Para recordar a Carlos Barral

Hace un cuarto de siglo falleció, el 12 de diciembre de 1989 el gran poeta, editor y político catalán.

Carlos Barral.

Con la muerte de Carlos Barral y Agesta (Barcelona, 1928-1989) nuestras literaturas y las diversas naciones literarias peninsulares perdieron no sólo uno de sus mejores poetas sino, quizás, al más importante de sus divulgadores en las últimas tres décadas del siglo pasado. Barral dio a Borges el Premio Formentor, que le hizo conocer en el mundo europeo; «descubrió» a Vargas Llosa, Cabrera Infante, Donoso y Fuentes, e importó obras de otros ámbitos lingüísticos con rigor intelectual e innovador durante los difíciles años de la dictadura franquista, a más de inspirar una de las antologías más importantes en cuanto a concepción y factura: Un cuarto de siglo de poesía española, de José María Castellet.

Cuando los poetas de la Generación del Cincuenta, cuyo papel en el reparto del poder fue de exiliados en casa propia, publicaron sus primeros libros, la poesía española estaba aún dominada por cierto «realismo socialista» que había convertido la lírica en doctrina y consignas políticas, la de Gabriel Celaya y Blas de Otero, resultado de su reacción contra los versos académicos, grises y melancólicos de Rosales y Vivanco. Barral, como la mayoría de sus compañeros de viaje, vivió de niño la experiencia traumática de la Guerra Civil y descendía de familias acomodadas de la burguesía argentina, catalana y española. En Años de penitencia y Los años sin excusa, los dos primeros volúmenes de sus extraordinarias memorias, hizo precisas evocaciones sobre la vida cotidiana y la educación bajo la dictadura, mostrando el tedio de una lucha, pausada y triste, contra un tirano que se volvía inmortal. Extensas y vibrantes páginas sobre su vida en Calafell, el pequeño puerto donde inició y sostuvo su comercio con la mar o los recuerdos de sus primeras visitas a Francia y Alemania, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.


La poesía de Barral fue resultado de la experiencia más que un lucro con las tradiciones literarias. Nunca quiso ser un poeta profesional, de esos que gastan día y noche en la confección, a partir de un patrón de modistería, de cientos de versos para supermercados. Sus experiencias estaban localizadas en mundos urbanos, con objetos de la vida cotidiana, citadina, sin los decorados rurales que habían seguido colándose en las composiciones de la generación anterior a la suya. Mejor lector de ciertos poetas de habla inglesa como Spender y Eliot que del Alexandre de Sombra del paraíso, en su poesía hay huellas claras de ciertos poetas alemanes del dieciocho y el diecinueve, Rilke, por ejemplo, pero también, muy sutilmente, resueltas influencias de Paz y de ese otro poeta mexicano, mudo, José Gorostiza, autor de Muerte sin fin.

A pesar de haber publicado muy pocos libros de poemas, rasgo característico de su generación, dominada por la sequía si exceptuamos a Brines, Barral tuvo siempre confianza en que la poesía, por ocuparse de formas de la existencia no codificadas por la cultura, ni la conciencia individual o colectiva, virginal, inédita, ligada al oscuro mundo de la experiencia personal, seguirá jugando un papel definitivo en la historia del hombre. Sin embargo no creía en la inspiración, cuerpo del lenguaje misterioso del poema. Prefería pensar que los poetas eran los únicos mortales que podían fabricarse una sensibilidad mayor, ante los estímulos y monotonías del mundo, gracias a su trato continuado con el lenguaje.

Su poesía, recogida en su totalidad por primera vez en Usuras y figuraciones, se caracteriza por una deliberada ambigüedad de mundos simbolistas que no logran oscurecer una deslumbrante lucidez para encarar el pasado o el presente. El paisaje de la mayoría de sus poemas es la costa sur de Cataluña y el onírico mundo marino que sirven de apoyadura a una sensualidad extrema, labrada por el rigor intelectual y lingüístico. Sus mejores poemas son a menudo una especie de cuentos sencillos pero hondos, escritos por la vida y no por recetas poetiqueras. Para mi gusto, el mejor de sus libros sigue siendo Diecinueve figuras de mi historia civil. En él retrata con ironía situaciones de su vida y describe con frialdad o calor absolutamente humanos, las distintas situaciones donde contempló el horror de la clase vencida, sus aventuras amorosas, su amor por el pueblo, su adhesión permanente a la libertad y su odio a las guerras. Libro doloroso donde está siempre Calafell, sus hombres, sus costumbres, sus oficios, sus desventuras:

Porque conocía el nombre de los peces,

aún de los más raros,

y el de los caladeros, y las señas

de las lejanas rocas submarinas,

me dejaban revolver en las cestas,

tocarlos uno a uno, sopesarlos,

y comentaban conmigo abiertamente

las sutiles cuestiones del oficio.

Porque entendía de nudos y de velas

y del modo de armar los aparejos,

me llevaban con ellos muchas veces;

me regalaban el quehacer de un hombre.

Sentía con orgullo

enrojecérseme las manos al contacto del cáñamo,

impregnarme

un fuerte hedor a brea y a pescado.

Sabía casi todo de aquella vida simple,

de aquel azar diario y primitivo.

Sólo que aquella ciencia era lujosa.

No supieron contarme

o no pude entender cómo era aquello

en los días peores, las amargas

semanas de paciencia,

cuando el viento del norte

roe las entrañas y se harta la pupila

de escrudiñar los cielos,

en los días confusos,

cuando el mar de borrosos contornos

es sólo como un cascote de vidrio

semienterrado en el fango,

un desagradable incidente o una trampa

para los que pasan corriendo

ciegos bajo la lluvia.[1]


 

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