Querida Isabel Allende

La periodista Johana Arroyave, de la revista “Shock”, le escribe a la escritora chilena y confiesa sentirse identificada con algunos de sus personajes.

Hace tanto tiempo no escribo una carta que la verdad ya olvidé cómo se debe empezar. Creo que podría iniciar diciendo que realmente soy una fanática de su obra, pero sería tan cliché que rayaría en lo monótono, y un mensaje tan simple podría habérselo mandado a través de un tuit.

Por eso creo que podría empezar así:

Querida Isabel, aunque no me conoce debo agradecerle profundamente por haber logrado que mi imaginación volara con cada línea de La casa de los espíritus. Leí su libro mientras pasaba las tardes de mis vacaciones vendiendo postres en el negocio familiar, por allá en el 2008. Teníamos un puesto frente a unos apartamentos de donde salían las mismas personas, a la misma hora todos los días. Uno de ellos era un señor adorable. Había pasado toda su vida cuidando de los suyos y ahora que terminaban sus días, los pasos los daba muy lento, acompañado de un bastón. Ya nadie cuidaba de él, se movía solo y muy rara vez nos saludaba.

A veces sentía que pasaba sus tardes acompañado de su amargura y su soledad, y cada vez que leía una página de su libro era inevitable pensar que era el mismo Esteban Trueba reencarnado, sólo para mí. Cada día los personajes tomaron caras propias, y entre clientes y vecinos fui recreando una a una la historia que usted me relataba. Obviamente, como creé mis propios personajes, tuve una gran discusión frente al televisor con Bille August, según yo, por haber escogido el peor casting en la historia de las películas para recrear la que en que en ese entonces se había convertido en mi obra favorita.

Desde el 2009, cuando tuve mi primer novio oficial, entendí que mi suegra básicamente me había aceptado no porque creyera que fuera el mejor partido para su hijo, sino porque compartíamos el mismo gusto por los libros e intercambiábamos, siempre una coincidencia, los de Isabel Allende. Hacia 2011 ella compró El cuaderno de Maya, pues le recordaba el apodo que le tenía a su hija cuando pequeña. Cuando me lo pasó devoré tres capítulos en pocas horas. “Popo” tenía las características exactas de mi abuelo, quien me crió desde que nací como mi padre, pues el biológico había desaparecido. Luego empecé a subrayar cada línea con la que me sentía identificada para darme cuenta, al final, que el libro había quedado de varios colores fluorescentes.

Para ese entonces ya había escogido leer Paula. Estaba pegada a la historia, pero sobre todo estaba extasiada con la manera de describir la historia de su niñez, de aquella vez en la que ese hombre en el bosque hizo algo muy parecido a lo que me pasó cuando tenía sólo ocho años. Sentí que por un momento usted estaba describiéndome a mí. No entiendo muy bien las conexiones esotéricas, esas de las que tanto habla en cada libro. Hasta hace unos días alguien se atrevió a leerme las cartas, dizque para que entendiera un poco el rumbo que tenía que dar mi vida, y aun así sigo perdida en libros y letras. Creo que sigo siendo algo escéptica en cuanto a algunas cosas, pero debo admitir que mi conexión con sus libros va más allá de una librería.

Debe ser muy atrevido de mi parte decirle que en cada obra siento que cuenta algo de mí, como si me conociera. ¿Alguna vez vio la película Stranger than Fiction (Más extraño que la ficción)? Es curioso ver cómo creo que pasa eso con cada una de sus letras. Por favor, no me mate en alguno de sus libros, y de verdad espero algún día poder convertirme en alguien tan tranquilo y lleno de luz como Indiana, sin todo este peso y corre corre que nos trae el día a día.

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