A quien le interese (Puro cuento)

Por eso me voy. No competiré con fantasmas de tu fallida relación. Pero volverán las golondrinas negras en tu balcón sus nidos a colgar, como profetizó Bécquer, pero aquellas que aprendieron nuestros nombres, cariño, esas no volverán.

Habitación en Nueva York. Edward Hopper. Detalle. 1932. Cortesía

Nueva York, 23 de septiembre de 1932.

Amado mío:

Te escribo porque mi orgullo no me deja despedirme personalmente. Tú más que nadie sabes cuán humillante es para mí llorar delante de alguien. Sé que si intento encararte no saldrán las palabras correctas y correría directo a tus brazos. Esta vez quiero correr, pero en dirección opuesta. Tengo que irme, debo irme, necesito irme.

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Imagino la cara que tienes al leer cada palabra, ambos sabíamos que esto pasaría, pero sinceramente nunca pensé que fuese yo quien la escribiera y hoy se marchara. Y es que ahora, mientras tú te encuentras sumido en tus pensamientos –sabrá Dios qué pasa por tu mente– y dejas a un lado el periódico sólo para volver a llenar tu taza de café, yo decidí dejar de tocar el piano y concentrarme en encontrar las palabras precisas para mi adiós.

Todo comenzó cuando caminábamos por la plaza y nos detuvimos en ese pequeño restaurante, te pedí que me esperaras mientras yo compraba unos brownies –que, como bien sabes, son mis favoritos-.  No demoré mucho, pero cuando salí a buscarte tú estabas allí, pero a la vez no.

No comprendí qué sucedía hasta que observé a mi alrededor y fue allí cuando la vi.  Iba por la iglesia, no había cambiado en nada desde la última vez.  Traté de ignorar ese momento y corrí a tus brazos. ¡Qué mala idea!, no sentí tu calor, la seguridad que siempre me dabas, fue un momento helado, o así lo sintió mi piel. Pero para mí desgracia eso solo fue solo el comienzo.

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Tiempo después comenzaste a faltar a nuestras citas –decías que por reuniones de trabajo–, pero yo sabía que no acababan tan tarde, llegabas solo a dormir y al día siguiente solo decías lo necesario en el desayuno. Fue cuando decidí averiguarlo y mis dudas terminaron siendo ciertas –vaya suerte la mía–: seguías amándola y verla te afectó tanto que pasabas tus noches en esos bares de mala muerte mientras yo te esperaba en casa, donde mi única compañía era ese viejo piano.

Una gota cayó en el piano, falló mi melodía, no era Fa, era Sol. Pero ¿ya que importaba? Si tú y yo ya no rimábamos.

Sé que ella siguió su vida, que ahora tiene una familia, tú intentaste continuar, pero al final tu amor por ella nunca se apagó y verla te hizo volver al pasado.

Por eso me voy. No competiré con fantasmas de tu fallida relación. Pero volverán las golondrinas negras en tu balcón sus nidos a colgar, como profetizó Bécquer, pero aquellas que aprendieron nuestros nombres, cariño, esas no volverán.

Ojalá salgas de esa burbuja que yo no pude hacer explotar y espero que cuando decidas reaccionar no sea yo quien pase de la mano con alguien más, aunque de todas las manos –tal y como decía Benedetti– la tuya es la única capaz de transmitirme vida.

Para despedirme cito a Neruda, porque este es el último dolor que tú me causas y estos son los últimos versos que yo te escribo.

Ana Laura.

 

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Estefanía Pardo Donado

Cultura

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