La polaca penitente

La periodista mexicana Fernanda Familiar reveló en su blog la historia de la polaca que ha seguido al Nobel desde el Distrito Federal hasta Cartagena sin lograr su propósito de saludarlo: “Han sido años, y me consta, que una mujer polaca ‘se planta’, textual, afuera de la casa de Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, en la Ciudad de México, para llevarle flores amarillas a Gabo. Delgada, ojos claros, pelo revuelto, güera, pálida y desaliñada, se queda por horas en la calle, donde los queridos Gabos viven. Un ramo de flores amarillas por momentos en su mano derecha o por momentos en la izquierda, se sienta, donde le sea posible (normalmente en un escalón de una caseta de policía), abandonada de sí misma, a esperar y esperar y a seguir esperando, no sabemos qué...
Es la misma mujer que viajó a Cartagena de Indias, en donde los Gabos pasaron una temporada, para hacer el mismo ritual ¡todos los días! Lo importante no es entregar las flores, en caso de que decida hacerlo, es esperar... contempla, observa con calma y paciencia si en alguno de los domicilios “hay movimiento”. Sigilosa mujer extraña que espera y espera... parece que esa paciencia no termina de cansarse; parece pensativa, pero parece una cazadora al acecho de su presa: Gabo. Un acto que, a mi parecer, y en este contexto, es sumamente primitivo.

Supimos hasta ahora que se llama Olga, que es de origen polaco, que ya no era enfermera ni abogada, que admira (obvio) a García Márquez, que habla inglés, poco español, y que le parecía sorprendente que se hubieran dado cuenta de su presencia. No dijo más. ¿Darse cuenta de su presencia? ¡Cómo no darse cuenta de su presencia tan rutinaria y habitual! Parece sorda, muda y ciega... No habla con nadie, no expresa “algo” en su pálido rostro. Está... y eso parece ser todo. Les cuento que en pocas ocasiones ha tenido la valentía de tocar el timbre y de entregar las flores, hay días que se va con ellas. La he visto, me atemoriza; la constancia es enferma, como si no hubiera algo más que hacer en la vida más que llevarle ‘una llovizna de minúsculas flores amarillas’... Como cuando murió José Arcadio Buendía en ‘Cien años de soledad’.

Recuerdo un miércoles, no hace mucho y, por cierto, semanas antes de que viajáramos juntos a Cartagena, que saliendo del programa de radio llegué a casa de los Gabos a comer, más o menos a la 1:40 de la tarde, y verla ahí una vez más. Ese día, sin flores... Entré a la casa, comimos y disfrutamos como siempre de nuestras largas sobremesas, y al salir, ya entrada la noche, la mujer seguía vigilante. Sentí escalofrío y le marqué a Mercedes para avisarle que ahí seguía. Era inexplicable el empeño... en el mismo lugar de hace horas, en la misma posición, sin moverse, aparentemente sin comer, como estatua.

Hay semanas que voy, tres o cuatro veces, a casa de los Gabos y ahí está... Fanática de la espera, con sus flores amarillas. Ha llegado a romper su propio récord, llegando a las 9 de la mañana y de la nada, emprende camino sin rumbo a las 11 de la noche. A veces pareciera que la voluntad o una voz interna la impulsan ipso facto para acercarse a la puerta de la casa, tocar el timbre y decir: ‘Le traigo flores...’, de lo contrario sólo espera ¡por horas! Debo reconocer que el fanatismo me da repulsión; esas pasiones desmedidas, exacerbadas y tan tenaces ¡me provocan profundos cuestionamientos!

He convivido con los Gabos desde hace años y puedo asegurar que si algo respetan y gozan es a las personas, quienes de manera espontánea se acercan a saludar “al maestro, a su Gabo, al escritor, al entrañable”, y si por alguna razón desean su espacio y no estar con gente ajena a las circunstancias, lo hacen saber con educación, cordialidad; muestran agradecimiento por haberse acercado a ellos y esto es ¡a quien sea!

Hemos visto personas que al verlo se acercan, textualmente, sólo a tocarlo para confirmar si es de carne y hueso o no, y lo quieren, lo abrazan, le hablan, le cuentan, le recuerdan... todos tan generosos y respetuosos con él, que se goza la cercanía que manifiestan. Y son tantos que, a veces, nos ha sido imposible ¡comer un platillo!

Así que con lo anterior, los rituales raros de la polaca ¡no se entienden! Nada”.

Tomado de fernanda-familiar.com

Temas relacionados