¿Por qué los hombres no usan falda?

No hay que poseer grandes conocimientos en moda para reconocer que ha sido siempre una gran secuencia de transformaciones. La imaginación general reconoce con agilidad que en otros tiempos las mujeres andaban como elevadas por la fuerza de los corsés; que los hombres usaban pelucas dramáticas y polvos en sus caras. Que hace unas décadas primaba un sentido de formalidad que se materializaba en el uso de trajes, vestidos, sombreros y guantes. Hoy vivimos en la informalidad mixta.

Ilustración Istock

Y sin embargo, los cambios dramáticos de la vestimenta parecen estar afincados por lo general en el hábitat femenino. Hace aproximadamente doscientos años que los hombres se visten de manera similar, de manera homogénea, con un fin funcional. Hace dos siglos que su esquema de vestir se basa primordialmente en pantalones, chaquetas y camisas.

Las mujeres, por contraste, parecen haber saboreado todas las posibilidades de ropas imaginables. Longitudes variadas, siluetas de todo tipo, revelación de muslos, destape del cuerpo con el bikini, vestidos estrechos, anchos, y también la adopción paulatina de elementos del vestir masculino. El proceso no ha sucedido así en ambas orillas.

Pese a todas las transformaciones del vestir, y aun cuando vivamos en un mundo de estilo libertino —donde muchos estilos coexisten y ya no existen normas tan definidas—, los hombres no usan faldas. Evidente, pero a veces vale la pena hacer de lo familiar algo extraño para sustraer nuevos sentidos.

Mientras tanto, las mujeres sí han experimentado con todas las posibilidades del repertorio masculino. Grandes emblemas de la liberación femenina como Coco Chanel han tenido entre sus sellos la habilidad de transferir el confort y la autoposesión de la ropa masculina al mundo de la moda femenina.

Algunas perspectivas argumentan que la variedad en la vestimenta femenina puede ser vista como un desafío a la racionalidad tan instrumental de lo masculino. Y que en esa variedad de la moda hay un goce al que los hombres no acceden.

Pero la historiadora de moda y arte Anne Hollander consignó otra idea interesante: que los hombres fueron quienes entraron de manera precoz a la modernidad del vestir. Según esa mirada, los hombres se adelantaron doscientos años en experimentar un tipo de vestimenta que, al favorecer el confort, el movimiento libre y la falta de ornamentación, les fue permitido dedicarse menos a la apariencia y más a la acción.

Eso explica que desde entonces las mujeres hayan saqueado como pudiesen el armario masculino, escarbando en él mucho más que mera ropa, cazando la posibilidad de ser igual de libres.

Así las cosas, es difícil que los hombres, tan habituados al confort, siempre empoderador, estén dispuestos a desistir de sus beneficios. De allí que, pese a toda apertura ante el vestir, las faldas no estén en su radar o en la proximidad de su camino. Si las mujeres usan pantalones es porque, de manera invertida, ellas conocieron algunas libertades de manera tardía.

Ahora llegó el momento de que el varón se exprese más con lo que tiene a su disposición. Porque la ropa también es una forma de empezar a deshacer estereotipos.

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