Quién va a escribir tu historia II (A modo de respuesta) *

Recibí tu carta. La leí, la releí, saboreé cada palabra y escupí algunas. Después de años de silencio decido responderte, disculpa la demora, pero uno se toma años en digerir algo así. Ya sé que también me vas a mirar con ojos de sorpresa y con gesto de incredulidad, pero, al final de mi carta, trastocaré tu mundo. Ten cuidado conmigo.

Cortesía

Recibí tu carta. La leí, la releí, saboreé cada palabra y escupí algunas. Después de años de silencio decido responderte, disculpa la demora, pero uno se toma años en digerir algo así. Ya sé que también me vas a mirar con ojos de sorpresa y con gesto de incredulidad, pero, al final de mi carta, trastocaré tu mundo. Ten cuidado conmigo.

Si está interesado en leer la carta que le dio origen a este texto, ingrese acá: Quién va a escribir tu historia (I)

Me sugeriste escribir porque sólo así entendería mi angustia y estos miedos que me carcomen como una mala hierba. Me pediste escribir porque sólo así podría pensar, repensar, repasar, analizar, desgarrarme, odiar, amar. Pensar de nuevo, repensar una vez más. “Pienso, luego existo”, diría, pero esto no es cierto. Más que seres pensantes, somos seres viscerales. Nacemos, crecemos, nos aman, reaccionamos, nos agravian, reaccionamos, perdemos, reaccionamos. No somos más que hombres de tiza blanca que buscamos el color de nuestra vida en los demás. Así que no escribo para entenderme, pues tratar de hacerlo sería soberbia. Escribo para entenderte. Escribo para desnudarte quieras o no quieras. Escribo para organizar las palabras que se me enredan en la carne, la ensalada y el arroz que no como mientras te escucho y no hablo; mientras te sigo escuchando y mi boca no responde. Ten cuidado conmigo, que te deconstruyo y te vuelvo a construir a mi antojo.

Y que los iluminados que se adueñan de la literatura me lean y me insulten. Que me insulten tan fuerte que me acribillen el alma, que sepa lo que es ser de piedra, que mis lágrimas ardan. Qué más da si me leen, luego existo. No escribo para pensar, repensar, analizar, desgarrarme, odiar o amar. Escribo para no ser de tiza, para convencerme de mi propia existencia. Que me insulten, que me insulten tan fuerte que las palabras que se me atragantan encuentren su reconocimiento entre las páginas escritas. Que aquellos iluminados también tengan cuidado, no vaya a ser que los reinvente entre mis líneas.

“Me leen, luego existo”, esto es mucho más exacto; por tanto, que compren mis libros. Si tartamudeo al hablar, si tu almuerzo se enfría mientras hablas y hablas y mis palabras me ahorcan y me ahorcan, si solo puedo acercarme a ti si te defino bajo la pluma, que compren mis libros. Y ten cuidado conmigo, mucho cuidado. Ten cuidado porque solo soy capaz de entenderme si me veo reflejada en ti. Si me hundo en el silencio mientras me hablas, ten cuidado. Te veo, te escudriño, te analizo, te pienso, te repienso, te recreo, te desgarro, te odio, te amo. Te desnudo y quedas en tan solo deseos reprimidos, en fobias escondidas y en humanidad animal. Trastoco tu mundo con cada pincelada, te destruyo tomando el lápiz como arma, vuelves a nacer gracias a los adjetivos con los que ahora te defino. Ven, cariño, que el tiempo se nos agota. Terminemos con el final de tu mundo. Terminemos con el final de mi mundo. Pensémonos, repensémonos, recreémonos, odiémonos, amémonos. Quién va a escribir tu historia sino yo.

* Este texto surge como respuesta a Quién va a escribir tu historia, publicado originalmente en julio de 2015.

 

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