Perfume en el collar

Este relato, una umbría celebración de matrimonio, fue ganador del tercer lugar.

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Seguía pensativa frente a la ventana cuando salieron los primeros rayos del sol. Veía la neblina emergiendo como espuma entre los jardines de las casas. No había nada más que pensar, había llegado la hora. Abrió la ventana, tomó una bocanada de aire, sintió el olor dulzón de la mañana y el viento helado sobre el rostro.

Extendió el vestido blanco sobre el lado izquierdo de la cama. Contempló el corpiño de satén adornado con apliques de encaje y flores de seda. Desabrochó cada uno de los botones de organza y anudó los moños que sostendrían la cola del vestido.

Al lado puso las enaguas de tul, los zapatos que había mandado a hacer bordados a mano, en satén duquesa marfil, y su lencería de encaje blanco.

Envuelta en una bata de toalla, bajó con los pies descalzos hasta el jardín. Recogió lirios, jacintos, flores de mirto y algunas ramas de hiedra. Amarró con cintas el buqué de novia y el ramo de mirto lo apuntó en la solapa del esmoquin.

Con todo listo, comenzó el ritual: se sumergió en la tina para tomar un baño de espumas. Sintió el placer del agua tibia, estuvo allí hasta que su cuerpo se impregnó de esencias de flores de azahar.

Salió de la tina. Frotó su cuerpo con la toalla. Lo secó despacio, humectó su piel. Miró sus manos, sus pies; los encontró perfectos. Cepilló su cabellera ondulada, la recogió en una moña adornada con dos broches de perlas y dejó el cuello al descubierto.

Instaló la música y comenzó a vestirse sin afán. Acomodó cada cosa, cada botón en su lugar. Recorrió la piel suave de sus piernas mientras las enfundaba en medias de seda que sujetó al liguero de encaje. Luego calzó sus zapatos de satén.

Se miró en el espejo. Faltaban los pendientes de diamantes; se los puso. Vio por última vez la imagen de novia inmaculada. Perfumó, con Coco Mademoiselle de Chanel, el lazo que colgaría de su cuello, tomó su ramo de novia, lanzó hacia atrás la cola del vestido y lentamente ascendió por la escalerilla forrada en cintas, rosas y azahares.

Cuando llegó al marco de la ventana, volteó a mirar por última vez el cuarto. Él seguía allí sobre la cama, vestido de esmoquin y corbatín rosados. Labios pintados de color carmín. Del mismo color tenía las uñas de los pies y de las manos. En el piso continuaba hecha trizas la copa de champán.

Arrojó sobre el cuerpo inerte el ramo de novia, ajustó a su cuello el lazo perfumado. Dio un paso al vacío, sus zapatos de satén cayeron al jardín y el vestido de novia ondeó en el viento, mientras seguían sonando los últimos acordes del vals Fascinación.

 

 

* Este concurso fue patrocinado, entre otros, por la Fundación Fahrenheit 451, la Fundación Saldarriaga Concha y El Espectador.