Querida Laura Restrepo

Una carta a la escritora colombiana, en la que la autora confiesa su pasión por su obra, pero asegura que no leerá su último libro.

La escritora Laura Restrepo vive actualmente en Cataluña, España. / Cristian Garavito -El Espectador
La escritora Laura Restrepo vive actualmente en Cataluña, España. / Cristian Garavito -El Espectador

No soy más que su fan enamorada. Pero aun así, no pienso leer su último libro.

Verá, en su visita de este año a Bogotá le pedí una entrevista para un medio digital independiente. Usted dijo que sí. Por una semana no dormí bien. Me invadió un exceso de energía. Releí sus libros, sus reseñas, sus artículos, y me esforcé por dominar el saludo perfecto. ¿Sabe usted que tengo 27 formas de decir “hola”? En fin. El día en que lanzó Pecado hice una hora de fila para tener su firma, le dije lo mucho que la admiraba y le recordé la entrevista. Usted aceptó con aparente gusto y en la dedicatoria que hizo escribió: “Pendiente de un buen rato de conversación”.

A los dos días, su agente canceló nuestra cita y usted volvió a Barcelona. No pienso leer su libro porque allí está la promesa rota de una conversación. Están mis ganas insatisfechas de saber cuál es su palabra favorita y un “hola” marchito que me salía de maravilla.

Reconozco que me enamora su prosa fácil y desenfadada. Que desde que leí Delirio dejé de soñar con príncipes azules y comencé a soñar con Aguilares. Que calqué buena parte de mis ideas sobre paz y guerra de Historia de un entusiasmo. Que La novia oscura me hizo querer ser mística, inocente y puta como Sayonara. Que cuando leí La multitud errante, siendo todavía una niña, Siete por tres se convirtió en el nombre de todos mis juguetes.

Reconozco también que admiro la precisión de sus palabras y las “vocecitas” que con tanta destreza cuela entre sus textos. Esas que en una especie de coro griego cuentan la historia sin estar en ella. Esas que cuando nosotros, sus lectores, pensamos que ha caído en algún cliché, se burlan de lo escrito y nos devuelven la fe en su irreverencia.

Permítame usar un ejemplo para ser más clara. Su novela Hot Sur es un thriller. También es la historia de un desarraigo, la antesala a la caída de un imperio, un relato sensible de la fragilidad humana. Pero además es un thriller. Y uno muy malo cuando intenta resumirse. Sleepy Joe, un fanático religioso, comete doce asesinatos en serie con representaciones de los instrumentos de la Pasión de Cristo. Era inevitable que hasta el más devoto de sus lectores se sintiera en algún momento leyendo prosa barata. Me pasó terminando el libro, cuando se resolvía el misterio. Y fue justo ahí, de la forma más perfecta y en el renglón más oportuno, que apareció una de sus vocecitas diciendo: “hijo de puta Sleepy Joe, armas tus enigmas leyendo a Paulo Coelho y Dan Brown”.

Siempre me ha sorprendido su juventud trotskista, su voz revolucionaria en los barrios obreros de Madrid y su militancia socialista en tiempos de Videla. Su participación en la Comisión de Paz de Belisario Betancur y su exilio en México. Por mucho tiempo creí que cuando se juntaban la literatura y el activismo sólo quedaba un arte comprometido. Enardecido y estéril. El suyo es uno sereno y vivo. Usted resume las dos cosas sin comprometer ninguna. Las obliga a habitar el mismo espacio sin tocarse, a alimentarse una de la otra sin tragarse, a existir al mismo tiempo sin contaminarse.

Y es que hay cierto encanto en los tonos grises. Se necesita un talento de equilibrista para pararse en líneas tan frágiles y no caerse. Usted en eso parece ser experta. También lo hace con la literatura y el periodismo. Sus ficciones parten de realidades y sus realidades se cuentan como ficciones. Sin faltar nunca a la verdad, lo cierto, en sus palabras, se vuelve magia.

Le confieso que me intimida. Que las dos veces que le pedí firmar mis libros he estado a punto de vomitar con la idea de tener que hablarle. Que me despedí sintiéndome torpe y ridícula. Y créame, no soy para nada torpe. Lo que pasa es que usted me intimida como me intimidan todas las personas que admiro. La he vuelto un referente en mi oficio de periodista. He plagiado descaradamente su forma de contar en primera persona, de partir las historias en secciones y de usar varios narradores. También he adoptado algunos de sus hábitos. Encerrarme para escribir y hacerlo hasta bien tarde en las noches. Ser metódica y salir de los atascos abandonando mis textos para leer los de alguien más.

No exagero cuando digo que soy su fiel seguidora, pero tampoco miento cuando insisto en que no voy a leer su último libro. Acepto que vi de reojo la historia inspirada en Emma la descuartizadora, esa mujer que un buen día se cansó de las golpizas de su hombre, lo asesino y lo partió en pedazos con un martillo y cuchillos de cocina. Por cierto, desde que salió publicada en El País, esa crónica me ha sacado de varios atascos. El final es extraordinario. Es un empujón a lo obvio que tira de frente sin dar tiempo de poner las manos. Un corrientazo helado que se mete por los tobillos y se estalla en las orejas.

Puedo nombrar en orden alfabético los países en que ha vivido y los hombres de los que se ha enamorado. Ambas listas son largas. He leído sus libros varias veces y en todos tengo su firma en la primera hoja. Sé que le gusta caminar con sus perros. Que se llaman Oso y Alelí. Que prefiere salir sin gafas en las fotos. Querida Laura Restrepo, como puede ver, no soy más que su fan enamorada, pero aun así, no pienso leer su libro.

Y todo por una entrevista.