La polifonía de Savall

El trompetista Wynton Marsalis suele hablar del jazz como metáfora de la democracia.

Una voz sólo tiene sentido cuando suena con las otras. Y no hay manera de que todas suenen a la vez, diciendo cosas distintas pero, también, construyendo entre todas un discurso, si no es escuchándose entre sí. Lo mismo, en rigor, podría decirse de todas las músicas. Y en particular en el lenguaje del Renacimiento, que Jordi Savall toma como eje a partir del cual desplazarse en direcciones múltiples, esa idea de la “polifonía”, de las distintas voces independientes entre sí pero al mismo tiempo íntimamente relacionadas, resulta esencial.

El principio constructivo de los espectáculos que Savall ha presentado en Cartagena no es muy diferente. Simplemente, como si se tratara de muñecas rusas, las voces se amplían. Lo que sucedía dentro de cada pieza se reproduce en lo que pasa fuera de ella. Y las voces son entonces esa música de la España cristiana de los siglos XV y XVI, de sus cortes pero también de sus calles, de los árabes y los judíos y, además, de los esclavos. Y ya en la Tierra Firme, en ese Nuevo Mundo hacia donde esos sonidos viajaron muchas veces de polizones, otras músicas que guardan, como huellas, la memoria de aquellas. En un fandanguillo mexicano se entrevé el fandango; en los zapateos y en los ritmos de los sones asoman las gallardas, las folías y los canarios.

Savall mostró una verdadera polifonía, en la que los relatos puntuados por textos documentales estuvieron lejos de ser datos menores. Pero, una vez más, las muñecas rusas impusieron su orden, que no es otro que el de un festival pensado con coherencia inconmovible. En unos conciertos, África se entrelazaba con la Europa de los Reyes Católicos. En otros, con la marimba del Pacífico colombiano, o con la Orquesta Sinfónica Juvenil de Cartagena. Y unos conciertos con otros, como nuevas voces, también entrelazaron un relato, hecho de los diálogos entre unos y otros, multiplicados en los espejos ilimitados de la escucha. Las tierras firmes son siempre provisorias, como lo son los cantos y las danzas, desapareciendo en el mismo momento en que son percibidos. No hay lugar para la música que no sea la memoria, podría decirse. Todo sonido es un sonido recordado. Y el lugar de la memoria son esas tierras a las que se va arribando, una y otra vez. Cantando y bailando. Tocando violines, marimba chonta, extraños resabios del pasado como el corneto o vislumbres de mundos lejanos, como la kora. Y, sobre todo, escuchando ese relato hecho de voces infinitas.

 

* Crítico musical argentino

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