Premio a Rodrigo Parra Sandoval, un maestro de las letras

El Ministerio de Cultura anunció que el escritor y sociólogo es el ganador del Premio Nacional por Vida y Obra.

Rodrigo Parra Sandoval, escritor valluno, en su estudio en el centro de Bogotá. / Archivo - El Espectador
Rodrigo Parra Sandoval, escritor valluno, en su estudio en el centro de Bogotá. / Archivo - El Espectador

El jurado del Premio Nacional de Vida y Obra 2016 del Ministerio de Cultura, anunció como uno de sus ganadores al escritor, investigador social y cultural Rodrigo Parra Sandoval, tras considerar que su “trabajo ha dado un aporte valioso a la investigación etnográfica en el campo educativo a todos los niveles” y que “es un científico social y narrador con la mirada hacia la arquitectura del caos y no la arquitectura del orden; gran observador de la cultura de los jóvenes en los diferentes entornos, sociales y culturales”. Destacó su “innovación en la investigación etnográfica, donde, a través de la vinculación de los jóvenes, recoge su propia voz”.

¿Quién es este personaje, nacido en Trujillo, Valle del Cauca, en 1938 y alejado del ruido de editoriales comerciales y de eventos sociales, privados o públicos? Uno de los intelectuales más tímidos y valiosos de nuestro país.

En 2011, por la novela Faraón Angola (Ediciones B), fue exaltado como uno de los más importantes escritores latinoamericanos durante los premios Casa de las Américas, en La Habana. Recibió mención especial en el más antiguo certamen literario de América Latina —entre 300 originales calificados por 20 intelectuales de Argentina, Chile, Colombia, Guatemala, Perú, España y Cuba—.

Viendo algunos de sus libros acumulados en una librería, recuerdo el lamento de un editor: “Es increíble que en el país su obra literaria no haya trascendido a los niveles que debiera teniendo en cuenta su particular mirada de la historia y la sociedad colombianas y su aporte investigativo a la sociología y a la educación”.

Parra tiene mucho de esos escritores enigmáticos como Salinger o Tomás González, para citar un ejemplo cercano. Son talentosos, disciplinados, productivos, pero asociales; hibernan en su biblioteca, pegados al escritorio y a la pantalla, lejos de los políticamente correctos círculos literarios, de los cócteles, de la intriga.

Lo descubrí gracias a Museo de lo inútil (del sello español Bruguera), una novela rechazada por muchos seguramente por su volumen (527 páginas) sin saber de lo que se perdían: el arriesgado viaje literario de un digno heredero de Julio Verne. Rodrigo tiene 72 años y sigue empeñado en romper estereotipos, como lo ha hecho desde El álbum secreto del Sagrado Corazón (1978), pasando por la historieta del hombre mono convertida en la novela Tarzán y el filósofo desnudo (1996).

Combina imaginación prodigiosa con raciocinio de Ph.D en sociología de la Universidad de Wisconsin. Vive en un piso 17 del centro de Bogotá, frente a la Academia de la Lengua, con las obras completas de Borges, Onetti y Tabucchi a la mano.

Museo de lo inútil parte de sus entrañas, de su Valle del Cauca, desde Cali, desde el Ferrocarril del Pacífico. Parra invita al lector a un viaje de aventuras inconmensurable. Lo define como “la arquitectura del caos”: “El novelista nostálgico piensa que toda experimentación ha sido hecha ya y que la única posibilidad es el regreso a lo clásico. El novelista que acepta el desafío contemporáneo, en cambio, piensa que su papel consiste en expresar la complejidad del mundo que vive, en iluminar zonas oscuras de la identidad del hombre actual, en escudriñar los abismos del ser a donde la fragmentación del mundo nos avienta como una catedral que explota”. Cita tomada de su ensayo “La visión del mundo, la ciencia, el escritor y la novela”.

Intenta una nueva versión de Las mil y una noches. Le escribe una carta a Julio Verne y empieza a refundar mundos, construyendo metáforas desde la explosión en una catedral o desde el replanteamiento de la teoría del Big Bang. Con razón Rodrigo habla de 14 años dándole vueltas a esta locura en la cabeza, 14 versiones para llegar a la estructura final. “Sólo quería que la estructura de los relatos fuera una imagen de lo que le está pasando a la identidad del hombre”, dice con esa sencillez que lo enaltece.

Interrogantes que surgen entre líneas: ¿qué factores culturales, tecnológicos y espirituales están cambiando en la gente? ¿Cuál es el papel del llamado Tercer Mundo frente a las sociedades industriales? Para intentar una respuesta crea a Olivia y al hombre que le construye todas las realidades posibles para evadir la tragedia de una hija que perdió sus piernas. También resultan determinantes un par de abuelos con mentes complementarias.

Y para no perderse en medio de su propio caos se apoya en la tradición, la modernidad, la posmodernidad, la globalización. Resultado: una crítica a las costumbres pueblerinas de su tierra y un llamado a que nos proyectemos hacia afuera, como los europeos.

Un tren añorado se convierte en la máquina para despegar, viajar, buscar otros horizontes. El hombre se transforma en un ornitorrinco, valiéndose de partes de otros, de la dispersión del conocimiento, de la necesidad de recrear su lugar actual en la tierra. Alude al desarrollo industrial, a los viajes interplanetarios y a la realidad de la guerra a través de las minas antipersona o los carros bomba. Humor e ironía sin trascendentalismos.

“Ese creacionismo, con un Dios humanizado, tiene un trasfondo autobiográfico”, admite Parra, quien alguna vez dejó la vida religiosa para confrontar los dogmas que le imponen al hombre y de los cuales quiere exorcizarlo.

Museo de lo inútil podría haberse quedado en la teoría, en el relativismo, pero Parra lo hace verosímil no sólo mediante la acción y las historias entrecruzadas, sino experimentando con nuevos lenguajes. El juego intertextual hace fluir las palabras a través de correos electrónicos y del chat, la manifestación consciente del autor frente a la época que transita.

El abuelo importa a un país subdesarrollado la tecnología del teléfono celular y junto a él gravitan “los adolescentes calvos”, los cómics, el universo de Mongo, personajes que buscan romper la uniformidad que agobia al mundo moderno. Todo parece avanzar al ritmo de una sinfonía de Mozart con influencias de Melville, Derrida, Boccaccio, Flaubert y Jorge Isaacs, para Rodrigo su “padre literario”.

“Partí de las formas culturales de la humanidad y de su tecnología para elaborar otras valoraciones y formas de ver el mundo. Luego, con ese revuelto, inventé un presente con todo, incluidos nosotros tratando de asimilar el mundo globalizado”.

Una cosa es decirlo y otra hacerlo funcionar como literatura. Para lograrlo releyó a Verne y lo reinventó junto a las fábulas de Esopo, confrontó El origen de las especies. “La teoría del cucarrón” surge de la lectura de la autobiografía de Darwin. Incluso se mete dentro del cine para repensarlo, juega con los hipervínculos del texto, con las referencias en letra negrilla.

¿Escribió el libro total? “Lo intenté sabiendo que no se puede hacer”. Parra cumple con los mandamientos que propone en sus ensayos literarios: “La desintegración del yo”, “la complejidad como forma de mirar”, “el desorden como forma de organización”, “no sólo el tiempo personal sino, sobre todo, el tiempo social” y “el nuevo lenguaje”.

Me regala una copia inédita de Faraón Angola, personaje de mil facetas en sus libros. En éste es presidente de un país donde hubo Guerra de los Mil Días, periodista cultural, detective, lo que la ficción requiera. Es su obra inspirada en la música, en la poesía de Pessoa, en un epígrafe inquietante del cineasta Jim Jarmusch: “La vida no es dramática sino episódica. No nos dirigimos hacia un clímax que podamos llamar destino sino que empezamos muchas historias que jamás terminamos”.

Así es la mente de Rodrigo Parra Sandoval, maestro de muchos, que apenas ahora recibe un más que merecido reconocimiento nacional. Pero el mejor premio a este pensador obsesionado con condensar en palabras “la identidad de los colombianos y los latinoamericanos” es comprar y leer sus libros.

* Versión de un perfil publicado originalmente en El Espectador el 27 de febrero de 2011.

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