Poesía solemne

‘La llama inclinada’ es un recorrido por la naturaleza, la historia indígena y tierras desconocidas. Su escritura, plena de musicalidad, abre una pregunta esencial en la poesía: ¿es más importante la forma que el fondo?

Carlos Satizábal, Premio Nacional de Poesía 2012.
Carlos Satizábal, Premio Nacional de Poesía 2012.

El escritor Fernando Charry Lara decía que la poesía es una invitación a la sonoridad, según lo cita el crítico Luis H. Aristizábal. De modo que descifrar la oscuridad es “una operación lícita en la poesía”. La oscuridad, entonces, promovería de algún modo en la poesía caminos inextricables, a cuyas arcas sólo llegamos si encontramos la clave, el juego, la pericia que requiere ese misterio que es la poesía. Sin embargo, por momentos, aquellos caminos umbríos se vuelven tan indefinidos, se entierran bajo tanto juego retórico, que se les puede aplicar una fórmula simple: no se los defiende ni se los ataca porque no se los entiende.

Sucede así con “La llama inclinada”, el libro del poeta y dramaturgo Carlos Satizábal que fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía 2012. El libro reúne 51 poemas cuyos temas, en resumen, son la naturaleza, la muerte, el descubrimiento de otras tierras y la misma poesía. Todos ellos contienen juegos sonoros bien construidos (“He huido de la vieja muerte agazapada, / allá, en las rojas esquinas de la tierra), de imágenes de contrarios puestas de un modo significativo (“El viento/ azul/ hiela”) o de evocaciones profundas a la madre tierra, que condensa buena parte de su trabajo poético.

Ésas son sus bondades, que el escritor William Ospina señaló con acierto en el prólogo. Satizábal recurre a un lenguaje que da vuelta a los hechos, que muestra otra de sus caras. En vez de ser directo y decir que el cielo no está hecho para los hombres, escribe: “El cielo es de los pájaros”. Ése es uno de los ejemplos de Ospina, que en general destaca cierta belleza retórica que acude a la historia indígena y africana para jugar con la memoria y el olvido, conceptos ya bastante manidos.

Y es aquí que se plantea un primer problema. Dado que la poesía de Satizábal está centrada, en su mayoría, en una mera descripción de la naturaleza, cualquier lector supondría que su reto es aún mayor, pues no es el primero que lo ha hecho. Pero sus fórmulas son, por lo demás, bastante fáciles, predecibles: “Alto y milenario, como los pueblos olvidados,/ desde la aurora de los cantos eres símbolo de lo vivo,/ imagen de lo que renace, de todo lo que fluye y crece (…)”. En tres versos, Satizábal utilizó palabras tan redondas y ya sin sentido como “milenario”, “aurora” y “cantos” sin darles un nuevo sentido. Además, acude a dos figuras que alejan cualquier posible imagen real del objeto que describe: “símbolo de lo vivo” y “de todo lo que fluye y crece”.

Ese árbol milenario, que fluye y va y viene, es una figura que debe mucho a Heráclito. Y por eso resulta aún menos entretenida su lectura: porque acude a los mismos referentes, a las mismas formas oscuras del río que siempre vuelve y no es el mismo. ¿Qué hay más allá? Esas formas se repiten a lo largo del poemario, salvo en los poemas más breves —como “Un perro” y “Johan Sebastian Bach”—, de un modo que resulta a veces incluso estorboso: la descripción de la naturaleza como un objeto solemne, inabarcable, siempre grande, siempre indescifrable. Tan indescifrable como la poesía que lo describe.

De ello da ejemplo, entre otros, “Tzotzil y Tzeltal”: “Consume su calma/ la llama inclinada./ Apaga su nada/ la vela del alma”. También “El viejo”: “agua mansa a mi corazón/ vuelve su voz/ flor de roble mayor”. Como juego sonoro resulta sostenido, acertado. Aun así, como juego de significación, que es en el fondo lo que busca la poesía —una abstracción, una idea decantada y sintética que se oponga al lugar común—, no logra su resultado. Son juegos de palabras bien organizadas, bien puestas, pero sin fondo. Y por eso caen bajo el peso de su propia retórica. La solemnidad con que, verbigracia, escribe el poema “Partir” anula cualquier juicio que pueda sugerir: “¿Qué pájaro afuera canta, amor mío?/ ¿Es la mirla o la alondra o el zinzontle?/ ¿Qué pájaro es aquel que afuera canta, amor mío?” Exceso de dramatismo en un diálogo que podría ser desarrollado con más simpleza y más significado. A su descripción de la naturaleza le hace falta naturalidad.

Habría que decir, también, que la poesía de Satizábal tiende a encerrarse, como muchas otras obras, en sí misma: en la exaltación de su propia arquitectura. Sus juegos de palabras rebotan sobre sí mismos, de modo que la escritura no oculta al escritor, sino que lo revela, lo pone en primer plano. Sus poemas sobre la poesía misma se alejan del mundo, están por encima de “los cielos de dios” que refiere en el poema en honor a Bach. Habla sobre la palabra, sobre el canto, sobre la música que quiere atrapar. El escritor polaco Witold Gombrowicz aseguraba que ese tipo de poesía se parecía a una concha: la poesía que habla de la poesía, que habla de sí misma, que se vanagloria hasta tal punto que pierde de vista al mundo que la rodea. En ciertos poemas de Satizábal se asoma esa pretensión.

“La calle de los vándalos”, “Palabra” y “Los huyentes” son poemas más aterrizados, con una historia de fondo, poemas que se dejan sentir, que no están en el aire, tan vaporosos y difusos. “Cádiz”, tal vez el poema más extenso, abunda en descripciones, en recuerdos algo excesivos de la historia. Satizábal falla en los temas que tienden a ser épicos y, en cambio, tiene sugerencias fuertes en aquellos cortos, breves, cercanos a la prosa pero definiéndose bien como poesía.

Todo poemario habla, en últimas, de lo que su autor cree que es la poesía. Y de allí, entonces, que se puede concluir lo que piensa Satizábal de ella: que es el vehículo para exaltar la naturaleza sublime, eterna, indescifrable. Pero la mera exaltación no hace poesía.
 

 

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