Diarios de Feria

"Pero hermoso", un viaje a través del jazz

Relatos de drogas, alcohol, racismo, incomprensión y una vasta soledad que rodearon a cada uno de esos hombres y que dio paso a la creación de sonidos apabullantes, perfectos, monstruosos. Geoff Dyer, autor del libro, estará en la Filbo.

Thelonious Monk, uno de los protagonistas del libro "Pero hermoso", del inglès Geoff Dyer.Cortesía

“Y luego, como el fonambulista que se tambalea, el primer indicio de inseguridad, titubeas en una nota, flaqueas, recuperas el equilibrio y después dudas otra vez, sin saber qué camino tomar, con las sombras de tus brazos extendiéndose detrás de ti como las alas de un pájaro. Tropiezas, las manos se te enredan una con otra, el teclado es un laberinto del que nunca conseguirás salir, estás perdido y entonces… entonces tocas algunas notas pero pierdes el hilo, te ahogas en la melodía como si fuera un océano que te engulle. Entonces, entonces, entonces. Entonces ya ni siquiera tenía sentido tocar”.

El comienzo del fin. La fisura que le hicieron a Bud Powell en el cráneo cuando tenía veinticinco años comenzó a abrirse esa noche y partió en dos su cuerpo. El cráter entre las dos partes albergaba toda la oscuridad de una época pasada. Un tiempo en el que Powell estuvo tendido en la cama de un hospital medio muerto y su mente divagaba entre paisajes nauseabundos y bares llenos de muertos. El protagonista principal en la gestación y crecimiento del bebop, ese sonido del jazz que parece el latido taquicárdico de un corazón joven y que se creó entre sueños y pesadillas de otro jazzista desgarrado por sus propias circunstancias, Charlie Parker, parecía haber abandonado esa bestia negra que tenía como cuerpo una noche en París.

Geoff Dyer intentó hablar con él, con Bud Powell y con Lester Young; con Thelonious Monk, Ben Webster, Charlie Mingus, Chet Baker, Art Pepper, Duke Ellington, Harry Carney. Y como no pudo, porque todos están muertos, porque así estuvieran vivos no contarían la historia tal cual es, Dyer la escribió. La exageró en unas partes, la inventó en otras. Geoff Dyer elevó a categoría de ficción un tramado de biografías.

Dyer, conocido por sus ensayos y críticas literarias, emprendió en 1990 la escritura de un libro que era un viaje. Un recorrido por la historia del jazz a través de sus principales exponentes: relatos de drogas, alcohol, racismo, incomprensión y una vasta soledad que rodearon a cada uno de esos hombres y que dio paso a la creación de sonidos apabullantes, perfectos, monstruosos. But beautiful, (Pero hermoso), nombre que tomó de la canción de 1947 compuesta por Jimmy Van Heusen y Johnny Burke, no es un coro de voces: una recopilación de sentencias en entrevistas llanas dadas en salas de hoteles. No. But beautiful es un enjambre de canciones que hablan de un pasado tomentoso, triste, pero hermoso.

El hilo conductor del libro es un viaje que Duke Ellington y su saxofonista Harry Carney realizan por Estados Unidos durante una gira. A partir de ahí el autor va desgranando historias ficticias, pero con base real, sobre algunos episodios, casi siempre sombríos, de la vida de Lester Young, Thelonious Monk, Bud Powell, Ben Webster, Charlie Mingus, Chet Baker y Art Pepper.

La narración deja espacio para muchas dudas y esa era la intención de Dyer. “Cuando comencé a escribir este libro no tenía clara la forma que debía adoptar. Una gran ventaja, puesto que tuve que improvisar y, por tanto, desde el principio la característica definitoria del tema animó la escritura del libro”, sentenció en el prólogo. La historia está plagada de recuerdos épicos y poéticos. Un libro que hubiera podido caer en el tópico de hacer del jazz un telón de fondo de las vidas de estrellas drogadictas, hace de ese género su centro y su esencia. “Las ideas de avance y retroceso, el sentido del pasado y del presente, de viejos y nuevos sueños –escribe Dyer–, empiezan a confundirse en el amanecer crepuscular de un perpetuo mediodía”. Titubea unos segundos, se olvida de lo que está tocando (…). Entonces, haciendo acopio de todo, busca la nota más alta, la alcanza ­—exacta— y vuela libre. En lo más alto de su salto, antes de que la gravedad se haga sentir, hay un momento de ingravidez absoluta —brillante, claro, sereno— antes de volver a caer, planeando en un arco magnífico, calmándose en el hondo gemido del blues. Y los convictos se dan cuenta de que era eso de lo que se trataba: de soñar con la caída.

 

 

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