Perro malcriado (Cuentos de sábado en la tarde)

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Desde la muerte de Alicia, Chavo ladraba los domingos bajo el palo de tamarindo. Las hermanas lo espantaban con la escoba de bruja, le tiraban puñaditos de arroz y, como último recurso, si no callaba usaban sahumerio, repitiendo «¡Que salga el mal y entre el bien!». La familia se acostumbró a los ladridos continuos, que empezaban desde el amanecer hasta las seis de la tarde. La calamidad había ocurrido unos meses antes.

La tragedia de la que nadie hablaba sucedió aquel día en que Alicia jugaba al escondite con sus hermanas y primos. Los lugares favoritos donde se escondían los niños eran el último cuarto de los cachivaches, el empa- quetado de bolsas y cajas, detrás de los santos hacinados y arenosos, en las copas de los árboles más poblados, detrás de la alberca, dentro de los armarios —donde conservaban los trajes de los parientes muertos— y debajo de las camas.

Alicia llevaba siempre consigo una muñeca de trapo de color rosa, a la que llamaba Rosita.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, ¡ya!

Uno de los niños, Idalia, contó apoyada a un árbol y tapándose los ojos. El día era gris, el sol estaba escondido y olía a lluvia. Las hojas de los árboles se cerraron con el ruido del viento. Idalia se destapó los ojos y dio un vistazo universal al patio. Se ajustó la coleta y dan- do brincos emprendió la búsqueda. Encontró a Cecilia agachada detrás de una pila de piedras. Cecilia destapó a Amaury, que se ocultó con las brillantes hojas de los platanales. Amaury husmeó debajo de la cama, entró luego al cuarto de san alejo, hasta que vio a Carmen debajo de la batea cubierta con la ropa sucia. Así fueron encontrándose unos a otros.

Las primeras gotas se dejaron ver en la tierra, como pequeñas huellas de animales. Solo faltaba Alicia. Los niños buscaron en lugares improbables, como debajo de las esteras, dentro de los nidos de pájaros, en la olla enorme del sancocho y en los excusados. Algunos se subieron a los árboles para mirar desde lo alto, gritando: «¡Alicia! ¡Alicia! ¡Alicia!, ¡sal del escondite!», pero Alicia no respondía. La lluvia reventó con fuerza. Continuaron buscando dentro de la casa y el patio. Los gritos se entremezclaban con el cuchicheo de la lluvia. Se hizo de noche y mandaron a dormir a los niños. Los niños se apretujaron lloriqueando en la cama.

En el fragor de la noche, los vecinos se acercaron a la casa con linternas y antorchas. Cesaron de buscar cuando el agotamiento los abatió. En el salón colgaron hamacas y tumbaron esteras para que la gente descansara. El día siguiente amaneció despejado y soleado. Uno de los vecinos, apodado el Tinaja por su enorme cabeza oblonga, daba vueltas alrededor del aljibe y vio que la tapa estaba movida, acabó de descorrerla y encontró a la muñeca en uno de los escalones. «¡Aquí está la muñeca!», gritó. La gente se acercó y a los niños les ordenaron quedarse dentro de la casa.

El aljibe, de seis metros de profundidad, estaba medio lleno; el agua se escapaba, ya que las raíces de los árboles comenzaron a agrietarlo. El Tinaja descendió y encontró a Alicia flotando. Con la ayuda de otros hom- bres, lograron sacarla. Sus labios estaban morados, la trenza deshecha y el vestido embadurnado de una pasta marrón. La acostaron en el suelo. Los niños se escondieron en un rincón a llorar. El patio se llenó de lamentos y gritos. El calor era tan insoportable como la desgracia. El féretro era grande. En los pies colocaron cojines y muñecas de trapo. La vistieron con un traje de comunión, de color blanco, con el rosario en el cuello y el

libro de oraciones abierto.

«Oh, Jesús, mucho me avergüenza cuando veo sucio mi vestido o tengo alguna mancha en la cara, pero mucho más debería avergonzarme el manchar mi alma con los pecados1».

La gente la miraba con gesto de adoración. La velaron durante dos días. El aire sostenía sin fuerza el peso del dolor. Después del entierro, entraron a la casa. Los adultos se sentaron y a los niños les prohibieron jugar al escondite y hablar de lo sucedido. Los animales enmudecieron, y Chavo daba vueltas alrededor del aljibe. Se pegaba a las paredes mojadas y lloraba. Después de lo acontecido, los niños se distraían espantando gallinas y jugando a la peregrina en el patio.

Como todos los domingos, la familia iba a misa. De regreso a la casa, encontraban al perro ladrando. El ladrido era insistente, como cuando llora un recién nacido con hambre. Alguna vez se preguntaron «¿Qué le pasa a Chavo?». Y dejaron de preguntárselo al no tener respuesta.

Chavo ladraba mirando al palo de tamarindo, hasta arderle la garganta, especialmente los domingos y cuando no había nadie en la casa. Era el llanto de la ausencia como el que las hermanas recogían en sus pañuelos bordados. Los adultos resolvieron que el perro estaba malcriado por los niños y que se ponía repelente para llamar la atención cuando lo dejaban solo.

Lo que ignoraban era que en Chavo aún habitaba la figura de Alicia, su olor a Vick VapoRub, su vestido vaporoso meciéndose en el columpio. Chavo se veía al lado de la niña correteando detrás de ella y cada uno riendo a su manera.

Alicia entraba a la casa cuando no había nadie. Se escondía en los lugares prohibidos, se bañaba en la alberca con los pies embarrados, saltaba en las camas y chupaba los tamarindos reservados para la jalea. Un día, no tuvo tiempo de arreglar las camas y riñeron a sus hermanos por semejante desorden. Se sentaba a pedalear en la máquina de coser, buscaba algún objeto extraviado en las cajas sucias. Cuando escuchaba que abrían la puerta se subía en la copa de un árbol, se colgaba de las ramas y dejaba que el viento la sacudiera.

Chavo empezaba a ladrar.

—No ladres, me van a descubrir. Te castigarán tirándote arroz seco. ¿Acaso no recuerdas que el almidón te da tos?

El perro seguía ladrando.

—Chavo, te van a dar en las nalgas con la escoba de bruja.

El viento la mecía con suavidad, el vestido ondeaba coordinante con las ramas.

El perro se alborotaba y ladraba más, mirando a lo alto, con las patas estiradas hacia atrás.

—¿Acaso no me recuerdas? No tengas miedo. Solo vengo a jugar. El próximo domingo volveré, necesito que me ayudes a encontrar a mi muñeca.

Le hizo un adiós con la mano derecha y se esfumó con el sol.

1. Extraído del libro de oraciones, con licencia eclesiástica, Buen Jesús. España, Editorial Regina, quinta edición, 1981.

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