Crónica

Peri-foneo (La lotería de Montelíbano)

El pueblo de la infancia es un murmullo incansable, una mosca zumbando al oído, un arrullo de cuna empolvada, mil historias no escritas.

Cortesía

Hace poco me llegó una tía con el cuento de que hay una rifa diaria, que tiene muy buenos premios, que vale sólo mil pesos la boleta, que ella no se la ha podido ganar. “A veces la tiran hasta de ocho, nueve millones de pesos (…) el que se la gana, supuestamente, lo suben en la camionetica, en un carrito que tienen ellos, y lo pasean por todo el pueblo”, me dijo, y no demoró el chiste: “…entonces resultó que vino un viejo y le pagaron pa’ que se subiera ahí, porque el que se ganó la rifa no quiso subirse, sino que le pagó a él pa’ que se subiera, cien mil pesos creo que fue que le dio, y lo pasearon, y cuando el viejo llegó a la casa de él, ya estaba la casa llena de pagadiarios”. 

El nombre del sorteo me lo encontré a pedazos, persiguiendo el rumor, que arrastra las palabras de calle en calle, las empolva, las desmiembra, las deja desamparadas a su suerte, se las deja a quien se las quiera inventar; a la imaginación, al morbo, a las lenguas sin pelo, a las mentes desenfrenadas. Se llama ‘La estrella plateada’, pero todos le dicen ‘La estrella’, el adjetivo figura sólo en boletas fallidas que quedan rodando en las casas: un pedazo de papel para no leer, para anotar un número telefónico, para envolver un chicle con babas. 

Mucho me han dicho de la rifa, siempre con el acaso presente, siempre sin querer asegurar mucho, a pesar de que todos tienen al menos un cupón en sus casas. Me dijeron que el paseo lo hacen para que todos sepan que no se roban el premio. Me contaron que el que se niega a ser paseado pierde el premio; otros me dijeron que sólo se restan doscientos mil del monto final; me dijeron que la mayoría le paga a otros para que los sustituyan como protagonistas de la caravana –porque es una caravana, con pitos de motos, “cuál Junior ganándole a Nacional”– quizás por pena, quizás por miedo. Nadie me habló de atracos. Sí dice que la mitad del tropel bullicioso son cobradores ‘gota a gota’, que están presentes desde que se hace el sorteo en el mercado central. Dicen que el sorteo no juega con ninguna lotería o chance, que juega con el ‘Sinuano’, que tienen su propia máquina de balotas, que le tiran algo a un tablero de números. 

Mil pesos cuestan las tres probabilidades de ganar, tres números de cuatro dígitos, que pueden convertirse en tres millones de pesos y dos pacas de arroz; en dos millones y una moto; en cuatro y un par de canastas de cerveza, y que en diciembre, por ser diciembre, fueron veinte canastas de cerveza. Me han dicho que, a varios, esas tres posibilidades les parece muy poco, y que compran hasta cien mil pesos en boletas, trescientas posibilidades de ganar. Alguien me dijo que un señor participó por los garrafones de ron y no por la plata del premio. Otros me contaron que una viejita ganadora iba con cara de susto cuando la montaron en la moto que iba a velocidades más altas que su edad.

Me han llegado con el cuento de que se escucha en el pueblo el perifoneo dos y hasta tres veces al día. El primero es para vender las boletas: que los vendedores van a pie, que “esa gente sí se asolea”, que van vestidos de rojo, otros dicen que de azul, yo vi un video en que iban de amarillo. Los otros dos ‘perifoneos’ son en moto: uno para anunciar el número afortunado y el último para el desfile del ganador con sus premios: si te ganaste dos bultos de arroz, paseas con dos bultos de arroz. 

“Hay gente que se ha ganado medio pollo o pollo entero”, “¿pero asado?”, “yo me imagino”.

Dicen, también, que ya sacaron una ‘Estrella pirata’, la competencia, y que por eso el pregón anuncia: “la original, la original”, pero no se sabe cuál es la verdadera, y ¿cómo sabe uno eso?; dicen que “nada más se escucha la bulla de cuando pasan todos los días”, nada más. 

Me ha llegado el murmullo electrificado y empaquetado del pueblo de infancia, en voicenotes, en videos, en llamadas, la voz policéfala que, a pesar de saberla indomable, una intenta acostar, testaruda, en un papel del que no hay manera de obtener sino garabatos del balbuceo circundante. 

 

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