Postales sonoras de una ciudad grisácea

Más de 20 artistas retrataron en postales los sonidos de la ciudad: busetas, ambulancias, multitudes viendo fútbol y los cerros. Son instantáneas del oído atrapadas por la vista.

“¿A qué suena Bogotá?”. El título del texto de Andrés Ospina que acompaña las 28 postales de Bogotá fonográfica —editado por Laguna Libros— parece ser una inquietud inocente. Sus primeras especulaciones, sin embargo, sugieren una materia amplia, vastísima. ¿A qué suena Bogotá? Ospina hace un barrido inicial: “Suena a retroexcavadora implacable, perforando unas vías insuficientes. A venta de baratas. A 1.000, 2.000 o 3.000, pero siempre pagadas con ‘pesitos’, en diminutivo. Al gis que atiza los tacos de billar”. Más adelante dice: “Suena a ch de Chapinero, Chicuazuque, Chipatecua, chumbimba, choros, changua”.

Esos son los acercamientos a los sonidos más típicos de la ciudad: el ruido de los trancones, las palabras singulares de las radiooperadoras, las fiestas de las vecinas y los vientos helados atrapados entre Monserrate y Guadalupe. Son los sonidos que oímos todos, pero que pocos tienen en cuenta. Hay que detenerse en el fárrago estrepitoso de la ciudad para atenderlos. El inventario es infinito, claro, y Ospina realiza un listado de aquellas armonías —abstractas, sometidas al ritmo de la ciudad, a ese flujo cansino—.

“¡Bogotá suena a tantas cosas! —escribe Ospina en el último tramo de su texto—. Pero parece haber pocos oídos para disfrutar de su atonal polifonía. Porque hay más tiempo para cualquier otro asunto que para detenerse a oír. Porque un día la imagen —vanidosa y segura de valer más que cualquier cosa— decidió sonsacarse toda la atención para sí, y entonces los demás sentidos se hicieron accesorios”. Esa polifonía, enredada pero armónica en un sentido muy particular, es el objeto de este trabajo gráfico: aquí se presentan postales creadas por Manuel Kalmanovitz, Carmen Elvira de Brigard, Javier Gamboa, Santiago Reyes, Catalina Jaramillo, Gonzalo García, y otros artistas que recordaron un sonido y lo convirtieron en imagen.

Esa es, entonces, la singularidad de este proceso: además del delicado trabajo editorial, Bogotá fonográfica recuerda los sonidos a través de la imagen, una de sus enemigas. Recuerda los sonidos en el territorio colonizado por la imagen y con sus propias herramientas. La iniciativa no deja de ser, en efecto, una pausa fuera del calor del afán, de la corriente vida de la ciudad, que tienda a engullir a sus habitantes de un modo que ellos mismos, en ocasiones, consideran placentero.

Estos sonidos vienen a los artistas de muchos modos: para Manuel Kalmanovitz es el resplandor sonoro de una ambulancia; Carmen Elvira de Brigard prefiere los puntos inexactos sobre un texto incomprensible; Natalia Castañeda dibuja en blanco y negro a una turba mirando un partido de fútbol, rodeada de todo cuanto tiene la ciudad en ese momento de alborozo: vendedores de minutos, policías, vendedores, humo; Jonathan Ramírez expresa esos sonidos en ondas; Juana Anzellini retrata una buseta con un enorme trombón en su techo y otra buseta con un tejado sobre ella, porque, en medio de los trancones extensos, el transporte público se ha convertido casi en una segunda casa.

Sus reflexiones gráficas van más allá de una mera puesta en escena de un lugar específico o de un sonido exacto: Bryan Méndez retrata los cerros vistos desde una ventana enrejada y encierra allí, a través de colores parcos, el frío de esa montaña. Las caras de los espectadores en la postal de Mónica Naranjo, que parecen estar esperando algún acontecimiento, son borrosas, pero se distinguen vestidos elegantes, oscuros todos. Catalina Ortiz prefirió montar imágenes del café, la hoja del tamal, el trozo de carne, todo en un solo lugar, unido quizá por la mera tradición.

Los sonidos que produce cada una de estas imágenes pueden ser escuchados en los marcadores digitales de cada postal o en la dirección electrónica que está en su reverso. Pincho, de Catalina Ortiz, está basada en los sonidos de un restaurante: se escucha allí el aceite hirviendo, una mujer preguntando a cómo son los chorizos, otra más respondiendo, una más asegurando que “viene con salsas”. “¿No queda ni un tenedor”, pregunta otro. “Mire, mi amor, la bandeja sólo sale con papa, aguacate...”.

Cualquier interesado puede consultar los sonidos y mirar las postales: ¿concuerdan o no? ¿Las postales corresponden más a un sentimiento que a un retrato de lo que expresa el sonido? ¿Qué atrapan estas imágenes, costumbres o formas de desesperarse en la ciudad? ¿Atrapan una nueva ciudad, una que se está formando entre las obras eternas y el santo clamor de las iglesias tradicionales, o atrapan una ciudad en decadencia, perdida en sus propios recuerdos, en sus agonías?

El colectivo Sonema se encargó de recoger estos sonidos por la ciudad. Un mapa, incluido junto con el texto de Ospina, muestra que las postales guardan muy buena parte de las armonías de la ciudad, del norte y del sur y sobre todo del centro, donde se reúnen todas las clases sociales de la capital grisácea. Son postales destinadas, como todas las de su género, a viajar. Los sonidos, atrapados en la imagen, buscarán salir de ella.

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