Paro Nacional y crisis civilizatoria (Tintas en la crisis)

Mucho se ha especulado sobre las razones del paro en Colombia. Mientras el gobierno se empeña en desmentir las demandas de los convocantes, éstos se mantienen en sus posiciones y arguyen que hay razones de sobra para estar en las calles.

El calentamiento global, uno de los mayores problemas que afronta la humanidad en el presente, y que tiende a empeorar. Cortesía

Me parece que el paro debe entenderse en su debido contexto, sobre el cual no se ha profundizado mucho: lo que algunos teóricos han llamado crisis civilizatoria o crisis epocal del capitalismo, entre ellos, Luis Arizmendi o Armando Bartra en México o Renán Vega Cantor en Colombia, para sólo mencionar a tres. Desde la perspectiva de la crisis, entendida-  con Reinhardt Koselleck-, como una situación donde se está obligado “a juzgar y actuar bajo el principio de la falta de tiempo”, y donde se deben tomar decisiones fundamentales, pues los pilares del orden, sus fundamentos parecen ya no ser funcionales, la actual es una época donde es un determinado tipo de civilización el que perece, el que muere. Es decir, es el capitalismo mismo, como forma de vida, el que ya no responde a las expectativas presentes de la gente.

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El asunto es muy sencillo. El capitalismo implica una lógica que le apuesta al crecimiento ilimitado de la economía, para lo cual requiere alto niveles de producción en un mundo con recursos finitos. Esta lógica de la acumulación implica también la desposesión de la riqueza para unos en beneficio de otros, generalmente de una minoría, a lo cual se le debe sumar la crisis ambiental y ecológica que genera, pues la superproducción atenta contra el medio ambiente y ha eliminado más del 60% de las especies en las últimas décadas.

La crisis epocal de la que hablamos se patentizó desde el año 2008 con la crisis inmobiliaria en Estados Unidos y su sobre-financiación, lo cual llevó a la explosión de la burbuja y al injusto rescate de los bancos con dinero público, pero no se trata sólo de una crisis financiera, sino de una crisis económica general donde las economías mismas están estancadas y no han crecido mucho en los últimos años y donde los beneficios no llegan, como en Colombia, a los sectores más vulnerables. Esta crisis económica está acompañada de una crisis ambiental cuyo síntoma más evidente es el calentamiento global y sus nefastas consecuencias: se ha pasado por alto la advertencia de la ONU y el Panel Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC) sobre la posibilidad de que la temperatura global aumente hasta 5.8 o 6.4 grados Celsius a final del siglo XXI, lo cual sería catastrófico para el casco polar y el universo de especies terrestres y marinas, generando, además, inundaciones, migraciones masivas, daño ambiental, pobreza, etc., a gran escala.

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A esta crisis, debe agregársele la crisis energética, pues es claro que los fósiles como el gas, el carbón y el petróleo, son finitos, y en unos pocos años no existirán. En dos o tres décadas todos los productos derivados del petróleo se acabarán y se paralizarán los transportes a nivel global, que son los que movilizan las mercancías. La globalización se estancará y la actual forma de vida cambiará radicalmente, según pronostica Renán Vega Cantor. Lo peor es que tal vez los biocombustibles no podrán reemplazar esa energía, pues implican grandes costos ambientales y ecológicos y quizás las energías alternativas o limpias tampoco solucionen del todo el problema.

Por otro lado, si bien hay superproducción de alimentos en el mundo, es claro que también hay mucha hambre en el planeta. Esto se debe a que la escasez es producida geopolíticamente. Esto configura una crisis alimentaria. Además, la pérdida y desperdicio de comida en el mundo (especialmente en el Norte global) es elevadísima. De acuerdo con el investigador mejicano Luis Arizmendi: “Según la FAO, 30 mil personas fallecen diariamente por hambre, lo que al año significa la muerte de seis millones de niños menores de 5 años. Los cálculos del economista de la Universidad de Yale, Thomas Pogge, son más delicados: evalúa que mueren por causas asociadas a la pobreza extrema 50 mil personas diariamente, entre las cuales se incluyen […] 34 mil menores de 5 años”.

La crisis alimentaria se incrementa con la crisis ambiental y, para las zonas del sur del planeta, con el acaparamiento mundial de tierras, pues no es un secreto que países desarrollados, entre ellos China o países árabes ricos en petróleo, compran o arriendan tierras en países del sur, como Argentina, Brasil o Colombia, despojando a los campesinos de sus tierras, atentando contra la soberanía alimentaria, volviendo infértil la tierra y destrozando los territorios y las culturas de los campesinos o nativos.

El problema del hambre mundial se relaciona también con la pobreza que se vive en el mundo. Thomas Pogge sostiene que entre 1990 y 2005 las muertes asociadas a la pobreza “suman 300 millones: cerca de 20 millones por año, lo que significa más del doble anual de muertes que en la segunda guerra mundial (donde la media anual fue de ocho millones)”, y cinco veces más que el número de muertos en esa guerra que se ha calculado en 60 millones de personas. Esta pobreza se debe también a la cada vez mayor precarización de las condiciones laborales y de la seguridad social al servicio del capital, pues si hay problemas para el crecimiento económico, los países cargan este déficit a la población, y ponen en riesgo la seguridad vital de las personas. Esto se materializa de manera concreta, por ejemplo, en la manera como los gobiernos especulan con las cesantías o las pensiones de la gente a favor de entidades financieras privadas.

Para el año 2015, según el Banco Mundial (2018), el 10% de la población mundial vivía con menos de 1, 90 USD, lo que equivale a 736 millones de personas en pobreza extrema. Y según un informe del 17 de octubre de 2018, 3400 millones de personas, casi la mitad de la población mundial vive con menos de 5,50 dólares al día. La Cepal informó recientemente que el número de pobres en América Latina en el 2019 alcanzó la cifra de 191millones, mientras que la pobreza extrema es de 72 millones de personas. A esto hay que agregar que, al finalizar el año 2017, el número de desempleados en el mundo era alrededor de 192 millones de personas, lo que equivale al 5,5% de la población mundial, según cifras de la Organización Internacional del Trabajo, OIT. Hoy esta cifra sin duda es más alta, pues el desempleo es un problema estructural de la civilización ocasionado por la automatización,  la desindustrialización y la crisis económica. 

Parte de la crisis civilizatoria mundial actual es la crisis demográfica. Hay cerca de 7.500 millones de personas en el planeta. El razonamiento es elemental: ya Malthus, el inspirador de Darwin, sabía que un territorio limitado, con recursos limitados, y con una población creciente, es insostenible y deriva en una lucha a muerte por los recursos. Para allá va el planeta. En los próximos años se viene una lucha salvaje por la perpetuación de la existencia individual, en esta lucha, como dijo el comediógrafo latino Plauto, “homo, homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre. El aumento demográfico acrecienta la crisis ambiental, la pobreza y el desempleo.

A estas crisis, debe sumársele la crisis axiológica o de valores en la civilización, donde cada vez se naturaliza más lo irracional, se es más tolerante e indiferente frente a la violencia o la injusticia, hay menos empatía por el dolor y el sufrimiento del otro, y donde dividimos el mundo geopolíticamente en gente de primera (el Norte global) y de tercera categoría (Siria, África, Haití, etc.,). Igualmente, hay una creciente crisis democrática patentizada en la desconfianza en la representación, los partidos y los sistemas políticos en general.

Me parece que el actual descontento de la juventud y de los distintos sectores en América Latina, tienen que entenderse en este contexto. Por lo menos, lo que se ha visto en los últimos años en Argentina, Chile y Colombia así lo parece. Se trata de una nueva conciencia mundial, manifestada en las protestas contra el calentamiento global, el consumismo a lo blackfriday, los refugiados, a favor de la defensa de las especies, contra la violencia a la mujer, contra los privilegios de los poderosos, etc. El ecologismo y el feminismo se están tomando el mundo… lo cual hay que celebrar. Esta nueva conciencia- con todas las dificultades posibles: posverdad, miedo, represión- se articula y moviliza gracias a las redes sociales y representa un desafió que las élites tradicionales (como la colombiana) aún no alcanzan a comprender del todo.

Si miramos los trece puntos que el comité del paro nacional le ha puesto sobre la mesa a Iván Duque, vemos que muchos de ellos se pueden considerar demandas que pueden ser comprendidas en el marco referenciado de la crisis civilizatoria: la oposición al holding va contra la financiarización económica y la privatización de bienes públicos; la oposición a la reforma pensional y laboral  contra la precarización de la vida, la seguridad social y la pobreza; el cumplimiento de acuerdos previos va contra la desfinanciación de la educación y a favor del acuerdo de paz con sus múltiples elementos (reforma rural integral, restitución de tierras, participación política, inclusión de excombatientes); la exigencia de una política ambiental clara va contra la crisis ambiental, climática y ecológica mencionadas.

De tal manera que no se trata sólo de una agenda nacional, sino de demandas globales y continentales que están creciendo y que aumentarán y se fortalecerán en los próximos años. Esperemos que el gobierno escuche y esté a la altura de los tiempos, si no quiere cometer un crimen contra el porvenir del mundo y sus generaciones.

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Damián Pachón Soto

Cultura

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