'Quizá no murió de cáncer'

Guillermo Repetto es uno de los médicos encargados de investigar las causas de muerte del poeta chileno.

Pablo Neruda falleció en 1973, poco después del golpe de Estado contra Salvador Allende. / Archivo
Pablo Neruda falleció en 1973, poco después del golpe de Estado contra Salvador Allende. / Archivo

¿Pueden unos huesos guardar por 40 años la prueba de un crimen que, si ocurrió, se ideó para que fuera perfecto? Esa es la tarea a la que está entregado el equipo de científicos que intenta averiguar la causa de la muerte de Pablo Neruda. El médico Guillermo Repetto (Sevilla, 1961), profesor de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) de Sevilla, es uno de ellos. Curtido en estudios periciales, admite que el análisis de los restos del poeta es uno de esos retos irrenunciables para un toxicólogo. “No hay sangre, ni orina, ni vísceras, ni órganos. Sólo huesos. Los huesos hablan, pueden dar mucha información, pero no toda”, apunta.

Sus palabras casi se pierden entre el estruendo de estudiantes que llenan al mediodía la terraza de la cafetería de la universidad sevillana. La voz queda es mitad timidez y mitad prudencia: el equipo de expertos designados por el juez chileno Mario Carroza ha firmado un compromiso de confidencialidad y el toxicólogo gana tiempo bebiendo de un refresco de naranja para pensar lo que puede y lo que no puede contar.

Por ahora sólo se conocen los primeros informes, hechos públicos la semana pasada y que confirman que Neruda padecía un cáncer muy avanzado. Se supone que de próstata, pero la historia clínica es tan incompleta que ni eso está claro. “Lo que hemos confirmado es que padecía un cáncer en estado terminal, con metástasis en numerosos huesos”, apunta Repetto. ¿El cáncer le causó la muerte? Esa es la pregunta que los científicos esperan responder. “Estaba muy enfermo y ese cáncer era mortal. Pero no es seguro que muriera de cáncer”, advierte.

El juez les ha pedido que averigüen si al poeta pudieron administrarle alguna sustancia tóxica o un medicamento que no cuadre clínicamente. “Lo ideal sería encontrar una sustancia que no fuera habitual para tratar su enfermedad y que precipitara la muerte”, explica Repetto, que admite que hasta que lo llamaron para participar en este proyecto desconocía los misterios sobre la muerte de Neruda, de cuya obra había leído “algo”, pero tampoco era un gran conocedor.

Repetto había trabajado en la formación de toxicólogos chilenos y por eso acudieron a él para esta investigación. El mes pasado viajó para asistir a la exhumación de los restos del poeta en el balneario de Isla Negra. “Fue un momento emocionante”, recuerda. Lo vivió al lado de un sobrino de Neruda que, mientras sacaban el féretro, le contó que la familia había introducido en el ataúd de su tío una chaqueta y un cinturón. “Me dijo que él había insistido en que se volvieran a meter cuando los restos fueron movidos años después. Y efectivamente, cuando abrimos el féretro, ahí estaban”, cuenta.

Aunque los 40 años que han pasado desde el fallecimiento de Neruda lo convierten en un caso único, no es el primero de resonancia mediática que aborda este toxicólogo. Un análisis de Repetto detectó la presencia de algas microscópicas en la médula ósea de la niña Mari Luz Cortés, asesinada en Huelva en marzo de 2008. Esta revelación sirvió para desmontar la versión que había dado el asesino, Santiago del Valle, quien aseguró que la pequeña murió de forma accidental en su presencia y, después, se había desecho del cuerpo. “El estudio demostró que la niña estaba viva cuando fue arrojada al agua e incluso precisamos en qué zona del río de Huelva había ocurrido”. Justo allí había sido visto el asesino el día que desapareció Mari Luz.

Temas relacionados