Perro y cínico: Diógenes, el filósofo libre

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Diógenes de Sinope “El perro” fue apodado así no por su complicidad y fidelidad para con los seres humanos, sino por su fulgurante y radical “desidia moral”, devenida en lujosa autonomía.

Al filósofo-perro, como a sus cercanos parientes caninos, lo identificaba la falta de aidós, que es acato, sentido moral y vergüenza y, así, se consagró a la anaideia, que es lo estrictamente bestial, lo irreverente, lo que es insolente porque es natural.

Sobre la decencia y la justicia se levanta el paradigma de la sociabilidad humana, además de sus convencionalismos legales; la idea del “perro” va en contravía de estos pilares al ser obsceno, escabroso y bruto. La ausencia de miramientos en la personalidad del “perro” le hace prescindir de honores y de ambiciones, primores de la no espontánea civilidad. Nuestro delicado Diógenes deambulaba por las calles de su ciudad como un espectador cáustico y mordaz, sin compromisos y completamente sonriente llevando al paroxismo el antagonismo a la manera de adiaphoría, es decir, con amplia “indiferencia”. La anaideia, tomada por el cínico no es más que un pretexto para desafiar y desenmascarar ideológicamente los falsos ídolos de su sociedad. Es una posición crítica y defensiva ante el establecimiento aparentemente ajeno al sí mismo, pero que de todas maneras es también uno mismo… Diógenes, al desafiar su contexto, al buscar una revalorización de los hábitos circundantes, se desafiaba y revalorizaba a sí mismo, tal vez, la verdadera, la heroica y por ende la gran lucha de él. Todo esto alrededor del año 400 A.C.

El cínico no es una gratuidad histórica, está dado gracias a la crisis definitiva de la polis como colectividad emancipada y soberana. La ruptura de estas ideas generó una formidable conmoción espiritual que sólo podría ser sucedida por el emblema de la adiaphoría y la anaideia como diques de contención ante la frustración histórica. Así, el cínico es el advenimiento y la materialización de la hipócrita gazmoñería de una selecta agrupación llamada ciudad, es el hijo bobo, por su alto costo ético y moral, retoño social que yerra por una senda particular paralela a la general, autosoportándose en su propio esfuerzo, con tal de disolverse ante la enajenación.

Sospechar de la humanidad y de los proyectos que ésta cimenta se subsana con la idea de que el individuo todo lo puede, mediante la energía de su propia existencia, así, la excelencia, la autonomía y la verdadera libertad no están arregladas mitológicamente sólo para los dioses. La independencia reside en no dejarse sujetar por nada, ni si quiera por lo deliberadamente humano, es un problema de endurecimiento y de fuerza, es cuestión, a lo sumo, de tiranizar absolutamente todo lo que no sea rigurosamente espiritual. Liberarse de la voluntad ajena y encerrarse en la propia es la acción primera y también la última del ser humano, es el destino del hombre que es grande por naturaleza, no por convicción. Estar atento frente a los asaltos del azar y abrazarlos para dominarlos y controlarlos es virtud del cínico, igualmente de las grandes personalidades históricas.

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Diógenes, por ejemplo, se elevó sobre el sofisma de la autosuficiencia exagerada: al ver a un chico beber agua con no más instrumentos que sus propias manos, decidió prescindir de sus recipientes. Observó al ratón y se dio cuenta que la naturaleza da a todos los hombres lo que necesitan para vivir; sólo el hombre emplea absurdamente su perspicacia para concebir nuevas necesidades, haciéndose cada vez más esclavo e infeliz. El filósofo “perro” vivía en una vieja tinaja desprovisto de cualquier asunto social. Era un ser insólito y provocador que andaba a plena luz del día en la concurrida ágora con un pequeño candil encendido buscando un hombre, uno sólo por favor… y al enterarse de la máxima platónica que decía sobre el hombre, que era un ser bípedo implume, cargó a la Academia un gallo desplumado aludiendo la idea de que ese era el hombre de Platón. Su humor fue inagotable e inteligente. La vida para él parecía ser sólo soportable cuando era liberada de los cuidados, cuando se le satisfacía justamente con lo necesario y su consciencia se redimía del miedo y la devoción. Simple: el hombre perfecto ha de bastarse a sí mismo.

Ya el mismísimo pensador de los célebres Diálogos decía de su “cínico” homologo que era un Sócrates enloquecido, afirmación que puede fundar sobre su nombre los inicios de la acracia. Tenerse a sí mismo duele porque nos hallamos foráneos ante nuestro propio espectro. Y los apegos son un pulcro “bastón”, un desgraciado aliciente para no dejarse caer ante los roídos ojos ajenos, siempre allá, anclados y doblegados a su propia existencia. A Diógenes lo vendieron como esclavo, y él se dignifico de eso, diciendo que no compraban un hombre sino un proyecto de educación, además, tras la pregunta de ¿qué sabes hacer? Respondió: dominar hombres. Y efectivamente terminó cultivando las mentes de los hijos de su dueño, quién, sin más, acabó por considerarlo amigo. El gran Alejandro Magno dijo algún día que de no ser Alejandro habría querido ser Diógenes (esta curiosa imagen nos representa los dos tipos máximos de individualismo, ambos por encima de las convenciones y la gente de la época: el encuentro entre un rey y un sabio, donde se pone en evidencia la inferioridad del Tirano por su insaciabilidad y sumisión a la doxa y la superioridad del sabio al estar por encima de la riqueza, la ambición, el poder y la vanidad). En otra ocasión, Alejandro en son de admiración quiso ofrecerle a Diógenes lo que él pidiese y éste le respondió que se quitase porque le tapaba el sol.

Diógenes estaba loco, sí, escuetamente porque no le molestaba masturbarse en plena plaza pública, porque no le temía a los hombres que manejan la apariencia de inequívocos y prefería recibir palizas antes que propinarlas. El cinismo o la “vida de perro” no es una doctrina teórica, es una opción de vida, una manera más de presentarse en la vida cotidiana. Diógenes jamás quiso ser maestro, aunque encarnara un proyecto de educación, digamos, ácrata. Él fue un ejemplo, y nunca tuvo discípulos, tuvo secuaces. Fue la bandera helena de la indestructible libertad del individuo y el médico del alma cohibida de la Grecia clásica. Más que filósofo fue un asceta, indeleble e incompatible, empoderado de sí mismo, y por ende de los demás. Artista de la moral terrenal fundada en cada soplo por la autoridad de la vida. Diógenes, el perro, jamás obró de acuerdo con disertaciones coherentes ni racionalidades sensatas, sino por el resultado intenso del momento pretérito, aquél que era el momento de pensar, sobre la acción.

Diógenes usó su grosería y su apiñada sátira en contra del buen tono social, al cual consideró una mentira de muy honda estructura. El elogio solo era merecido por todos aquellos idóneos para la libertad, para la independencia. El instinto del filósofo-perro fue una disposición ideológica que brilló por su inteligente juicio del mundo, al cual no consideró trágico, sino absolutamente absurdo… por eso afilaba su puñal (aquel que punzaría el hálito de la respetabilidad de su tiempo) con excelsas carcajadas. Todo su pensamiento estuvo fielmente enfocado a la edificación de una ética estrictamente individualista y libertaria. Su pesimismo estaba guiado por las observaciones que hacía de la naturaleza: para él el cambio era una prótesis de un cuerpo desmembrado, es decir, pura ilusión fantasmagórica de apoyo, por eso su irónica consternación ante la idea de futuro y conservación. El cinismo fue (y sigue siendo) una sabiduría práctica que tiene como último objetivo la conquista de la libertad absoluta que no es otra que la individual, porque ésta es la expresión elemental del placer humano más primario. Porque la auténtica consciencia da el poder esencial para gobernarse a sí mismo desprendiéndose de la pesada sujeción a la doxa.

"Decía Diógenes que “desde que me libertó Antístenes, jamás fui esclavo”. Y comenta Epicteto: ¿Cómo le liberó? Escucha lo que dice: “Me enseñó las cosas que son mías y las que no son mías. Lo poseído no es mío: parientes, familiares, amigos, fama, lugares habituales, modo de vida, todo eso no son sino cosas ajenas. ¿Qué es entonces tuyo? El uso de las representaciones imaginativas. Nadie puede impedirme, nadie puede forzarme a usar mi imaginación sino como quiero.” (La secta del perro. Carlos García Gual. Ed. Alianza. Madrid 1988. Pág. 62.).

Diógenes resultó ser -erróneamente, para sus contemporáneos y no sería exagerado decir que para la historia de la filosofía- una persona complicada y obscura porque fue portador de alegorías airadas que supieron quemar los intestinos de la moral adyacente. El perro era un mendicante brutal que se animó a echar su piedra a rodar, y pagó un alto precio, cada vez que tropezaba con las innumerables vergüenzas y mojigaterías de su sociedad.

Se dice que antes de morir Diógenes dijo: “Cuando me muera, échenme a los perros. Ya estoy acostumbrado”.

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