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Ramón Vinyes: Entre voces y crónica

Historia de Ramón Vinyes, el sabio catalán, “el viejo que había leído todos los libros”, como lo calificó García Márquez, uno de sus discípulos. Un hombre que influyó en varias generaciones de escritores y quien, como solían decir, “era capaz de leer en al menos siete idiomas”.

Ramón Vinyes, El sabio catalán, quien falleció el 5 de mayo de 1952 en Barcelona.Cortesía

El 24 de agosto de 1950 expiró la extensa y entrecortada procesión de 33 columnas de opinión consagradas a la suspicacia de este número cabalístico. Hileras de ingeniosas frases esbozaron ideas sucedidas una tras de otra, humeantes como un caldo de humor corrosivo que las hizo ampliamente apetecidas en todos los estratos sociales de esta “ciudad de tenderos”, que las alcanzó a conocer como Reloj de Torre.

Eran notas periodísticas de corte cultural y literario que desde su altura arquitectónica buscaban vislumbrar brechas para la cultura, incluso desde lo político. Las cuartillas aparecieron entre las páginas de El Heraldo desde principios de los años 40 firmadas hacia el final de su ciclo por un catalán sexagenario que meses atrás, el 15 de abril de ese mismo año, “lio bártulos y tomó camino de Barcelona” para no volver jamás, ya que moriría dos años más tarde imaginando “Un caballo en la alcoba”.

García Márquez describió en “El bebedor de Coca-Cola”, la prosaica partida, recordando que a la hora del viaje su buen amigo “resultó un hombre torpe para el manejo del pasaporte, los certificados de salud y los cartoncitos del equipaje”. Sin embargo, aquella torpeza, a lo mejor producto de los nervios y hasta de los empachos que suscitan los sentimientos que hacen frente a la despedida, no evitó la trascendencia que suelen tener los aspectos cotidianos que conforman el saldo total de nuestras vidas, puesto que Gabo retrataría, en nombre del amor y la amistad y bajo el aire ensoñador y poético que empapan las páginas de su novela cumbre, aquel último y eterno adiós con las siguientes palabras quizás una de las escenas más famosas y recordadas por muchos:

“Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón… que en cualquier lugar que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera”.

Aquella despedida sería definitiva para “el viejo que había leído todos los libros”. Un sabio catalán del que se ha reseñado que “era capaz de leer en al menos siete idiomas”. El mismo que como librero perdió la Librería R Viñas & Co. junto a las posesiones que arrastraba consigo desde Barcelona y Ciénaga a instancias de un voraz incendio, tal vez provocado, tal vez incidental. En resumen, todo su patrimonio material quedó reducido a montones de escombros sobre los cuales se levantaron raudas fumarolas un día de 1923 en medio de acaloradas agitaciones políticas.

No obstante, de cuánta pérdida se sobrepuso intrépido y airosamente remontó trabas y zancadillas. A los cuarenta años se casó con una dama distinguida de Sabanalarga de apellido Salazar, con quien a buen viento apenas comenzaba a reponerse de las pérdidas de lo que el fuego se llevó.

Los principios estéticos y políticos que espoleaba su carácter combativo de inflexibilidad progresista, esos valores que de joven lo sacudieron de la vieja Barcelona castellana en donde solo se dedicaba al teatro, lo condujeron a revolver el orden eclesiástico y político que regía al Atlántico gobernado en ese tiempo por el general conservador Eparquio González, con quien trabó pública enemistad editorial.

Haber toreado desde el diario La Nación con su punzante pluma crítica a “los leopardos”, cuyo partido político ultramontano se encontraba de turno, le costó muy caro. Por tales motivos fue declarado “extranjero indeseable” y, por tanto, expulsado de la “ciudad abierta” en junio de 1925.

Pasarían cuatro años hasta que la marea baja lo trajera de vuelta como “pasajero para Barranquilla”. Sin embargo, en 1931 es nuevamente jalonado por una Cataluña, que para felicidad suya, esta vez se había erguido en república.

Vinyes es un tipo con tan mala suerte en sus asaltos a la democracia ideada por los librepensadores, que en febrero de 1940 debe retornar a Colombia en calidad de exiliado político, quedando preso de por vida entre ambos extremos del Atlántico, entre ambas soledades.

Se sabe que al tiempo inmediatamente después de su intransigente militancia antifascista por Europa regresó a ocupar una plaza como profesor de idiomas y literatura en el Colegio Barranquilla para señoritas. Allí permaneció durante diez años mientras gozaba de cortas vacaciones en la Sierra Nevada de Santa Marta y era motivado por Alfonso Fuenmayor a no abandonar su colaboración con El Heraldo.

Desde entonces se dedica a las tertulias en los cafés diseminados a lo largo de las calles y callejones del Paseo Bolívar de la sociedad “coca-cola” de la década del 40 y sin más posibilidades de cambiar el mundo por las vías de hecho, cede a ejercer el ineludible oficio de un periodismo de opinión aferrado a promover la movida cultural, renunciando de este modo a cualquier conspiración clandestina y revolucionaria.

Ya no es el teatro transgresor ni los endemoniados libelos lo que inspiran a los anarco-comunistas de distintas nacionalidades. Ahora son los salones de artistas costeños, el perenne deterioro del Teatro Municipal Amira de la Rosa y, sobre todo, la crítica literaria que va del cartagenero Víctor Manuel García Herreros y del cachaco Germán Arciniegas hasta llegar a los universales William Faulkner y Virginia Woolf. Un trabajo a máquina de escribir sin los esplendores y la magnética resonancia, que solo alcanzaría a conocer con la Revista Voces, que a duras penas logró la corta existencia de tres años. Jacques Gilard escribió en 1982 en la Selección de textos (Vol. 1), del Instituto Colombiano de Cultura:

“[…] En cuanto a las publicaciones sí hay un notable receso, al menos en lo que dejan apreciar o suponer los documentos conocidos […] se podría hablar de un cierto descenso en el nivel o en la ambición de lo que entonces escribió y publicó Vinyes. Ya no se trata de la época fervorosa de Voces […] haciéndose un colaborador lejano e intermitente: se está lejos de la intensa actividad que había significado, de 1917 a 1920, la incomparable revista barranquillera”.

Eso fue algo de la vida del sabio catalán de las “dos nostalgias enfrentadas” (Europa-América), don Ramón Vinyes i Cluet (1882-1952). El mismo que García Márquez y esos amigos de Cien años de soledad, “que fueron los primeros y los únicos”, quienes lo despidieron en el aeropuerto aquella primavera del año 50 aquí afuera, lejos de los pasajes novelísticos, sumergidos en la sed y el calor en donde el personaje de ficción tuvo una copia o un molde de carne y huesos que caminaba las resolanas del centro de la ciudad enseñando a desmontar las trampas y artilugios de escritores gringos y europeos al lado de otro viejo que “enseñaba a no caer en lo folclórico y en descubrir, para la narración, lo esencial, así lo esencial asuma la forma del detalle”: José Félix Fuenmayor, de quien “Álvaro Cepeda Samudio declaró, sin tapujos ni ambages: todos provenimos del viejo Fuenmayor”.

Vinyes, de quien escribe Enrique Restrepo que en “poco tiempo habíamos ligado con él una franca amistad […] y en adelante frecuentábamos al librero, todos con el pretexto de comprar un libro”, representa al hombre que parece confundirse y contradecirse con el inmortal personaje de ficción que se despide de Macondo con tal de eliminarlo para siempre de su implacable memoria. Pero antes que nada, él mismo se rectifica en su propia controversia al confesarle a Germán Vargas el último de sus deseos, ese de no abandonar con absoluta resignación al único puñado de amigos de este lado del mundo: “Es posible que cuando aterrice de mi vuelo con ruedas, escriba unos nuevos Reloj de Torre, por la coquetería de que Barranquilla no me olvide de un todo demasiado rápidamente”.

Es casi palpable cómo la dualidad atraviesa, de puerto a puerto, toda la figura de Ramón Vinyes, “Ramoncete”, como le gritaba Julio H. Palacios cuando quería que le anotaran la pila de libros que sacaba de su extinta librería.

La voz oscilante entre el catalán —su lengua materna— y el castellano al que se había abrazado. Ambas significaron la representación de dos mundos, ese ir y venir “en la cubierta de un barco de pesadumbres que empezaba a sonambular por océanos otoñales”.

Vinyes se partió entre su actividad vital y decisiva, que eran la invención de obras de teatro y la labor divulgativa y agitadora del periodista “indeseable” en patio ajeno que, pese a lo intermitente que pudo llegar a ser su trabajo en las oficinas de redacción, logró enclavarse y ser absorbido por la concurrida historia cultural de la ciudad que lo adoptó; que de paso le otorgó los rasgos del “esteta militante”.

Cuando puso un pie en Puerto Colombia, en 1913, a consecuencia de alguna equivocación, según Enrique Restrepo, llegó fastidiado del ambiente belicoso y rezagado que eran la Barcelona y Cataluña preindustriales, con sus invenciones literarias y dramatúrgicas sacadas de una vanguardia para la cual aún no estaban preparadas. Se apartó de su tierra natal con el peso del autoexilio a cuestas no solo a causa de aquel rechazo, que por poco lo convence de romper de una vez por todas con su trabajo creativo, el único que de verdad le interesó: el teatro. Sus únicos escritos en nuestro idioma son los textos y traducciones de poemas que aparecieron publicados en los periódicos y revistas nacionales donde colaboró estando dentro y fuera del país.

A don Ramón se le reconoce como dramaturgo, cuentista, librero, profesor y hasta empresario. Ámbitos en los que supo moverse con gracia y habilidad, debido a su pragmatismo europeo y a la gran empatía que lo conectó afectuosamente con personajes cultos e igualmente decisivos en “el mundillo literario” reunido en el Café Roma, al que asistían ligeros y joviales José Félix Fuenmayor, Enrique Restrepo (Garci-Ordóñez de Barbarán), Héctor Parias (Hipólito Pereyra), Julio Enrique Blanco, Julio Gómez de Castro y Zacarías López Penha, entre otros. Es decir: la intelligentsia de la que declaró encolerizado el párroco de San Nicolás: “Tribu de modernistas cuya filosofía es a beber, a beber y apurar las copas”.

Decenios sucesivos condujeron al veterano a coincidir con “unos cuantos sujetos admirables para quienes la literatura es un ejercicio de todos los sentidos. Iconoclastas rebeldes, dueños de sí mismos, dicen las mejores barbaridades que pueden escucharse con la terrible responsabilidad de estar en lo cierto”. Estos “los escritores sin parnaso” son García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor.

Para un estudiante empecinado en no dejar de serlo jamás, su reconocimiento —el de Vinyes— va más allá de ser un personaje con aires de sabio, sufriente y bondadoso, que en Cien años de soledad da la impresión de ser una figura paterna en asuntos de ciencia y literatura.

Uno de sus mayores atributos fue el hecho de haber estado en el lugar y la hora adecuada. Como si hubiera sabido desarrollar algún sentido de la ocasión que lo encajó de lleno y lo puso en “llavería” con dos momentos claves en la historia de las letras barranquilleras y, por supuesto, participar de ellas apostando todo lo que sabía.

El primero de estos dos giros determinantes se produce con el “cenáculo” que todas las noches se reunía en la casa pajiza de Garci-Ordóñez de Barbarán, “la tribu de modernistas” responsables de la Revista Voces. El otro indiscutible momento, un poco más viejo y curtido por la experiencia, se da con los artistas y periodistas de los años 50, “los escritores sin parnaso” que echaron a andar el semanario Crónica, su mejor week-end, quienes en boca de Alfonso Fuenmayor resultarían ser un puñado “de intelectuales que ya existía antes de que inconsultamente se le cristianara” desde el “Mirador de Próspero” como “el Grupo de Barranquilla”.

Se pueden tensar las siguientes sospechas: ¿resulta tan evidente el descenso en la actividad cultural de Vinyes entre Voces y Crónica? ¿Será posible que aquella línea “toda primavera antigua era irrecuperable” resultó ser una lectura fidedigna de su paso por la ciudad portuaria y que Vinyes, al no lograr éxito ni fama en el teatro, cultivó proyectos literarios motivados nada más que por la amistad?

Tal vez lo que agudiza el panorama de su valoración objetiva es el hecho de que en esta sociedad, en donde el prestigio de sus cultores va de la admiración fanática a la negación total de su labor, resulta casi imposible contestar si Ramoncete ¿funcionaba mejor en combo o estando por su cuenta? a lo Joe Cocker, es decir: “With a little help from my friends…”.

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Leydon Contreras Villadiego

Cultura

Ramón Vinyes: Entre voces y crónica

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