Ya está en las salas de cine del país

¿Quién es el animal?

La más reciente película de Víctor Gaviria, “La mujer del animal”, se desarrolla entre 1975 y 1980, en un barrio popular de Medellín que se transformó en asentamientos de desplazados por la violencia.

La mujer del animal no se parece a las otras tres películas de Víctor Gaviria, a saber: Rodrigo D. No futuro (1991), La vendedora de rosas (1998) y Sumas y restas (2005). Esta cuarta, de no ser la representación de una historia de la vida real, sería una película completamente inverosímil, o bien podría ponerse en duda la autenticidad en la secuencia de los hechos, sobre todo por el consentimiento femenino a los mismos. He aquí varios asuntos a contemplar.

Gaviria, doce años atrás, cedió ante la historia que una mujer, Margarita Gómez (hoy con 60 años), le confió como real. El espectador asiste a un testimonio ilustrado que reivindica, ante el desconcierto, el adagio popular: “la realidad supera la ficción”. Es una obra incómoda, completamente incómoda, que sale a destiempo, cuando ya hemos tenido diálogos afines como sociedad, aunque a lo mejor no con lo descarnado de la sustantividad. No por esto, sin embargo, deja de ser una película necesaria. Ahora, ¿qué es lo que propone? ¿Por qué en apariencia inoportuna e ineludible a la vez?

La cinta ocurre entre 1975 y 1980, en un barrio popular de Medellín que, como muchos en aquella época, se formó como asentamiento periurbano de gente desplazada del campo. En las altas pendientes, entre bosque primario, socavaron de manera artesanal, convivieron sin servicios públicos e higiénicos, alzaron casas con tablas, latas y plásticos, con cercas de barro notorias entre el pastizal, y con una distancia inmediata, mínima, entre unos y otros. Todavía es un poco así la cosa en este sector nororiental de Medellín, sin ignorar cambios bastante notorios e intervenciones estatales evidentes, las de asfalto, por ejemplo.

Por lo demás, no es preciso advertir una violencia con sobrenombre que le sea propia a esa instauración habitacional, pues, en principio, basta que esté manifiesto un nivel de descomposición social por las condiciones marginales y la anarquía que le compite en fidelidad a la religión. El escenario, no obstante, no sitúa a esta película, como se dijo, en una pieza del cine que Gaviria acostumbraba hacer: obras que contagiaron la belleza que él advirtió en lo sórdido, solícitas de compasión ante la desgracia ajena, vitrinas de humanidad endeble en jóvenes agitados por la droga y el conflicto y que, de manera misteriosa, nos convirtieron en cómplices, aun cuando lejos estábamos de acercarnos a esa naturaleza de manera corpórea.

Hace dos años me acerqué al cineasta con una honda emoción fijada en descubrir en su expresión creativa esa dosis poética que lo antecede. Desde entonces, y mucho antes, nos había prometido un trabajo que ensombrecería de manera visceral el demonio que muchos hombres llevan dentro cuando se miran en los ojos de una mujer. Sabíamos que con este representaría vilmente a alguien en una condición de masculinidad propuesta (aquí tirano, violento, tórrido y sanguinario). Que era real, además, porque existió y arremetió de tal manera contra Margarita durante siete años y que, como Margarita, cuenta Víctor, lo padecieron varias mujeres junto con el salvajismo doméstico y comunal.

¿Siete años? ¿Cómo puede ser que exista una violencia consentida durante siete años en un espacio habitado en su mayoría por mujeres? Acontecen algunos fenómenos como el que señalo, que no describo con el ánimo de una apreciación cinematográfica, sino como una espectadora irritada. La mujer del animal, ahora en mis manos, no es un retrato febril o agitado que acecha y juzga a un animal carnívoro y hambriento, con ganas de engullirse y todo, corazón entre dos piernas, vientre y vísceras; es, muy a mi pesar, una exhibición de los monstruos que alimentamos y que, como mujeres —mujer madre, mujer hermana, mujer amiga, mujer centinela y mujer bruja—, concedemos e inmunizamos. La desintegración del tejido femíneo.

Ahora, ante la risa que oía en principio estridente de quienes compartían sala, la risotada no ante el cuadro crudo sino ante el aspaviento popular paisa, ese gesto que lo produce el estímulo de aquello que nos suplanta y escenifica, lo sentí, por demás, como el acto del reconocimiento de esa sociedad condescendiente. La risa como distensión. Y esa risa, como antídoto ante la tragedia, es un aperitivo no muy bueno al banquete final: los espectadores quedan satisfechos, al término, con el destino final del bestial hombre. ¿Ojo por ojo?

Para Víctor, sin embargo, esta película significó una de las pruebas más grandes. Sí, tiene las cuotas épicas que le son propias: un carnicero con una mirada granítica, bellos y simples planos al vuelo del pajarillo, la mixtura entre luces y sombras (muy bien logrado siempre, aun sin técnica años atrás), su composición, traer una época: los 70 en el siglo XXI.

Igualmente, la persistencia de su vocación, no escapar ante la fábula ostensible de lo que somos. Tal vez el cineasta fue obstinado y por fortuna para nosotros. Con cuanto inconveniente tuvo y a pesar del rechazo al guion esencial de esta película, no dejó pasar la oportunidad de llevar a la gran pantalla esa violencia pintoresca que lo persigue y que recibe como arcilla y dejarnos el hecho frágil como cerámica.

La incomodidad que produce nadie podría explicarla sino de manera anímica. Supone un antagonismo del sujeto consigo mismo, un embeleso que confunde, que golpea y que escudriña las entrañas, que eleva y que trasciende la carne, que se evapora. Como mujer sentí traición. Me pregunté quién era el animal.