¿Quién quiere ser victimario?

Sobre representaciones de la memoria en Colombia

Toma del Palacio de Justicia, el 6 de noviembre de 1985 por un comando del M-19. / Archivo

“Yo quería posesionarme de mi papel, como una artista, testigo de la historia...El arte dice cosas que los historiadores no pueden decir”. Beatriz González.

A propósito del Informe de la Comisión histórica del Conflicto y sus víctimas (febrero de 2015), surgen múltiples dudas y preguntas sobre la recepción y la prolongación de las discusiones que despierta el tema de la memoria histórica, tan sensible para todos.

Uno de los temas principales tiene que ver con los espacios en donde se planteará el debate sobre la memoria, entendida esta no como una tesis de punto final (el mismo Informe no llega a un consenso), sino como un campo de disensos permanentes. El punto de llegada de la memoria histórica (¿o de partida?) no debería ser solo hablar de víctimas y victimarios, en buena medida porque nunca nos pondríamos de acuerdo sobre quién es más víctima, o más victimario.

Por otro lado, hay que comprender por qué poco a poco se va percibiendo que una parte considerable de la sociedad se autocalifica como “víctima”, pero nunca como “victimario”. Surgen varias preguntas: ¿Qué tipo de responsabilidades compartidas e individuales se van a asumir a la hora de hacer balances de verdad y memoria histórica (en un plano no penal)? ¿Qué hacer, pues, con las memorias, vividas de manera tan distinta por todos nosotros? Si hay memorias en plural, la dicotomía víctima/victimario supone muchos problemas. Es algo que se ha discutido en diversos escenarios desde la Segunda Guerra Mundial, la bibliografía al respecto es extensa y allí los remito (desde Hanna Arendt hasta los casos más recientes del cono sur, pasando por Sudáfrica y la ex Yugoslavia, entre otros).

No es suficiente trazar una línea entre víctimas y victimarios, porque no habrá nunca en un conflicto un consenso completamente “objetivo” sobre unos y otros. En cierto sentido, todos tenemos algo de víctimas y..., aunque esto es más oscuro y complejo... también tenemos algo de victimarios. Lo esencial aquí es enfrentar el debate teniendo en cuenta grados, matices de responsabilidad, sin caer en la tentación de absolutizar figuras del “mal” total que nublarían nuestra mirada. Víctima y victimario son categorías que responden a construcciones conceptuales, en constante debate.

De acuerdo con un contexto (político, académico, etc.) a alguien se le puede negar o validar su estatus de víctima o victimario y esto puede variar en el tiempo, de acuerdo con circunstancias cambiantes. Pensemos por ejemplo en el caso emblemático del Palacio de Justicia (foto), donde aún hoy estamos lejos de llegar a un “punto final”, por las responsabilidades múltiples y el grado variable de las condiciones de las víctimas.

Es claro, sin lugar a dudas, que hay unas víctimas precisas (más o menos identificables, pues algunos cuerpos no se encuentran todavía y otros no son reconocidos como tal), pero la percepción de la sociedad es distinta, si se trata de los magistrados, de los guerrilleros o de los desaparecidos de la cafetería. De la misma manera, en el caso de los victimarios, es claro que hay dos partes involucradas, quienes tomaron el palacio (el M-19) y quienes lo retomaron (el Ejército y la Policía), pero también es difícil establecer el grado de responsabilidad de unos y otros. Es algo que varía justamente con respecto a cada víctima, a cada proceso en particular, si bien hay un acontecimiento que los reúne a todos.

Para terminar esta breve reflexión, quisiera insistir en la necesaria interrogación que debe suscitarnos nuestro propio lugar en la historia de Colombia (familiar, regional, afectivo, ideológico, etc.), antes de señalar con un dedo los chivos expiatorios o auto-denominarnos víctimas sin medir la dimensión colectiva a la que todos pertenecemos, pero en grados muy distintos de responsabilidad individual. Antes de chivos, busquemos archivos, si es de nosotros mismos, tanto mejor.

 

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