Raíz de pueblos

Manuel Quintín Lame (1880-1967) fue el primer indígena en llamar al levantamiento para exigir territorios propios y autonomía de gobierno. Estuvo 108 veces preso pero murió de viejo. Su historia fue contada por Pablo Tatay en un documental.

Pedro Pablo Tatay, director del documental “Quintín Lame, raíz de pueblos”, que recoge los testimonios de quienes lo conocieron y las enseñanzas escritas por el gran jefe indígena. /Gustavo Torrijos

Manuel Quintín Lame fue el primer pacifista de América, el primer luchador por los derechos de los pueblos indígenas en Colombia, y en ese camino actuó desde el derecho, pero también desde las armas. Manuel Quintín Lame nació en El Borbollón (Cauca), el 26 de octubre de 1880 y peleó en la Guerra de los Mil Días (1899-1902) a favor del Ejército de la Regeneración. Estuvo preso 108 veces y nunca necesitó un abogado para que lo sacara de prisión. Manuel Quintín Lame fue el primero en llamar al levantamiento indígena para pedir tierras y gobierno propio. Construyó las dos primeras escuelas para indios y de los indios, y a punta de memoriales dirigidos a los tribunales y al Congreso consiguió un resguardo legal y murió de viejo en la tierra por la que luchó.

Por los caminos de la selva, desde el Cauca hasta el Tolima, dejó sembradas sus enseñanzas. Enseñanzas que inspiraron una guerrilla en la década del 80 y la identidad del movimiento indígena de hoy. Los jóvenes que lo vieron luchar han difundido sus historias, rescatado sus escritos, materializado sus sueños. Muestra de ello es un grupo de muchachos que a través de un documental recogieron su vida. Quintín Lame, raíz de pueblos entrelaza la memoria oral de quienes lo conocieron en vida y lo acompañaron hasta el día de su muerte y animaciones que narran su transcurrir histórico y sus escritos. Lo dirigió Pedro Pablo Tatay, hijo de Pablo Tatay, uno de los comandantes del Quintín Lame, la guerrilla indígena que firmó la paz con la Constitución de 1991, pero lo hicieron los pueblos indígenas del Cauca y Tolima.

Manuel Quintín Lame era un indígena paez. Sus padres vivían de la servidumbre rural en una de las tantas hacienda ganaderas del Cauca, pagaban su tierra trabajando el terraje. “Cuando yo le pedí a mi señor Mariano Lame me mandara a la escuela, me preguntó dos veces: Quiere escuela?, quiere escuela? Yo le contesté: Sí, señor. Entonces me entregó un machete, un hacha, una hoz, una pala, un ginche y una barra, diciéndome: Esta es la verdadera escuela del indio y se va con sus hermanos a cortar trigo y a derribar montaña Por un momento se penetró mi corazón de tristeza; pero llegó la alegría unida con el pensamiento de que debía luchar contra la orden de mi padre”, escribió.

Manuel Yaima, mayor y médico tradicional pijao, conoció a Manuel Quintín Lame y estuvo con él el 7 de octubre de 1867, cuando murió, en Ortega (Tolima). Ante un auditorio en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá, Yaima se para en la tarima. Tiene unas hierbas y una maraca de semillas en una mano, y en la otra un bastón y una botella con un líquido. Con un tabaco en la boca camina en círculos conjurando la palabra, se arrodilla y da tres golpes con el bastón en el piso. Toma de la botella y sopla el líquido de su boca. De su mochila saca un perfume y lo dispersa en el aire, y cierra el ritual agradeciendo a los espíritus.

Con la violación de su hermana Yesenia, quien era muda, Manuel Quintín conoció la violencia. En 1901, en plena Guerra de los Mil Días, fue cogido en una batida del ejército conservador y llevado a Panamá. Allí se enteró de que su hermano Feliciano había sido torturado y asesinado por los ejércitos liberales. Estuvo tres años en el ejército, tiempo que dedicó a aprender a leer y escribir, a defenderse y a pelear.

Al volver a su tierra soñó con la libertad, con la educación, con la unidad de los pueblos indígenas y con la defensa de la tierra y sus costumbres. Compró el Código Civil y El abogado en casa y empezó a estudiarlos. Encontró la Ley 89 de 1890, que versa sobre “la manera como deben ser gobernados los salvajes que vayan reduciéndose a la vida civilizada”. Su primera batalla legal fue por conseguir la legalización de los resguardos de Tierradentro y Silvia, en el norte del Cauca.

Entre 1910 y 1917 el levantamiento fue adquiriendo forma. La consigna era “No al terraje”. Pronto vinieron exigencias más amplias, hasta la creación de un resguardo y el autogobierno. Su insistencia en los tribunales y su elocuencia en los discursos lo convirtieron en el líder de un movimiento indígena de levantamiento. Al tiempo que las grandes haciendas apretaban las condiciones para los indígenas, la rebelión se cocinaba. Pronto decenas de indígenas, pica en mano, acababan con los potreros del ganado de las haciendas, hacían tomas, invasiones, asentamientos.

En esas empezó la pelea. De pueblo en pueblo, Manuel Quintín Lame pasó todo el año de 1913 encendiendo los ánimos de las comunidades. Polindara, San Isidro, Totoró, Paniquitá, Pisojé, Miraflores, Coconuco, Guare, Poblazón y Silvia fueron los primeros focos. De a poco se fueron uniendo otras parcialidades y otros líderes. Rosalino Yajimbo, de Tierradentro; la gente de Togoima, Avirama, Suin Chinas, Lame, Mosoco. Los resguardos de Inzá y Belalcázar. En 1914, en Totoró y Sotará, las comunidades se negaron a pagar terraje e hicieron la toma pacífica de Paniquitá. El Gobierno, alertado por los hacendados, militarizó la región y disparó indiscriminadamente contra los protestantes. Entonces Quintín Lame viajó a Bogotá para presentar sus memoriales al Gobierno central. Nada logró.

Al regresar al Cauca, a finales de 1914, se dedicó a construir el levantamiento. Tierradentro, la “República Chiquita”, fue el punto escogido, y el 14 de febrero de 1915 la fecha elegida para la toma de las haciendas. Pero como los traidores nunca faltan, el plan fue descubierto y en enero de ese año Quintín Lame fue detenido, torturado y apresado por nueve meses. En la cárcel, afirma, fue encontrando la voz indígena, le fue dando forma a sus pensamientos y plasmándolos en el papel.

Las exigencias eran claras: negativa a pagar terraje y rechazo a la servidumbre; los cabildos como centros de autoridad autónoma de los indígenas y como base de organización; recuperación de las tierras usurpadas por los terratenientes desconociendo todos los títulos que no se basaran en cédulas reales; reconocimiento de los valores culturales indígenas y el rechazo de la discriminación racial y cultural; unificación de los resguardos del Cauca y del país para constituir la ‘República Chiquita’ al margen de los blancos, con un cacique general; y representación especial de los indígenas en concejos, asambleas y Congreso, “porque si los blancos ordenan que repartamos los resguardos entonces habrá en el Congreso indígenas que ordenarán a los blancos también repartir lo suyo entre los terrajeros, pues Dios dio la tierra para que todos los hombres fueran dueños de un pedazo”.

Al salir de prisión, a donde regresaría más de una centena de veces, Quintín Lame volvió al plan del levantamiento. Era febrero de 1916 y la toma de Belalcázar fue la operación con la que Quintín Lame volvería a la lucha. El rumor de su regreso se regó como pólvora por los territorios indígenas de todo el Cauca, del Valle del Cauca, en Huila, Tolima y Nariño. Hasta el punto que se le nombró cacique general de los pueblos indígenas. Entonces su idea fue llevar la representación indígena al Congreso.

Pero sus exigencias sólo le produjeron frustración y tuvo que volver al campo de batalla. Hasta el 9 de mayo de 1917, cuando lo volvieron a conducir a la cárcel por cuatro años. Al tiempo, el movimiento indígena siguió creciendo. Fueron dos décadas de lucha que se conocen como la “Quintinada”. El 23 de agosto de 1921 Quintín Lame fue liberado y se dirigió a los territorios de Ortega y Chaparral, en el Tolima, donde 18 resguardos estaban preparados para impulsar la lucha.

La batalla se intensificó y los muertos indígenas se contaron por decenas. La rebelión fue generalizada y se habló de más de 14.000 indígenas levantados. Y fue tanta la presión, acompañada por los durísimos memoriales que Quintín Lame hacía llegar a Bogotá, que en 1938 el Gobierno decretó la restitución de las tierras y la constitución legal del resguardo de Ortega y Chaparral. Los últimos 30 años de vida, Quintín Lame los pasó en esta tierra, fundó dos escuelas y escribió cientos de páginas, memoriales y libros. Hasta el 5 de octubre de 1967, cuando murió, con 87 años y el pelo blanco y largo.

 

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