Pobres almas fatigadas

El escritor e ilustrador Frédéric Pajak y sus ensayos gráficos al servicio de la literatura, la historia, la filosofía y el arte.

Ilustraciones sobre Friedrich Nietzsche, Cesare Pavese y Walter Benjamin. / Frédéric Pajak
Ilustraciones sobre Friedrich Nietzsche, Cesare Pavese y Walter Benjamin. / Frédéric Pajak

Pareciera que nada une a Friedrich Nietzsche, Cesare Pavese y Walter Benjamin hasta que el ilustrador y escritor Frédéric Pajak une los puntos gráfica y literariamente en sus obras, mientras habla de su propia vida. Los dos primeros —Nietzsche y Pavese— quedaron huérfanos de padre con menos de diez años y fueron criados por las mujeres de la familia; sus biografías están ligadas a Turín, y por su imposibilidad de amar y ser amados. Pajak (Altos del Sena, Francia, 1955) perdió a su padre en un accidente de tráfico. Tenía nueve años. Lo crió su abuela, y siendo un adulto viajó a Turín para encontrarse con él mismo.

Desde niño, este ilustrador comenzó a juntar palabras e imágenes, pasó el tiempo y entró en bellas artes, se decepcionó y quemó sus dibujos: nada se parecía a lo que se imaginaba. Pasó los cuarenta años y seguía sin saber qué hacer, si pintar o escribir guiones; trabajó en cualquier cosa para comer. En la errancia sin fin, la eterna búsqueda —como la de Walter Benjamin—, a esa edad viajó a Turín, y fue allí en donde se le atravesaron Pavese y Nietzsche. El autor dice que su objetivo era evocar la soledad, la muerte, la locura, el suicidio y el dolor irreparable de los huérfanos. Las ilustraciones en el libro contrastan con los textos, los enfrentan.

La inmensa soledad. Con Friedrich Nietzsche y Cesare Pavese, huérfanos bajo el cielo de Turín (Errata Naturae, 2015) fue el libro con el que comenzó su reconocimiento fuera de Francia. Sus ilustraciones se quedan para siempre en la memoria, como esa que sirve de portada en donde aparece Nietzsche mirando su propia cabeza con nariz de pinocho: a los cuarenta y cuatro años el filósofo sufrió un ataque de apoplejía después de abrazar un caballo en la calle; su cuerpo vacío vivió diez años más. Justo en la siguiente hoja está Pavese, también con su propia cabeza entre manos: el escritor se suicidó a los cuarenta y dos años, se quitó los zapatos y se recostó en la cama, pidió disculpas en su carta de despedida a los empleados del hotel donde se encontraba por las molestias causadas. Pajak camina por Turín, por el río Po, piensa, escribe, los dibuja, se dibuja.

Existe un título, Manifiesto incierto, que ha sobrevivido a todos los años de búsqueda de sí mismo en Suiza, en Argelia, en Estados Unidos, así como a los rechazos editoriales por ser poco comercial. Ese manifiesto inicial se amplía, “no acaba de morir”, aunque él intente destruirlo varias veces. Finalmente, el libro se convierte no en uno, sino en cuatro tomos; el primero hasta ahora traducido al español se titula Manifiesto incierto. Con Walter Benjamin, el soñador abismado del paisaje (Errata Naturae, 2016). Por toda la obra recibió en 2014 el Premio Médicis.

La biografía de Pajak se va mezclando con sus protagonistas. Es así como vemos en su primer Manifiesto a su abuela joven y feliz en la playa, después anciana caminando por una calle oscura; y en la Inmensa soledad, el carro de su padre destrozado o el bus que llega a Turín en el que él reflexiona. Su estilo es lo que se ha llamado “ensayo gráfico”. No es cómic, no es novela ilustrada. Los dos libros que hasta ahora han sido editados en español son ejemplares que uno se siente mal siquiera de marcarlos, una intervención más allá de eso sería casi una profanación, y como premio por su belleza se ubican en la mejor parte de la biblioteca. También ha escrito sobre Apollinaire, Beckett, Breton, Joyce y Schopenhauer.

Pajak es fundador de la editorial Les Cahiers Dessinés, en donde trabaja desde hace más de veinte años; allí publica al caricaturista español El Roto y otros dibujantes reconocidos en Europa. Es editor como profesión, pero su destino es el dibujo, igual que el de su padre y su abuelo. En una entrevista a El País de España, el autor dijo que escogía los personajes por la extrañeza que le causan, y no precisamente porque sienta afinidad o preferencia por ellos: “Si pude escribir sobre Walter Benjamin fue porque no me reconocía en su dialéctica marxista, ni en su judaísmo mesiánico”. Esta puede ser su verdad, sin embargo, su presencia en los libros se siente más como una comunión, como si un pedacito de esas almas fatigadas se hubiera clavado en él, ahora encargado de traer sus pensamientos y sus miedos que no pierden actualidad.

Al ver sus dibujos y leer sus textos uno se da cuenta de lo obvio, que todos los puntos se unen, que todo parece una eterna reencarnación de personajes o hechos que marcan a la humanidad —guerras, inmigración, ideologías, religión— y que la carrera del tiempo, a la que el autor confiesa temer tanto, no es más que una rueda que evidencia la dolorosa certeza de que todo parece estar condenado a repetirse y lo único que podemos hacer es cambiar la actitud frente a los hechos.