Retrato sin alteraciones de Pedro Lemebel

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En enero de 2008, el escritor y artista plástico Pedro Lemebel visitó por primera y última vez nuestro país. Su presencia en la ciudad de Barranquilla se debió a que fue uno de los personajes estelares en el segundo Carnaval Internacional de Las Artes, un evento multicultural que se hace desde hace quince años en Barranquilla. Esta crónica es una conmemoración a uno de los conversatorios más recordados del carnaval, que este año se celebrará entre el 1 y el 7 de marzo.

“Mi felicidad fue mi metro cuadrado de miseria”, me dijo en más de una ocasión. Pedro Lemebel nació en el Zanjón de la Aguada, una de las zonas más deprimidas de Santiago de Chile. La felicidad de aquel mundo precario está consignada en Mi primer embarazo tubario, un texto incluido en su libro de crónicas de 2013, bautizado con el mismo nombre del lugar que lo vio nacer.

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“¿Sabías que quedé embarazado muy chico?”, me preguntó el autor chileno en la terraza de una de las cabañas del hotel El Prado, donde se hospedó en su visita de cuatro días a Barranquilla. Conocía todo sobre él, había leído gran parte de su obra, tenerlo en persona era un lujo que pocos podían darse. Todos hablaban del carácter volátil del escritor y eran famosos sus desplantes a periodistas de prensa y televisión. Sus escándalos atizados por su afición al alcohol eran titulares de la prensa chilena: Lemebel volteando la mesa en un banquete en la provincia chilena de San Felipe debido a la presencia de algún personaje de la ultraderecha, Lemebel de tacones rojos y maquillaje leyendo un manifiesto en una reunión del partido comunista de su país, Lemebel en televisión nacional fumando y bebiendo, pálido y calvo como un Nosferatu queer, Lemebel desenterrando en sus crónicas a los muertos de la dictadura y poniéndolos en cara de sus verdugos.

El increíble embarazo tubario consistió en que, estando muy pequeño, se fue hasta un charco de agua estancada del cual bebió un sorbo. A los pocos días, ardiendo en fiebre y con la barriga hinchada, fue llevado a un puesto de salud donde el médico de turno se sorprendió al escuchar con su estetoscopio algo que se movía dentro de su vientre. “¡Tenía un guarasapo en la guatita!”. Los estudiantes en Harvard me preguntaban si eso era realismo mágico, ¿puedes creer? Comentó Lemebel ante mi fingido asombro.

Este ejemplo de crónica nos muestra a un autor que incubó desde niño el origen de su literatura. Lemebel fue la voz de los desamparados, de las prostitutas, de los chicos del bajo mundo, de los desempleados, de los travestis, de los seropositivos. Su escritura, que muchos tildan de barroca, es más barrosa, como él mismo declaraba. El escritor exhibía su estilo literario como una mancha indeleble que provocaba el escozor de sus detractores y la pasión desmedida de su público fiel.

Esta cara aindiada es una venganza, me dijo bajo los efectos del ron, aquella tarde ensopada de Barranquilla. Tarde que se nos fue bebiendo y esnifando coca, mientras preparábamos nuestra presentación en aquel inolvidable Carnaval de las Artes de 2008.

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En un par de hojas en blanco, al final de su libro Adiós Mariquita linda (2004), Pedro anotaba el orden de los temas que trataríamos a la noche siguiente: la dictadura, las Yeguas del Apocalipsis, Roberto Bolaño, su novela Tengo miedo torero, entre otros. Escribía con su letra peculiar el orden de los asuntos, que más que caligrafía, parecía un profuso jardín de secretas emociones.

A finales de la década de los setenta, Pedro Lemebel egresaba como profesor en Artes Plásticas de la Universidad de Chile. En los ochenta, ejerció como docente en algunas escuelas periféricas de Santiago, entidades de donde salió expulsado por su visible homosexualidad. “La rabia es la tinta de mi escritura”, repetiría durante toda su vida. El bullying en su vida fue una constante, lo dejó claro en el manifiesto que escribió en 1986, momento épico en el que confrontó a la izquierda chilena haciendo mil interrogantes, poniendo en vergüenza la doble moral de su sociedad:

¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?

Y no hablo de meterlo y sacarlo

Y sacarlo y meterlo solamente

Hablo de ternura compañero

Usted no sabe

Cómo cuesta encontrar el amor

En estas condiciones

Usted no sabe

Qué es cargar con esta lepra

La gente guarda las distancias

La gente comprende y dice:

Es marica pero escribe bien

Es marica pero es buen amigo

Súper-buena-onda

Yo no soy buena onda

Yo acepto al mundo

Sin pedirle esa buena onda

Pero igual se ríen

Tengo cicatrices de risas en la espalda

Usted cree que pienso con el poto

Y que al primer parrillazo de la CNI

Lo iba a soltar todo

No sabe que la hombría

Nunca la aprendí en los cuarteles

Mi hombría me la enseñó la noche

Detrás de un poste

Esa hombría de la que usted se jacta

Se la metieron en el regimiento

Un milico asesino

De esos que aún están en el poder

Mi hombría no la recibí del partido

Porque me rechazaron con risitas

Muchas veces

Mi hombría la aprendí participando

En la dura de esos años

Y se rieron de mi voz amariconada

Gritando: Y va a caer, y va a caer.

El tema de la expulsión de aquellas escuelas era algo de lo que nunca se repuso. Me pidió omitir este tópico en la charla que tendríamos. Crónicas suyas, como Me siguen gustando los estudiantes o Ronald Wood, muestran a ese Lemebel comprometido con las causas de cambio, allí nos narra con esperanza cómo las juventudes menos favorecidas son las que más compromiso ejercen dentro de la lucha social y popular así les cueste la vida, como a Ronald Wood, alumno de Lemebel, quien murió en uno de los tantos asesinatos impunes cometidos durante la dictadura de Pinochet.

“Deja de tomarme tantas fotos”, dijo mirándome fijamente a los ojos. Mejor fumemos, propuso abriendo un paquete de Marlboro. En eso llegó la Xiomara Rosa, mi leal amigo travesti que me había acompañado a buscarle al aeropuerto y con quien Pedro hizo gran empatía. Xiomara apareció con una pollera azul turquesa, parecía una ráfaga de viento perfumado que nos traía el atardecer ya cayendo.

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—¡Qué bella te ves, prima!, comentó Lemebel.

—Majestad, honor que me hace, respondió coqueta la Xiomi, y luego le extendió un paquete que traía en su mano.

Eran unos tacones dorados de 20 centímetros que le traía de obsequio al autor, quien los sacó de su empaque y no dudó en calzarlos y dar unos pasos magistrales frente a nosotros.

—¡Regia!, dijo Xiomara.

—Chicas, espero que haya más que tacones, jale y ron para esta vieja, comentó Lemebel.

Las mujeres, ya fuesen trans o cisgénero, fueron parte fundamental en la vida del autor. A inicios de la década de los ochenta, Lemebel empezó su acercamiento al mundo de las letras, al formar parte de talleres literarios y al ganar un concurso de relatos que le permitió formar parte de una antología, la cual reunía a varios noveles representantes del género. En esos años, se adhirió a un grupo de escritoras feministas chilenas, como las hoy consagradas Damiela Eltit o Pía Barros. A lo largo de su carrera artística, bien fue conocida su íntima amistad con Gladys Marín, directora del Partido Comunista chileno y pieza clave en la mirada feminista de muchas de sus crónicas. Sin embargo, quizá fue Violeta Lemebel, su madre, la figura más representativa en la vida del escritor. La muerte de su progenitora llegó en un momento en que su obra era reconocida y se vendía bien en Chile y en otros países de habla hispana, instantes en que una fama mediática e inusitada lo tenía en las páginas de los diarios internacionales.

“No me quedó ni un pelo”, me dijo Pedro en la intimidad de su habitación, ese día de nuestro encuentro en el hotel. Su cabeza estaba totalmente calva, y en ella tenía unas visibles y tremendas cicatrices de un fallido injerto de cabello. Después de morir su madre, perdió su hermosa cabellera negra. Fue una de sus épocas más oscuras: por un lado, el dinero fluía a borbotones, vivía en un sector importante de Santiago, todo el mundo quería tenerlo cerca, pero, por el otro, había perdido lo más amado. “Un plumazo funerario se llevó mi vida”, escribió Lemebel sobre el deceso de Violeta. Se hundió en el alcohol por aquel tiempo, aun así, no paró de escribir. Posterior al éxito de su novela Tengo miedo torero, publicó Zanjón de la Aguada, Adiós Mariquita linda, Serenata Cafiola y Háblame de amores. En 2011 se le diagnosticó cáncer de laringe.

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Domingo 28 de enero de 2008

—¿Fumando tan temprano, prima?

—La muerte no conoce horarios, prima, respondió Lemebel.

Estaba vestido con una blusa negra, sudadera y tenis converse. Una pañoleta roja con calaveritas impresas completaba su look mañanero, un abanico de encaje blanco reposaba sobre la mesita de la terraza.

—Tengo ron en el cuarto, sírvete dos vasos. Luego se refrescó un poco con el abanico, aquel con el que saldría en Gatopardo, en aquella crónica tan discutida y que lo llenó de rabia con el autor chileno Oscar Contardo.

Aquella mañana ron y Marlboros fueron nuestro desayuno. Propuse a Lemebel iniciar la charla hablando de las Yeguas del Apocalipsis, el grupo de performance que fundó junto a Francisco Casas a finales de los ochenta, y cuyas puestas en escena se hicieron célebres en aquellos oscuros años dictatoriales en Chile: entierros en cal, incursiones a eventos públicos donde terminaban robando besos a escritores y figuras de la política, paseos a lomo de yegua sin más ropa encima que la piel, bailes autóctonos sobre vidrios quebrados, entre muchos otros actos donde lo político y lo gay se fusionaban para denunciar las injusticias de un sistema político que amenazaba a toda una sociedad.

—Traje algo de apoyo visual, podríamos usarlo en la noche, propuso.

Después me invitó a dar una vuelta por la ciudad, no quería hablar más de lo que haríamos en su performance y era mejor no contradecirlo. “Cuando me pongo de mal humor me pongo latosa”, insinuó.

Fuimos a un callejón de artesanías, allí se compró algunas pulseras de motivos indígenas y varias mochilas tejidas que llevaría de regalo a algunos amigos chilenos. Almorzamos y nos despedimos. A las 6:30 pm sería la presentación.

A las seis en punto nos encontramos en el camerino del teatro Amira de la Rosa, lugar del evento. Lemebel vestía de negro y la pañoleta roja la remplazó por una oscura y sin motivos impresos. Parecía una luctuosa Madre de Mayo. Se calzó los tacones dorados, luego fue al espejo y maquilló sus ojos a lo Cleopatra. “Estoy lista”, dijo. Sabía que había seguido bebiendo ron desde la mañana y temí por su equilibrio en aquellos altos taco agujas.

“Todo saldrá bien”, me respondió a la pregunta de preocupación que mi mirada le lanzó. Nos acomodaron los micrófonos, me tomó de la mano y el telón de boca del teatro empezó a entreabrirse. Al fondo, una oscuridad total.

A pesar de todas las advertencias, “tengan cuidado, es un personaje difícil”, “a lo mejor ni llega al aeropuerto ni a la presentación”, “eso será un escándalo seguro”, la presentación de Lemebel fue memorable. Un público de pie ovacionándolo fue la respuesta a su genialidad. Esa noche la conversación giró en torno a temas claves en su vida: su madre, su vida proletaria, el paso por las Yegua del Apocalipsis y Radio Tierra, su vida y sus amores.

Lemebel hizo cuatro interpretaciones magistrales que incluyeron textos como El Manifiesto, Ronald Wood, dedicado a un antiguo alumno suyo quien fue asesinado por sus ideales políticos, El Informe Ratting, en donde el cronista reclama nunca olvidar los muertos y desaparecidos de la dictadura, o Los mil nombres de María Camaleón, uno de los momentos más graciosos vividos durante aquella velada inolvidable.

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En enero de 2015, un cáncer de laringe se llevó a Lemebel, le arrancó la voz de tajo, pero esa otra voz registrada en sus libros y discursos sigue más presente que nunca. Lemebel estuvo en Colombia cuando casi nadie sabía de él. Hoy, paradójicamente, es una estrella de las letras, y se hacen películas y documentales sobre él. Editorial Planeta acaba de editar en Colombia todos sus títulos. De seguro Lemebel en la otra orilla sonríe, y recuerda aquel merecumbé que bailó junto al mar Caribe una noche en la que el arte y el carnaval se dieron cita.

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