Querido Burgos Cantor

Reconozco que usted no podrá responderme y tampoco leerme.

Roberto Burgos Cantor en Cartagena, donde nació en 1948, y el escenario de la mayor parte de sus libros. Cortesía

Una lealtad conmigo mismo me lleva a escribirle sin saber a quién le escribo. A lo mejor a la imagen que he construido de Usted. De buena fe, sí:  leyendo y releyendo los papeles que usted ha escrito.  No son pocos. Tengo algunos en mi biblioteca y otros los he dejado en otras bibliotecas, y todavía me faltan dos de sus libros de cuentos y tres novelas por leer. Toda una vida dedicada a la literatura. Pensé hacer cuentas de cuántos años dedicó en la escritura, basado en la fecha de sus primeras publicaciones, pero quién sabe en realidad desde cuándo uno comienza a escribir, desde cuándo lo que escribió sustituyó lo que quería hablar con alguien que no está. Como en las cartas. O desde cuando en pequeñas hojas o diario, eran pensamientos los que escribía. Meditaciones sin destino. A veces conversaciones con el libro que leí. O con la vida que lo trajo aquí.

Para qué se escribe tanto. Aunque no ponga la pregunta en cursiva, esa pregunta es suya, repetida una y otra vez, desde El patio de los vientos perdidos hasta La ceiba de la memoria, la misma pregunta. En algunos momentos dice Usted que prefiere la voz, como en la carta que Thomas Bledsoe escribe a Pedro Claver, la misma que ahora yo parafraseo, no sé si como homenaje, o porque he pasado las últimas horas releyendo tanto sus letras que son sus palabras más que las mías las que van saliendo en este momento de mis dedos. En todo caso, dice que prefiere la voz, y de alguna manera eso tiene un profundo sentido con el interés más profundo que uno puede rescatar de su obra. Así como Benkós gritaba porque no podía hablar en su lengua, Usted escribía porque no podía hablar por todos: oigo en sus libros la voz de los que no la tuvieron, de los que no la tienen, de los que no han hablado en la historia, de los que gritan y el viento perdido en el patio de sus casas no sabe llevar sus lamentos, de los que se ahogan en ese silencio que recorre las calles de Cartagena, las olas del Caribe, o las paredes de Auschwitz; sean los golpes secos de un boxeador solitario o un cantante, Cantor, que la único que quiere es cantar, sea una prostituta llena de recuerdos dolorosos, un médico de siglos pasados que busca en el cuerpo los secretos de la vida, o una esclava ciega que no vino aquí, que la trajeron; sean niños construyendo jaulas que no enjaulaban, o un niño que reconstruye sus recuerdos para entenderse y entender por qué viste como mujer. La voz. Una por una. Las voces. Y la voz se pierde en el tiempo y aquí en el mar. Y la conciencia de que ella se pierde no le frustra su empresa, pero la seguridad de la imposibilidad llena de una melancolía todas sus letras. Sus personajes están atrapados por sus destinos, porque los personajes que Usted decidió recrear quedaron perdidos en ellos. Preguntas sin responder, vidas aprendidas a vivir desde algún vacío, la aceptación de las imposibilidades sin aspavientos, casi sin remordimientos, pero, continuamente, todavía con las fuerzas de seguir buscando un paraíso perdido.

De entre todas, intento, por vicio, escuchar también su voz, y creo escuchar en Usted la voz de aquel personaje sin nombre que en La ceiba de la memoria visita Auschwitz con su hijo y al tiempo que constata que la crueldad se extiende desde las negrerías de Cartagena hasta Auschwitz y que ante el horror solo hay silencio, se pregunta “si la poesía (…) te preservará de este sin-sentido, de esta nada, de este silencio que pesa”.  Pero quizás es presunción, no sé qué tanto pueda yo encontrarlo en sus letras, no sé qué tanto en su calma para hablar y moverse había un reflejo de esa imposibilidad de apurar la vida, de aceptación de la misma, no sé qué tanto la mirada serena que tenía la única vez que le conocí era también una mirada serena hacia la vida, hacia la esperanza y no hacia el vacío. No sé si después de los años y los siglos y la vida uno pueda rescatar un conocimiento y saber de alguien. ¿Quién es usted? ¿Quién fue Usted? Yo no sé si lo sé. Y ya ni importa, Roberto.

Yo, su corresponsal sin destinatario, llegué a Usted por casualidad. Por lista, creo, me tocó leer un libro suyo en una clase de literatura colombiana. Usted me reconcilió con la literatura colombiana, de la cual en ese momento había dejado en un largo suspenso y no conocía nada de lo escrito desde Mejía Vallejo. No solo me abrió la puerta al vasto universo en el que confluyen sus libros, sino a otras voces locales en las que he seguido encontrando raíces de lo que somos y de lo que no hemos sido.

Usted, Roberto, ha justificado un pedazo de mi vida (…) y me ha mostrado el valor inmenso de lo inútil, la inutilidad de la búsqueda de lo que ya se sabe viciado, que el valor no está en si sirve, si no en que nos hace movernos. Para mí es suficiente.

A mí me queda el consuelo de haber conocido a alguien sin ningún interés, por un impulso de justicia literaria o por curiosidad.

Nos encontraremos en los libros suyos que me quedan por leer, porque allí siempre estará Usted, en los que habitamos y habitaremos sus letras, porque como puso Usted en voz de uno de los personajes más fuertes e intensos de la literatura colombiana, Analía Tu-Bari, La muerte avanza. No importa. Nunca voy a morir. Viviré en cuanto he habitado.

 

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