El Magazín

Patriarcado y feminicidio

El asesinato de dos estudiantes de la Universidad Industrial de Santander por parte del novio de una de ellas, al igual que los miles de crímenes cometidos contra las mujeres por sus parejas, nos deben llevar a una profunda reflexión nacional sobre el problema del patriarcado y su relación con los feminicidios.

Para Nietzsche, todos los miembros de una sociedad son, a su manera, co-rresponsables de la delincuencia y sus distintas patologías sociales. Cortesía

Nietzsche pensaba que la sociedad entera, padres y educadores, eran también responsables y culpables de los ajusticiamientos y asesinatos. Consideraba que la comunidad en general formaba parte de las “circunstancias determinantes” de los mismos, tal como aparece en Humano, demasiado humano, aforismo 70. La afirmación de Nietzsche tiene pleno sentido en una época donde la sociología se estaba constituyendo como disciplina, y donde se busca explicar por qué sucede el delito o existen la violencia o la delincuencia, pero también tiene sentido hoy pues nos invita a pensarnos como sociedad.   

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Su crítica a la pena impuesta por el Estado y por el poder judicial apunta a que hasta el juez mismo tiene algo de responsabilidad por el delito causado. Esto se comprende sociológicamente si atendemos a los procesos de socialización y subjetivación que se dan a diario y que conectan la sociedad con el individuo. En estos procesos, la familia, la escuela, la universidad, los grupos, las clases, etc., intervienen como mediaciones, para usar un concepto hegeliano. La sociedad es un mecanismo, una escuela y una fábrica disciplinaria, una máquina de hacer hombres: los acuña, los produce, los moldea. Nietzsche, que nunca pensó en un individuo aislado, átomo o capsula, si no que entendía que éste era más bien un producto, un dividuum, un compuesto, pensaba que el todo societal era una fábrica de delincuentes, de criminales. Por eso todos sus miembros eran, a su manera, co-rresponsables de la delincuencia y sus distintas patologías sociales.

Pues bien, cuando asesinan a miles de mujeres en países como México, en Perú o en Colombia, para sólo mencionar tres ejemplos de sociedades altamente patriarcarles, nos estremeces y nos preguntamos: ¿por qué ocurren estos hechos tan atroces?, ¿está la sociedad, en su conjunto, enferma?, ¿qué pasa con la educación que se está ofreciendo en casa, en el colegio, en la escuela? El tema es, desde luego, altamente sensible, pero esa realidad no nos debe llevar a la indiferencia, la precaución o a posar de “políticamente correctos”, sino a reflexionar sobre las profundas estructuras sociales que nos atraviesan.

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Está demostrado que las sociedades latinoamericanas son machistas, que hay una herencia cristiana donde el centro del mundo está ocupado por el varón, el padre, el paterfamilias, el señor feudal, el encomendero, el hacendado, y hasta el padre de familia, de donde se irradia el poder, la autoridad, y la verdad. En occidente, por decirlo así, la razón y la verdad han sido masculinos, también blancos y eurocéntricos. El hombre es fuerte, la mujer débil; el hombre es sabio, la mujer bruta; el hombre manda, la mujer obedece; el hombre es lo principal, la mujer lo accesorio; el hombre habla, la mujer calla; el hombre trabaja, la mujer cocina; el hombre se desarrolla profesionalmente, la mujer se dedica al hogar; el hombre gana más, a la mujer se le puede pagar menos…y así podríamos continuar enumerando desigualdades y jerarquías reproducidas por siglos, naturalizadas, y asumidas como una segunda naturaleza por la sociedad.

Estos imaginarios y cosmovisiones han reproducido por siglos el sistema patriarcal imperante. Éste practica y justifica la violencia contra la mujer. En las relaciones amorosas, el hombre se cree dueño y señor del cuerpo de la mujer, el cual se torna propiedad, posesión. Ella es objectualizada, y sujeto pasivo de la acción masculina. Lo curioso es que, como en el fetichismo, se oculta la relación (la relatio) entre ambos, y ella adquiere un extraño poder mágico que actúa sobre el hombre, obligándolo, sin saberse cómo ni por qué, a “pecar”. El hombre agrede, abusa, pero la culpa se le traslada a la mujer, pues ella, “alguna culpa ha de tener”. Como en el Edén, ella es la que suscita o causa el pecado. La mujer moviliza el deseo y el hombre, incapaz de contenerse, se siente arrastrado por inefables e inescrutables fuerzas que lo “obligan a violarla”, o abusarla.

El patriarcado siempre se las ha arreglado para exculparse: fue brujería, fue la minifalda corta, fue la oscuridad, fue la insinuación, fue la “ambigüedad” de su comportamiento, fue su coquetería, y así camufla su responsabilidad y desplaza la culpa a la víctima. Por eso, y con razón, el performance de Las tesis “Un violador en tu camino” dice: “Y la culpa no era mía, ni donde estaba ni como vestía”, pues en estricto sentido, la culpa es del violador. Y que quede claro: ellas tienen derecho a vestir, a estar, a ir por donde les plazca, pues esos también son sus derechos humanos universales e inalienables. El performance denunció, además, la impunidad, y hasta cierta complicidad por parte de los jueces y el Estado, tal como pudo verse en las etapas iniciales del juicio a “La manada” en España, donde los jueces, con sus leguleyadas, convirtieron una violación en un abuso.

Debemos tener en cuenta que estamos atravesados por la sociedad, por el mundo social, por sus discursos, y contenidos, y si bien no somos meros receptáculos de los mismos, pues podemos construir nuestra propia singularidad, es necesaria el ejercicio crítico y la capacidad deconstructiva para despojarnos de esa segunda naturaleza patológica que es el machismo patriarcal. Sólo así nos des-subjetivamos y creamos subjetividades alternativas y emancipadas de la sociedad normalizada hegemónica. Hay que luchar para desterrar el machismo del sentido común de nuestros amigos, hermanos, tíos, abuelas, madres y padres. Nunca es tarde para empezar. Hay que cuestionar el “machismo celebratorio” que crea varoncitos, donjuanes, pantalonudos, hombres con huevos…sí, esos mismos que pierden la virginidad en un prostíbulo como rito y como mito fundacional de su hombría…hay que enseñar a mirar a cada ser humano con el lente de la dignidad, el respeto, la solidaridad o, de lo contrario, reproduciremos la inhumanidad creciente de la actual civilización.

Que el atroz feminicidio de Manuela Betancour Vélez y Angie Paola Cruz Ariza, de 21 años, estudiantes de la Facultad de Ciencias humanas de la Universidad Industrial de Santander, sea la oportunidad para hacer un llamado a las universidades, colegios, a todas las Instituciones públicas, y a la sociedad en general, a tomarse en serio el problema de la violencia de género. Éste no es marginal, y su denuncia no es fruto de un feminismo radical como muchos quieren hacer ver para ocultar con buena conciencia el profundo problema de educación y de perversión de los valores con que se vienen educando a los hombres en el país. Las cifras elevadas de feminicidios dan cuenta de una problemática asociadas a estructuras sociales, familiares y educativas profundamente patológicas, donde se ha normalizado la violencia contra la mujer. Y, por otro lado, que la manida recurrencia al "crimen pasional", como dicen las autoridades y los medios, no se convierta en un distractor discursivo para ocultar este profundo problema social y el urgente reto que tenemos como sociedad, como educadores y como Estado.

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Damián Pachón Soto / [email protected]

Cultura

Patriarcado y feminicidio

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