Poemas de la vida vana

Sensualidad, muerte y vida son los temas que repasa este poemario, lanzado en la Filbo. ¿Hasta dónde funciona la solemnidad?

Harold Alvarado Tenorio es director de la revista ‘Arquitrave’, profesor de la Universidad Nacional y ha sido incluido en varias antologías de poesía colombiana. / Archivo
Harold Alvarado Tenorio es director de la revista ‘Arquitrave’, profesor de la Universidad Nacional y ha sido incluido en varias antologías de poesía colombiana. / Archivo

Habría que empezar por las malas noticias, si tienen algo de malo. En De los gozos del cuerpo, de Harold Alvarado Tenorio, el lector no encontrará ningún tema nuevo, ninguna propuesta que trascienda las fronteras de la tradición del verso libre. Nada de eso. Encontrará, en cambio, un tema recurrente en la literatura: la banalidad de la vida, la fortuna y la desgracia que significa vivir, con algunas de sus variantes. La recurrencia de este tópico lo haría difícil, pues, porque mucho se ha dicho; pero en este caso, en las 160 páginas que conforman este poemario, hay destellos, fragmentos que van un poco más allá de lo común, de la fácil y manida sentencia que reza que la vida es, en general, la sima del hoyo.

Fragmentos como estos: “Gran vida que das y todo quitas”, “Sólo los ancianos recuerdan la luz: / la vida es extensión, / una inmensa llanura”, “mientras más te cerque el día definitivo / mayores goces encontrará la carne”. Ése es el tema de Alvarado Tenorio, el que quizás ha marcado su poesía. En ese terreno se mueve con confianza. Sin embargo, el poeta recurre de un modo tan constante a esa imagen de la vida, formada en los primeros poemas de este libro, que la quinta o sexta vez que lo hace ya resulta poco sugerente, se sabe de antemano cuál es su visión e, incluso, qué palabras utilizará. En espera del gran día, Desperdicio y Primavera la abordan con frases certeras (“Nuestro pasado vale tres cuartos / Vale nada”); sin embargo, cuando el lector llega a En el bello orificio de tus colinas de oro, el gozo de esas sentencias se vuelve insípido: “¡Cuánto por nada, / cuánta vana ilusión: / la vida”. Agota su propia fórmula por exceso.

Los poemas de Alvarado Tenorio (Buga, 1945) piden a la muerte que llegue mientras los cuerpos gozan de los vicios de la carne. Puesto así, suena muy solemne, como se siente de hecho en el poemario. ¿No habría que tomar con un poco de humor, con sorna incluso, el hecho de la muerte, de la desgracia de vivir? Puede que sí, pero las formas que trabaja Alvarado Tenorio son directas, arropadas por un tono, en algunos casos, de sentencia y enseñanza, que revelan su afición a la poesía de Cavafis.

De cualquier modo, son más las buenas nuevas. Escribe Jaime Jaramillo, X-504, que “la poesía no es literatura sino que es solamente el alma de la literatura. Es decir, que el escritor que quiera poner alma en su obra, debe necesariamente acudir a la poesía”. De modo que aquí, por los mecanismos del verso, queda el alma retratada: no su desgracia, ni su pérdida, sino más bien su agonía, cuyas aristas son la sensualidad, la muerte y la violencia. Y así es fácil pensar que la poesía, sea la de Alvarado Tenorio o la de cualquier otro, es la esencia decantada de los pensamientos.

A esa decantación hacen honor los poemas en De los gozos del cuerpo. La agonía, que de ser mal descrita resulta lastimera y desequilibrada, es puesta por Alvarado con mucho cuidado, con el poder sonoro de cada palabra. Escribe en Lector: “Lector de libros inútiles / mira tu vientre adiposo / y tus manos corroídas por la artritis. / ¿De qué sirvieron / las horas gastadas en pos / de una belleza de papel y palabras?”. Más atrás, en 1975, escribe: “La delicia de las cosas / reposa en el paladar. / Desgraciado, / quien llegado a los treinta, / sólo ha probado un lado del placer / y gustado una sola caricia”. A través de esa sensualidad, que también hace parte de la agonía referida, el autor sostiene su poemario. De allí viene uno de los poemas mejor logrados y cuyo título sólo difiere en una palabra del título de la obra: Los goces del cuerpo. “Entre el sueño, / después de los goces del cuerpo, / cada presencia mira por su ojo, / cada salida tiene una puerta”.

Habría que rescatar, también, otra de las obsesiones de Alvarado Tenorio: la violencia en el país. En la mayoría de poemas es un telón de fondo, casi imperceptible, pero en otros es el foco principal. Aquí se lee el mismo tono que utiliza en otros escritos —por ejemplo, aquellos en que critica a poetas y políticos en su revista Arquitrave—, pero revestido de una belleza distinta, con las palabras justas puestas en el momento justo. Francisco Garnica, el poema que describe la muerte de este dirigente juvenil del Partido Comunista Colombiano, es el ejemplo más certero: “Un nueve de diciembre / lo detuvieron. / El diez / le arrancaron los ojos; / a fuego lento le quemaron / las partes genitales; / a viva fuerza / le arrancaron el pelo (...) / Un cadáver fue escupido / por dos descargas de pistola”.

Por la música de los poemas de Alvarado se podría concluir que la poesía no es sólo un conjunto de belleza retórica, que apunta a la perfección estética, sino también uno de los modos literarios más acertados para la rebeldía y la crítica. La poesía es, entonces, el modo de destruir (o reconstruir, depende) la conciencia propia y la de los demás.

Por esa razón, poemas como La patria y En el valle del mundo, que cierra el libro, poseen una fuerza muy distinta, parecida más a la del maestro que a la del mero observador. En esos dos poemas Alvarado se sale de la decantación que los precede y se concentra en sentenciar, en arriesgar su propio pellejo en las palabras. “La patria es el habla que heredaste / y las pobres historias que conserva (...) / No pierdas el tiempo buscando la patria, / la llevas contigo / Con ella morirás sin haberla pisado”. El aire de este poema, que recuerda a Ítaca de Cavafis, es también parte de Proverbios: “Los héroes siempre murieron jóvenes. / No te cuentes, entonces, entre ellos. / Y termina tus días / haciendo el cínico papel de un hombre sabio”.

Los hombres que más saben, se concluye, viven con la muerte siempre presente.

[email protected]

Temas relacionados