Recuerdos de La Madriguera

Hoy es triste llamar recuerdo algo que parece tan vivo, algo que cuesta trabajo dejar ir. Me parece todavía estar tomándome ese último café con Édgar Blanco, el librero de La Madriguera del Conejo, hoy extinta por lo que menos debería importar, que es el dinero. Ese día me había estado quejando en redes de lo agresiva que era Bogotá, de la furia contagiosa de sus habitantes, y en uno de los comentarios Édgar dijo que no había nada que no arreglara un café en una librería.

Ilustración Istock

O eso recuerdo. Así llegué, parqueé mi bicicleta y en poco tiempo ya había olvidado los insultos de un transeúnte. Cómo no, rodeada de conejos de papel maché y de los libros destacados del día y sus títulos siempre provocativos. Gracias a esos anaqueles, tan bien curados, descubrí Biografía del hambre, de Amélie Nothomb; Eros, de Anne Carson, y Para ver, cierra los ojos, del artista y director surrealista Jan Svankmajer. ¡Descubrí a Svankmajer!

Fue en esta librería donde vi por última vez al escritor y amigo Rafael Baena durante la presentación de Ciertas personas de cuatro patas, un libro sobre su devoción por los caballos y la caballería. Esa última vez en que nos prometimos un café que nunca se dio, así como con Édgar, hicimos planes para ofrecer un taller de poesía, gastronomía y dibujo que nunca se dará.

En La Madriguera del Conejo tuve mi primer y último trabajo como lectora en La Hora del Cuento, un espacio que tenía la librería todos los domingos para que los más pequeños fueran a escuchar historias y luego a hacer lo que de verdad les importaba, que era jugar y dibujar. Y aquí entendí algo de la esencia de La Madriguera: ellos abrirían sus puertas y leerían para los niños aunque fuera domingo, aunque lloviera, aunque hubiera una carrera que paralizara la ciudad. Aunque no hubiera niños. Esa resistencia yo no la tuve y me fui después de un tiempo, pero gracias a eso me quedé con la obsesión de ser la autora de los libros que alguien más leería en La Hora del Cuento. David Roa, su librero de aquel entonces y uno de los fundadores de la librería, se despidió de mí diciéndome: “Ya quiero leer tu novela”. O eso recuerdo.

Esta semana recién me enteré de que todo eso que fue ya no será más. Tal vez se lea como una nostalgia tonta, pero sólo el que se enamora de un lugar puede entender cómo un espacio nos transforma. Sólo el que vive la vida que no se atreve a través de los libros sabe que un texto inesperado puesto en un anaquel, de esos que lo escogen a uno, puede cambiar una forma de ver el mundo. Y sí, hoy el mundo es un lugar un poco más triste.

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