Por una filosofía militante

En el día mundial de la filosofía se hace válido reflexionar sobre el rol de la misma en la construcción del pensamiento crítico y en las acciones colectivas que una sociedad busca para reafirmar sus derechos y deberes.

De una de las protestas estudiantiles en la ciudad de Bogotá.Mauricio Alvarado - El Espectador

El 21 de noviembre es el día mundial de la Filosofía. Algo que vale la pena recordar cuando una ciudadanía más crítica y consciente se moviliza por las calles de Colombia y en algunos otros países del mundo exigiendo la aplicación del acuerdo de paz, la garantía de la vida de los líderes y lideresas sociales, oponiéndose a la posibilidad de la precarización cada vez mayor de la vida de los trabajadores, y exigiendo el cumplimiento de la totalidad de los acuerdos a los que llegó el gobierno con los estudiantes en el año 2018, entre otras demandas legítimas.

Establezco esta relación no porque la filosofía haya movilizado a la gente, de lo cual no hay evidencia, sino para recalcar la importancia de la enseñanza de la filosofía en todos los niveles, lo que se convierte en un arma para luchar contra la impostura, la propaganda, la manipulación y la llamada posverdad. Esto es sumamente valioso en un mundo de la imagen, teledirigido, donde el pensamiento ha perdido densidad y profundidad y donde es cada vez más difícil orientarse, esto es, despejar un horizonte para la acción individual, social y política.

Puede leer: Sobre el concepto de revolución

En un mundo “donde toda vale” y donde “ya no importan los hechos” como decía Borges, la filosofía se convierte en un instrumento que favorece el despertar crítico de la conciencia. Fue Marx quien, desde su tesis doctoral, propuso la idea de las masas filosóficas para hablar, justamente, de un pueblo, de una ciudadanía, en las cuales se ha encarnado la filosofía y se ha puesto al servicio de la transformación de la sociedad, porque la filosofía, como nos lo recuerdan Pierre Hadot y, en Colombia, Víctor Florían, es ante todo una forma de vida comprometida en el nivel del ser, antes que un ejercicio meramente teórico, académico, erudito o doxográfico.  

Pues bien, lo que está en juego hoy en día es justamente la necesidad del pensamiento crítico y transformador, esto es, de un pensamiento que no sólo esté en capacidad de cuestionar los imaginarios, las ideas, las cosmovisiones ancladas y naturalizadas en las personas, sino, ante todo, que esté en la capacidad de detectar enunciados soterrados y sus consecuencias derivadas, a la vez que pueda otear, avizorar, posibilidades inéditas para construir futuros y mundos posibles, mejores. La filosofía no está separada de la utopía, es más, es fuente de utopías como se ha visto desde el siglo XVI. Si la utopía es la distancia entre la realidad y el deseo, la filosofía debe ayudar a reflexionar sobre los fines y los medios que permitan convertir el pensamiento en historia, en realidad viva.

Si la filosofía es amor por la sabiduría, pasión por comprender el mundo; desnaturalización de opiniones y del sentido común; si es un instrumento para esclarecer las distintas realidades que circundan al hombre, lo opera mediante un discurso riguroso, sistemático, radical, coherente, hoy su labor no puede permanecer meramente en las aulas o en los escritorios. La filosofía debe untarse de calle, de realidad, debe dejar su orgullo y su soberbia y descender al mundo que la sostiene y la alimenta con todas sus problemáticas. No es posible una filosofía que mire de reojo los problemas actuales, la crisis civilizatoria, el daño ambiental, el cambio climático, la pobreza mundial, las injusticias y desigualdades estructurales, la crisis alimentaria y energética. Esta sería una filosofía ciega y estéril.

Ya no es posible una filosofía de escritorio que termina vertida en papers para publicar en revistas indexadas nacionales e internacionales que nadie lee, y que termina convertida en cifras, en cantidad, para la contabilización que hace Colciencias de los grupos de investigación y la clasificación de los investigadores. No. Este paperfordismo o producción serializada de artículos es la muerte del pensar filosófico, porque carece de autonomía y obedece a las lógicas de las instituciones de investigación del Estado y porque supedita el quehacer filosófico a una producción de la cantidad por la cantidad, ejercicio en el cual se compromete la calidad misma. Es, en últimas, una versión mercantilizada de la filosofía.

Hoy, más bien, se requiere una filosofía militante, sub-versiva, esto es, que contribuya a la subversión de lo que está mal en los órdenes sociales actuales. Se requiere una filosofía comprometida, militante, autocrítica de sus prácticas académicas, narcisistas, solipsistas, excluyentes, arribistas y aristocráticas. Igualmente, se necesita una filosofía para niños que permitan afinar la argumentación, el pensamiento lógico, la aceptación de la diferencia, la discusión abierta, la crítica, desde temprana edad. Se necesita, en fin, una filosofía que perturbe y trastorne la comprensión cómoda que tenemos del presente y sus múltiples desajustes. A futuro, todo esto contribuye a la construcción de una ciudadanía con una mayor cultura política, consciente de la importancia de la convivencia social, de la vida en común y de la necesidad de construir mundos-otros, pues otros posibles son posibles como dice el maestro Arturo Escobar.  

Así que en el día mundial de la filosofía, profesores y estudiantes a la calle: ¡que viva la filosofía militante, porque la de escritorio ya está muerta!

892179

2019-11-21T11:26:00-05:00

article

2019-11-21T11:47:09-05:00

jcasanas_956

none

Damián Pachón Soto / [email protected]

Cultura

Por una filosofía militante

28

5634

5662