qué se inclina por la escritura corta? ‘Bonsái’ no superó las 94 páginas y algo parecido sucedió con la siguiente.

No hay un motivo preciso. Las novelas son hijos rebeldes y éstas simplemente no quisieron crecer más.

¿Cómo logra que aún en la brevedad se puedan conocer los destinos de las personas, su vida emocional?

Yo creo que escribir es, entre muchas cosas, un desafío de precisión. Me gusta un mundo donde las palabras son todavía importantes. La verdad es que miro mucho antes de escribir, me demoro un montón en elegir esos dos o tres detalles reveladores que siempre hay en las personas o en los paisajes.

¿Qué fue lo que hizo de ‘Bonsái’ una novela tan especial para tanta gente y en tantos idiomas?

No lo sé muy bien. Cuando terminé de escribirla simplemente pensé que debía publicarla, pero no tenía muchas teorías sobre la novela. Tampoco ahora. Y que se lea en otros lados es para mí muy extraño, pues siempre pensé que era una novela muy chilena, no de manera explícita, pero muy chilena.

¿Cómo ha cambiado su relación con esta novela en el tiempo?

Con mis libros tengo sobre todo una relación amorosa. Los quiero mucho. Pero no me interesa defenderlos ni reescribirlos ni hablar demasiado sobre ellos. No siento que tenga una ‘obra’. Más me interesa el libro en que trabajo ahora.

¿Qué es eso tan profundo que encuentras en la lectura?

En la lectura encuentro salud. Me siento bien leyendo. Me hace bien. Es mucho mejor que hacer deporte. Creo que descubrí la literatura gracias a los relatos sobre el terremoto del 39 en Chillán que hacía mi abuela (nos contaba historias para hacernos dormir, pero era imposible dormir después de escuchar que había perdido a sus padres y a sus hermanos en los escombros); gracias a la misa, porque cuando chico yo era muy creyente y me gustaba sobre todo el lenguaje raro y solemne de la misa, aunque confundía las frases (por ejemplo, esa parte en que dice “Mi paz os dejo, mi paz os doy”, yo pensaba que decía “Ni pasos dejo, ni pasos doy”, lo que me parecía bellísimo); y también gracias a los relatos radiales de Vladimiro Mimica, recuerdo que grababa los partidos y volvía a escucharlos una y otra vez, me encantaba ese lenguaje tan divertido.

Usted fue un crítico literario consagrado en Chile. ¿Qué hace que una crítica de libros sea buena?

A veces es un poco incómodo, porque en verdad no estoy tan interesado en lo que se diga sobre mis libros, pero de todos modos, inevitablemente, me entero. A veces me sorprende, sobre todo cuando algún crítico postula sentidos o interpretaciones que yo no había previsto.

Por mucho tiempo fue testigo de lo que pasaba en materia literaria en su país. ¿Qué diría que caracteriza la escritura chilena? ¿Cree que aún hay elementos nacionales en la escritura?

Bueno, sí. Hay elementos nacionales, claro que sí. Creo que siempre los hay, incluso si no escribes sobre tu país. Me siento tentado a decir que hay un grupo importante de escritores jóvenes o ya no tan jóvenes, haciendo cosas nuevas y sobre todo trabajando con autonomía, sin comprar una receta generacional. Pero de todos modos entiendo que algo nos une, incluso algo más que nuestro dialecto chileno, tan falto de palabras y sin embargo tan secreta y susurradamente rico.

¿Qué es en su historia como escritor este nuevo libro que publica en Colombia con la editorial Anagrama, ‘Formas de volver a casa’?

Es un libro que siempre quise escribir, aunque no sabía cómo era. Es un libro sobre el lugar donde viví casi veinte años, en las afueras de Santiago. Y es un libro sobre la familia. Yo creo que este es un libro muy distinto a los anteriores, sobre todo porque está en primera persona. Pero también entiendo que hay una familiaridad o una continuidad con los libros que lo preceden.

¿Por qué decide afrontar de nuevo ese tema transversal en muchos autores chilenos: la dictadura? ¿Qué necesidades existenciales lo alentaron a volver sobre el tema?

Más que escribir sobre la dictadura me propuse escribir sobre la infancia, esa fue la única decisión ‘temática’ que tomé. Y en mi caso era absolutamente imposible escribir sobre la infancia sin hablar sobre la dictadura. Lo de las necesidades existenciales es algo que solamente podría abordar con mi terapeuta, si es que tuviera uno, aunque si tuviera uno quizás no escribiría libros.

Ha dicho que quisiera escapar de títulos que encasillen la novela, pero se alcanzan a percibir varias referencias a lo político. ¿Cómo conversa la literatura y la política en su quehacer como escritor?

La literatura nos permite ver mejor. Y es una forma de conocimiento. Creo que gracias a ella podemos entender mejor nuestro pasado. Los escritores no estamos obligados a nada, salvo a mirar bien, a ser precisos, a buscar más allá de los primeros signos. Y eso te lleva siempre a la política, seas explícito o no.