Radiografía de la moda colombiana

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Una mujer envuelta en un ensamble fluido y dramático. Pincelado por boleros o voluminosos volantes. Mangas circulares y flotantes. Las gamas cromáticas del trópico y sus tibiezas doradas.

El estallido romántico de los lunares, la alegría botánica o floral. Una mujer con el gesto centelleante de saberse deliciosamente ataviada. El textil supremo. La silueta contemporánea. Los materiales destilando proporciones bondadosas y exquisitas al derramarse sobre el cuerpo. Esa es la imagen que en los últimos años se ha afianzado de la moda colombiana en los imaginarios globales.

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Una imagen que ha entrado a las tiendas de departamento de Manhattan. A las plataformas en línea para norteamericanas y europeas que aún siguen calendarios sociales. A las revistas más míticas y encumbradas. A espacios que hace unas décadas eran impensables. En la historia de las mujeres, la vestimenta fabulosa se ha comportado como un portal hacia la fantasía y la ensoñación. Esa fantasía cambia de formas, pero conserva un fondo en el que muchas mujeres, alguna vez, al ver una imagen en movimiento o en una página, han sentido la pulsión de la transportación, de imaginarse envueltas en telas fantásticas, llevando el espíritu de la gracia que las vuelve intérpretes de belleza y esplendor. La fantasía de la moda tiene muchas versiones y fábulas. La colombiana implica indulgencia caribe, feminidad cultivada, vivacidad visual y vestimenta ornamental. 

Ese imaginario está ligado a varios códigos de la época. Por un lado, habla de un proceso amplio en el que un país ha insistido en reinventarse, en reformular sus imaginarios colectivos, en deslavar asociaciones únicas e inmediatas con terrorismo, violencia y narcotráfico. Habla sobre cómo ha usado fuerzas culturales como la estética y la moda para lograrlo. Benedict Anderson consideraba que las naciones forjan sus identidades como comunidades también a través de una suma de imágenes. En Colombia la moda ha funcionado para trazar imaginaciones drásticamente distintas a cómo, en plena década del noventa por ejemplo, podíamos imaginarnos.

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Por otro lado, habla de una era donde las ropas existen también para ser “instagrammeables”, hechas para retener así sea por un breve instante la atención de una mirada digital regida por un espabilar incesante, donde una imagen se reemplaza por otra de manera vertiginosa sobre pantallas bidimensionales. Está conectada con los ciclos estructurales de un sistema que actúa como una máquina insaciable, siempre presta a crear la ilusión de novedad, siempre apetitosa de algo que parezca refrescante. Refleja cómo ese sistema ha puesto la mirada también y desde hace unos años en lo latinoamericano.

Y ese imaginario de la moda colombiana también está ligado al hechizo que ejerce Cartagena de Indias sobre los colombianos y sobre los visitantes foráneos que arriban a ella cada vez más. Pero Cartagena es un patio trasero, el terruño de lujurias y saqueos, el punto hirviente del desfogue de las élites. Un prostíbulo, realmente. Su franja hechizante, - contenida por murallas que guardan la herida de la sangre africana, con sus fachadas pastel y sus terrazas colmadas de hojas de plátano y veraneras- , es ínfima al lado de las realidades de una ciudad carcomida por las carencias materiales, el clasismo y el racismo más impensables. Los individuos que allí pasan sus temporadas, entregados a la indulgencia del festín y el bronceado, son parte de ese imaginario donde la feminidad se viste de esa espléndida estética tropicalista, la misma que asiste a bodas tropicales en otros lugares, la misma que procura las convenciones sociales que entraña la experiencia de determinada clase social.

No es una vestimenta que contempla la urbanidad. Los trajines de la funcionalidad. La cotidianidad de incontables mujeres que, al mostrarse en el espacio público, prefieren muchas veces velarse a hacerse notar. Es un vestir ocasionalista, veraniego y fantasioso, que ha sabido compilar códigos de la salsa y el bolero, que ha sabido cómo transfigurar los performances de nuestras gloriosas abuelas y antecesoras con ese linaje de feminidad que nos viene de Divina Arriaga, la elegancia de un caribe sincrético y mulato, oceánico, donde se cruza el flamenco con el tambor africano y unas enseñanzas puntuales alrededor de ser mujer y representarlo. Con eso, ha sido fuente de orgullo inédito también.

Pero la moda, ¿debe articular las necesidades masivas o debe guardar la ensoñación de lo inalcanzable? Nunca es simple con este fenómeno que tanto puede revelar de la condición humana. Durante siglos, la moda fue, ante nada, privilegio de los encumbrados y un índice de poder adquisitivo y posición social. En Colombia, la moda es una laboratorio, un escenario donde brotan las dinámicas de la clase social. Nos urge examinarnos más a través de esa intersección que aquí tiene connotaciones muy particulares.

Con la “democratización” de la moda, es decir, con la posibilidad sobre todo de verla, en pantallas, en cualquier momento, sin restricción, sucedieron varias cosas. Por un lado, empezaron a multiplicarse los significados de la palabra. Los lugares de donde venía. Las personas que la representaban. Y se instaló una ambivalencia, interesante, que todavía nos acompaña: la noción de que al poder opinar sobre ella, por experimentarla de manera bidimensional, ascendiera la ilusión de que se la conocía. En Colombia también sucedió. Y trajo un estallido de opinadores y de entusiastas que, de buena manera también, robustecieron el tema y el interés. Al mismo tiempo, esa ubicuidad del fenómeno venía creando otra realidad mundial: el estudio de la moda desde las academias y la actividad intelectual. Al hacerse omnipresente, empezó a volverse insostenible el argumento de que era algo poco importante y frívolo. 

Eso ha traído algo más. Que la moda ya no escape las preguntas incómodas alrededor de la ética. Ninguna época la había cuestionado de esta manera. Eso ha implicado que muchas personas se inquieten ante el prospecto de quién hizo sus ropas y en qué condiciones, por ejemplo, o qué impacto puede tener su consumo en el esquema ambiental. Que haya inquietud en torno a los imaginarios de belleza, feminidad y género que promueve el sistema. Que muchas personas jóvenes, expuestas como nunca antes a informaciones antes vedadas, asuman posturas de consumo consciente. Que busquen en la moda también un modo de pensarse políticamente. 

El año pasado, en el escarpado escenario electoral, la moda colombiana empezó a recibir interrogaciones políticas, inéditas e interesantes. Se cuestionaron las decisiones electorales que anunciaron diseñadoras renombradas. Se tejió toda una bancada que se adjudicó posturas de izquierda – pese a sus significativos despliegues de arribismo en redes sociales y pese a la adherencia a un sistema que se ha caracterizado por ser capitalista y neoliberal. Ser partícipe de la moda no significa que no se puedan asumir determinadas posturas ideológicas, pero hay que cuidar que las consignas altivas que se icen no resulten en un modelo de incongruencia notable. Es decir, hay que tener en cuenta las contradicciones de la moda misma antes de anclarse en una postura radicalizada y falaz. No vaya a ser que, en aras de adscribirse mensajes rimbombantes, se termine por exhibir un notorio “rabo de paja”. 

Asumir posturas de consciencia política hacia la moda es legítimo y muchas veces necesario. Y habla sobre cómo el tema, al asumir tanta importancia en Colombia, muestra necesidad de ser estudiado más a profundidad. Que, por ejemplo, nos miremos como país observando cómo las definiciones de moda conectan con la espinosa vivencia de clase social. Son preguntas necesarias y válidas. Pero que requieren de elementos analíticos y discursivos que rebasen esa necesidad que incentivan las redes de lanzarse envalentonado e incendiario sin un discurso informado sobre el objeto que se pretende comunicar.

Se ha confundido la opinión irreflexiva, visceral, desinformada, superficial, bulliciosa, oportunista y coyuntural, con el debate sustancioso que requieren preguntas de este tipo. En ese panorama se colapsan elementos que tendrían que medirse con más cuidado. Se deshumaniza al otro por una decisión electoral. Se fabrica una ilusión de corrección política, mediada por la subjetividad y robustecida por las dinámicas grupales. Se fortalecen binarios insoslayables que generan deshumanización y que confunden postura crítica con mera agresividad. 

También, la moda, que puede ser un conducto de estimulantes significados, un terreno de honduras reveladoras, puede ser al tiempo una hoguera de inseguridades, de egos, de vanidades, de despliegues superficiales. En su contrariedad está también su encanto. Y en un país donde todavía se percibe la moda más como entretenimiento que como cultura, donde se insiste en venderla sin pensarla, donde no existen todavía formaciones más sólidas para materializar un análisis, es comprensible que se generen ciertas realidades. Sin embargo, es urgente señalar que la descalificación personal no es sinónimo de debate. Y que eso aplica, por ejemplo, para la forma en que se tejieron ciertas discusiones cuando, durante las elecciones, un país lanzado a dos bandos violentamente contrarios, ciertas figuras de la moda anunciaron sus decisiones políticas de manera pública. Qué distinto sería, en un país que manosea el término paz, convocar al debate, en vez de camuflar mera violencia con lo que se cree es postura crítica.

La falacia de esos discursos se traza nítida cuando quienes incurrieron en “críticas” personalizadas por decisiones políticas, aparecen campantes en los desfiles de quienes fueron el objeto de su desaprobación personal. Pero eso también habla sobre las condiciones de un medio como la moda en general, donde conservar una postura independiente y pensativa, cierta distancia, requiere no estar inmerso en una dinámica de pertenencia o de discurso promocional. 

En Colombia, el significado de la palabra moda no es homogénea. Los hábitos del vestir que suceden, por ejemplo, entre modistas y clientas femeninas, en una ciudad como Montería o en los barrios de Cartagena, difiere de ese imaginario que la esfera global, esplendorosa, de las élites, ha absorto como moda colombiana. Por eso, la moda es un terreno que nos llama a usarlo para explorar nuestra identidad. Una fuerza cultural que nos puede servir como espejo para dimensionar todas nuestras aristas y problemáticas, que nos invita a debatirla, a estudiarla, y a permitir un debate sólido, lleno de preguntas, y menos de juicios morales. 

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