La princesa rebelde

Descendiente del último rey de Polonia, Poniatowska ha sido periodista y escritora por más de cuatro décadas.

Elena Poniatowska, de 82 años, ha escrito ‘Hasta no verte Jesús mío’ y ‘La noche de Tlatelolco’. / EFE

Descendiente del último rey de Polonia, Poniatowska ha sido periodista y escritora por más de cuatro décadas. Su trabajo, crítico de la sociedad mexicana, fue reconocido por su “firme compromiso con la historia contemporánea”.

Ni género, ni definición. Cuenta el periodista Guillermo Sánchez en Gatopardo que sobre los textos de Elena Poniatowska se ha escrito poco. Ni exégesis, ni tesis. Es una escritora que, de repente, se salió de los parámetros del orden: escribía, y aún escribe, reportajes, crónicas, novelas, columnas de opinión, reseñas. Estudiar su obra como un todo, entonces, como palabras encaminadas hacia un sólo lugar, parece que les ha resultado difícil a los académicos mexicanos. Les ha resultado difícil en parte porque Poniatowska no se define y tampoco parece interesada en ello, y en parte porque esa actitud algo caótica hace parte de su propia vida.

Esa misma necedad, si se quiere, la expulsó del convento de Pensilvania, donde pretendía convertirse en monja y donde aprendió la sumisión y a sentirse culpable por omisión y por palabra. Ya fuera del convento, volvió a México, la tierra de sus padres, y por azar llegó a ser periodista de Excelsior. Principió entonces una serie de entrevistas con un estilo más bien desenfadado, desligado de la palabra rutinaria del periodismo, que la harían reconocida después.

“Fíjate que cada vez que tengo que hacer una entrevista tengo miedo de que no me vaya a salir bien, que no estén suficientemente preparadas mis preguntas, que no conozca suficiente mi tema —dijo en aquel perfil en Gatopardo—. Soy en el fondo una gente que tiene poca fe en sí misma. Porque si no fuera así, nunca me hubiera dedicado el periodismo. Haberme dedicado al periodismo fue como necesitar muletas para salir adelante, porque reflejas las palabras de los demás, las ideas de los demás, los pensamientos de los demás. En vez de lanzarte a pensar sólo por ti, ya fuera bien o fuera mal”.

Por entonces, cuando se iniciaba como periodista, era una mujer chaparra, de cabello extenso y ojos amplios. Se sabía hija de padre francés y madre mexicana, descendiente del último rey de Polonia, princesa apenas por título simbólico. Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, con brevedad Elena Poniatowska, había nacido en Francia en 1932 y a los nueve años largó para México con su familia. Los Amor, su rama materna, eran de abolengo, como la rama paterna; ambos se habían conocido en una fiesta de los Rothschild en París; en la Ciudad Luz nacería, tiempo después, Elena. Ese origen, sin embargo, no fue óbice para cuanto vendría después, para la insistente rebeldía que se apoderó de ella y que, en ocasiones, la convirtió en una imagen de fe de la crítica mexicana. Aquella imagen y aquel pensamiento le permitieron abrirse un camino en el periodismo y la literatura; permitieron que las personas se le acercaran y le contaran su historia porque la veían pequeñita y casi tierna, confiable; le permitieron aprender español con las sirvientas de su casa, porque su madre desdeñaba el idioma y prefería que su hija, su Elena, hablara sólo francés.

Una actitud es tangible en las palabras. Como en las que pronunció en 1968, cuando ya había publicado La noche de Tlatelolco, una crónica sobre la masacre de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas, en Ciudad de México. Le otorgaron el Premio Xavier Villaurrutia por su calidad narrativa y ella, con su carácter suave, lo rechazó diciendo: “¿Quién va a premiar a los muertos?”.

La bautizaron, entonces, la Princesa Roja. Poniatowska se había labrado fama de crítica, izquierdista. En periódicos y en libros perfilaba, a la manera literaria o a la manera periodística, a mujeres de caracteres fuera de lo común: dicho de otro modo, rebeldes. Decían que su madre estaba molesta por el oficio de su hija y también por sus posiciones; ya se había hecho amiga de Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, un grupo nada menor en la literatura mexicana.

Para efectos biográficos, habría que decir que Poniatowska publicó, en los últimos 30 años, títulos como Tinísima, Las soldaderas, La piel del cielo, La vendedora de nubes, Leonora y otra treintena de novelas, cuentos y libros de no ficción. Habría que decir también que no tenía una técnica para entrevistar y que muchos de sus entrevistados, entre ellos Juan Rulfo y Diego Rivera, de repente se sintieron mal parados en las entrevistas. ¿Con cuál de aquellas entrevistas se quedaría?, le preguntó un periodista. “Con ninguna —dijo—, y además el tiempo me sigue dejando atrás; sigo siendo una periodista de tiempo completo”.

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