Macguffins

Para qué me invitaste si sabes cómo me pongo

Suenan, se retuercen los techos de lata. Sol de agosto, mucho sol, cargado de adjetivos malos y rayos mortales.

Cortesía

Estamos con la lengua afuera. El cielo azul puro e inalcanzable se eleva y se eleva y toda la tierra arde. Arde en muerte y deseo. Durante el día, se usa el pensamiento o se usan las manos. Unos analizan los pormenores dramáticos del capitalismo tardío; otros aprietan pernos y destripan cerdos. Hay tantos destinos como caras, bellezas y fealdades las que uno imagine. En la noche, todo el mundo se emborracha.

Unos hacemos todo eso y nada a la vez.

Hacemos nada, y eso cansa. Esto ocurre en Cali, en una casona del viejo barrio Granada. El sitio se llama Lugar a Dudas y ya tiene cierta fama en el país. Es un espacio fundado en 2005 por Óscar Muñoz y Sally Mizrachi. Es una casa de puertas abiertas; uno puede entrar y sentarse a mirar el misterio y el tedio. O el misterioso tedio o el tedioso misterio. Adentro ocurre lo contemporáneo, en el arte como en la vida: que no hay certezas, que la razón estalló en átomos, que los telescopios muestran pero no cuentan, que la medicina prolonga la vida sin preguntarnos para qué.

Entre julio y agosto de 2017, la coherencia espiritual de esta experiencia alcanza un punto bien alto. Víctor Albarracín, en conversación con otros artistas, propone fundar en Cali, en Lugar a Dudas, una escuela incierta. Una escuela para no hacer nada, para sentarse a ver películas en las que no pasa nada, para hablar y hablar sin rumbo sobre los esquemas vitales que se rompen a cada rato, sobre el uso tan medido del tiempo en función de la productividad, sobre la lenta cancelación del futuro, como dirían Franco Berardi “Bifo” y Mark Fisher. Una escuela de la contemplación que no genera crecimientos ni ganancias. Lo único a ganar, o lo único a recuperar, sería el tiempo, como lo sugirió Marcel Proust: recuperar la esencia muy tupida y honda del tiempo vital, los pedacitos de memoria, la textura de las pieles, de las praderas, la astringencia del té en el paladar. O no.

Tal vez Proust fracasó, nos dijo Albarracín en una de estas tardes. Tal vez nadie recuperó nada ni quiso recuperar nada. Pero eso no importa. Muchos han dormido a placer en busca del tiempo perdido. Eso, por lo pronto, parece valerlo todo.

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