Las putas tristes de Gabo

La última novela de Gabriel García Márquez es una disertación sobre el amor, el sexo, la vejez y la muerte, cuyo narrador es un viejo periodista que llega a los noventa años con ganas de regalarse, como él mismo lo dice, "una noche de amor loco con una adolescente virgen".

Rosa Cabarcas, dueña y señora de un famoso burdel, le buscó una doncella, como las que aparecen en La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, la historia del nobel japonés que marca el origen de Memoria de mis putas tristes.

“Hasta donde me acuerdo tenías una tranca de galeote”, le dijo la matrona cuando lo condujo a la habitación de la niña que estaba dormida por una mezcla de bromuro y valenciana. Y así se quedó con ella, mirándola, tocándola suavemente, como lo hacía el viejo Eguchi con las bellas durmientes narcotizadas de la obra de Kawabata. “Aquella noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin los apremios del deseo o los estorbos del pudor”.

Los nombres de los protagonistas de la historia quedan en el anonimato. Del periodista, que cuenta su historia en primera persona, nunca se sabe cómo se llama. De la niña se conoce que tiene 14 años y que el viejo la bautiza caprichosamente como Delgadina, al igual que el personaje de un antiguo romance.

El hombre la siguió visitando y, poco a poco, la dueña del burdel le fue contando quién era. Supo que cumplía los quince y le compró una bicicleta. Esa noche “la besé por todo el cuerpo hasta quedarme sin aliento: la espina dorsal, vértebra por vértebra, hasta las nalgas lánguidas, el costado del lunar, el de su corazón inagotable”.

Era un hombre culto, que escribía columnas en un periódico. Ella era una niña que no sabía leer ni escribir, y que trabajaba pegando botones. Rosa Cabarcas era el ser que conectaba esos dos mundos extremos porque se movía a sus anchas entre los más pobres y entre los más ricos. Por eso pudo tapar con impunidad la muerte de un cliente, una noche en que el viejo columnista dejó de contemplar a la niña para ayudar a vestir el cadáver.

El periodista escribe su historia y reconstruye sus andanzas entre putas y burdeles. “Hasta los cincuenta años eran quinientas catorce mujeres con las que había estado por lo menos una vez. Interrumpí la lista cuando ya el cuerpo no me dio para tantas y podía seguir las cuentas sin papel”. De allí surgió el título que le dio al libro: Memoria de mis putas tristes.

Y es precisamente en estas memorias donde deja consignada la hora y el día en que conoció el buen amor a los noventa años.

 

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