¡Pura falsa revolución!

Carlos Granés recorre entre anécdotas la historia de las vanguardias artísticas. La idea de su ensayo es que la sociedad actual es heredera de los principios transgresores de esas vanguardias.

Desde Madrid, y aún con el trasnocho que supone la celebración de recibir el Premio de Ensayo Isabel Polanco 2011, el escritor colombiano Carlos Granés Maya habla de esas ideas provocadoras que consignó en su ensayo y que conquistaron a Fernando Savater, con las que sugiere que lo que algún día fue revolución hoy no es más que una versión oficial.

¿Cuál es la primera idea que detona este ensayo?
Me encontré con un dato fabuloso en los diarios de Hugo Ball, fundador del dadaísmo y quien abrió el Cabaret Voltaire en Zúrich. Él decía que en una misma calle se estaban gestando dos revoluciones: la de Lenin, que era su vecino, y otra, la revolución dadaísta. Mientras una quería cambiar las estructuras sociales, reformar el mercado y los sistemas de producción, la otra pretendía cambiar las conciencias.

¿Lo que propone es que fue la revolución cultural la que triunfó y no la política?
Hemos tenido la impresión de que la revolución que triunfó fue la socialista, y en efecto transformó a Rusia, la mitad de Europa, Latinoamérica, Asia; pero unas décadas después el proyecto mismo se desmoronó. Paralelamente, la revolución cultural, empezada por el futurismo de Marinetti y luego llevada por el dadaísmo, sembró ese germen anárquico, rebelde, gozoso, humorista, irreverente, desacralizador que se fue transmitiendo de vanguardia en vanguardia. Luego tuvo una explosión notable con la revolución de mayo del 68. Esa revolución logra sobrevivir hasta hoy y se ha convertido en la manera más oficial de la sociedad.

Pero ¿qué hace que triunfe?
Básicamente los medios de comunicación. En los años sesenta, Andy Warhol expone este mundo vanguardista y transgresor y lo empieza a promocionar abiertamente entre las élites y las masas a través de programas televisados y revistas que confecciona. Por otro lado están los yipis (Youth International Party o Partido Internacional de la Juventud) con sus dos líderes, Jerry Rubin y Abbie Hoffman, que se dedicaron a ir a talk shows en la televisión y a poner en práctica lo mismo que hacían los dadaístas en el Cabaret Voltaire: burlarse, porque la forma de vencer las estructuras tradicionales es a través de la burla, el sarcasmo y el humor. El arma de esta revolución es la desacralización; el arma del joven fue no respetar lo dado, ni lo acumulado por la historia.

¿Muchos de los comportamientos de la sociedad actual son herencia de esta transgresión?
Sí. Otro elemento determinante de esta revolución fue, por ejemplo, tratar de convertir la vida en arte. Esa era una ambición de las vanguardias. El interés por la vida personal, centrar todo el interés en el individuo, tiene como consecuencia la intromisión en la vida de la gente. Los realities son la actualidad de esa política. ‘¡Mi vida es la revolución! ¡Miren cómo vivo!’ Este acaparamiento degenera en la dilución completa de las fronteras entre lo público y lo privado que padecemos.

¿Qué pasa con una revolución que se ha convertido en lo oficial?
Claro, esa es la pregunta del ensayo. ¿Qué pasa con una sociedad en la que la irreverencia, el infantilismo, el juego, el humor son lo más valorado? El resultado, como lo propongo en el ensayo, es un poco desalentador. Está legitimado el escándalo, el amarillismo y la falsa revolución, que atrae a los medios de comunicación.

¿Falsos revolucionarios?
Sí, estamos llenos de falsos revolucionarios que nos meten gato por liebre. Gente como Malcolm McLaren, el creador del punk, que a pesar de leer muy bien a los situacionistas traicionó una a una sus máximas. Él tenía una tienda de ropa transgresora. Se consiguió a tres muchachitos, ocupas, rebeldes, ignorantes y los convirtió en la banda que aterrorizaría a la tradición: los Sex Pistols. Se inventó el espectáculo del horror, sólo para un fin, que alguna vez admitió: vender los jeans de su marca. Capitalismo puro. Pero también son falsos revolucionarios los artistas jóvenes británicos como Damien Hirst y Tracey Emin.

Con tantas falsas revoluciones, ¿hay algún chance de emprender una nueva revolución cultural?
Sí. Hay que desenmascarar todo esto, proponer un cambio de valor distinto, entrar en el terreno de las ideas con nuevos valores. Podemos dejar de valorar el humor, que es statu quo.

 

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