Se cumplen cien años del natalicio de Primo Levi

Primo Levi: los recuerdos queman

Hace un siglo nació el escritor italiano. Recordamos su vida y obra con este texto que reflexiona sobre la pregunta –obstinada, fuerte– que vuelve una, otra, otra y otra vez: ¿para qué sirve la literatura?

Primo Levi, quien escribió "Si esto es un hombre" –uno de los estremecedores testimonios de la barbarie del siglo XX– porque no tenía alternativa: los recuerdos le quemaban por dentro.

Un golpe seco de la conciencia responde: para poco, casi nada. Ella no remedia las afrentas de la realidad: no calma el hambre ni limpia los océanos ni detiene la tala de bosques nativos ni cura el cáncer o el sida. Luego de aceptarlo, de hacer el duelo, el lector le da una vuelta a la tuerca: acaso al olmo no se le deban pedir manzanas. A lo mejor los libros –la mayoría– no sirvan para cosas prácticas. Quizá su provecho resida en los menesteres triviales: hacer vida la vida, por ejemplo. O en romper la asfixia de los cercos cotidianos, en fisurar el automatismo de las rutinas. Cuando estos moscardones zumban acudo a las remembranzas, al estremecimiento espiritual gozado al leer ciertos libros. Con la mente visito la playa de los niños de El señor de las moscas o salgo de travesía con Holden Caulfield o paso un rato en el taller de los pescaditos de oro. A quien lee esta opción le basta. ¿Y al escribidor?

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Supongamos: no se llenan páginas para alcanzar la frágil y perecedera fama del escritor. Entonces, ¿cuál es el fin de tratar de acunar el mar en las palmas de las manos? La respuesta de Primo Levi corta el aliento: el italiano escribió Si esto es un hombre –uno de los estremecedores testimonios de la barbarie del siglo XX– porque no tenía alternativa: los recuerdos le quemaban por dentro. En tiempos de pavoneo literario, de frivolidad mediática, la de Levi es una salida digna de escrutar con lupa. La escritura, al menos aquella que ansía la categoría estética, le retorna su valor al lenguaje, menoscabado por los eufemismos de la política, la economía y las ideologías.

Levi disipa las mentiras, los subterfugios: a la “solución final” la llama exterminio, al “traslado” destierro, al “tratamiento especial” matanza con gas. El poder –locuaz monstruo de mil cabezas– aspira domesticar las palabras, limarle las aristas, reducir sus sentidos. En contravía, el arte literario refuta la propaganda, hace compleja la existencia. La escritura no es un recreo ni un ejercicio inútil: es uno de los caminos por los cuales la humanidad descubre su naturaleza de animal espiritual y­ –bella paradoja– se distancia del salvajismo. Levi describió el infierno, lo despojó de grandezas y misticismos. Al hacerlo demostró que el Lager no fue un imprevisto ni un accidente: fue la consecuencia lógica de un sistema de valores cimentado en el odio a las diferencias. Allí la violencia fue un oficio burocrático, natural, cotidiano.

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En la apertura de Si esto es un hombre Primo Levi le revela al lector el norte de su empresa literaria: el suyo no es el dictamen del tronante juez ni el alegato de la víctima. Asume el tono del testigo. Alerta del peligro del fascismo –el aplastamiento de la crítica, la renuncia a la individualidad en aras de la piara– y proporciona “documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana”. A renglón seguido incluye un poema-conjuro: no debemos ni podemos olvidar los extremos “contrahumanos” del Lager. De perderlos de vista los espectros del fanatismo pueden volver, robustecidos, a causar estragos. No se equivocó: las masacres en Ruanda, Indonesia, Bosnia, Colombia, China, México, Rusia lo corroboran. Las puertas de Auschwitz siempre están cerca. La inflamada retórica del caudillo –sus trinos o vídeos en Facebook– puede encender el polvorín de las bajas pasiones y conducir a los rebaños a los precipicios. Sobran los flautistas de Hamelín.

El discurso narrativo de Levi se articula con las reflexiones sobre el mal y la obediencia. Los experimentos de Stanley Milgram y sus escalofriantes resultados avalan la idea de Levi de considerar sumamente peligrosos “a los hombres comunes, los funcionarios dispuestos a creer y obedecer sin discutir”, eficaces engranajes de la maquinaria de la muerte. ¿Y los demás? ¿Qué se puede pensar de los alemanes de a pie de los años cuarenta? ¿Qué de nosotros, los colombianos del siglo XXI, espectadores de los estropicios de los neoparamilitares, las disidencias farianas, el ELN y los narcos? La ignorancia libera del peso del horror. Y, también, gradúa de cómplice a quien no patalea y prefiere obviar su carga de responsabilidad.

A lo largo del relato Levi no recarga las tintas, no hace falta. Esquiva los lugares comunes: no se presenta a sí mismo como un héroe. Reconoce en varios pasajes su suerte: salió vivo del Lager no por mérito ni fue guiado por el dedo de la Providencia –Auschwitz impugna lo divino y lo humano, los unta de estiércol –. Sobrevivió por puro azar. Pensar lo contrario sería lanzarle a los muertos el peor de los insultos, escupir en su tumba y memoria. En las barracas, en las zonas de trabajo obligatorio, el hombre depredó al hombre, las normas éticas se suspendieron en procura de un duro pedazo de pan o de una hilacha. Conmociona el capítulo Más acá del bien y del mal: los lazos de empatía pueden cortarse con relativa facilidad, las expresiones culturales y de afecto suprimirse si se sigue el método adecuado pero nunca –ni en los peores momentos– se puede prescindir de las dinámicas económicas. En las entrañas del averno el homo sapiens comercia, busca réditos aun a costa de sus semejantes. No hay vía distinta: el individuo o se pliega a la leyes de la oferta y la demanda o se extingue.

En 2015, gracias al impactante filme Hijo de Saúl, el tema del Holocausto ocupó las primeras planas de los diarios. A finales de los ochenta el historietista Art Spiegelman logró lo mismo con Maus, la primera novela gráfica en obtener el premio Pulitzer. Estas obras iteran un mensaje poderoso: Auschwitz no es un asunto exclusivo de los nazis y de los judíos. Ni un sitio del pasado. Auschwitz se renueva cada tanto: sus garras están prestas para el ataque. Es el nombre de ese instinto que destruye física, simbólicamente al otro, al distinto. Auschwitz es el fruto de entronizar la histeria ideológica –el reino de dios, la dictadura del proletariado, el paraíso consumista–. Sus hornos crematorios siguen activos, no han detenido un día su faena de horror.

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Ángel Castaño Guzmán

Cultura

Primo Levi: los recuerdos queman

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