Para redescubrir a Stalin

La revista ‘The Atlantic’ reseña su más reciente biografía.

El dictador de la Unión Soviética no fue un simple loco con demasiado poder: cada una de sus acciones fueron razonadas y pensadas como un plan. El historiador Stephen Koktin recoge en este primer volumen el crecimiento político de Iósif Stalin en ese país.

Se suele pensar que los dictadores son personajes con alguna deficiencia que, por suerte o por un azar inexplicable, resultan en el poder. Cada de una de sus acciones es, por lo tanto, explicable desde un punto de vista psicológico. Iósif Stalin, dictador de la Unión Soviética hasta su muerte, en 1956, es uno de ellos: responsable directo e indirecto de millones de muertes durante su mandato, su político ha intentado ser explicada incluso desde el psicoanálisis.

Pero tal vez ese punto de vista sea errado y el primer tomo de la biografía sobre Stalin, del historiador de la Universidad de Princeton Stephen Koktin y de reciente aparición, sea la refutación más plausible y extensa (cerca de 1.000 páginas, que recorren desde el nacimiento de Stalin hasta poco después de la muerte de Lenin, ocurrida en 1924).

La revista estadounidense The Atlantic le dedicó una extensa reseña. En ella su autora, Anne Applebaum, rescata los valores y las recaídas de esta obra: “El gran logro de este libro, y su gran falla, es su vasta mirada: Kotkin ha decidido no sólo escribir la biografía definitiva sobre Stalin, sino también la historia definitiva del colapso de la Rusia imperial y la creación de un nuevo imperio soviético en su lugar”. Applebaum asegura que esta obra recoge todo el material anterior dedicado a Stalin, refuta algunos estudios sobre su persona —los psicoanalíticos, por ejemplo— y crea una tesis atrayente sobre el dictador: Stalin nunca tuvo un tornillo suelto, cada una de sus acciones estuvo basada en una serie de razones —casi todas ellas ideológicas— que le permitieron extender su influencia y producir un terror total en su propia población.

La biografía, apunta Applebaum, es adecuada justo en un momento en que ciertos extremismos se abrigan el derecho de conducir la política: el Estado Islámico, Israel e incluso Rusia, con la extraña figura ideológica y semireligiosa de Vladimir Putin. “Sólo porque su lenguaje (el de los extremistas) nos suene extraño, eso no significa que ellos, y aquellos que los siguen, no lo encuentren irresistible o que ellos no seguirán su propia lógica hasta el final”. Gracias a estas consideraciones, es posible observar a Stalin desde el punto de vista de la estrategia, de la manutención del poder. Cualquier plan, por extraño que parezca, tiene una base firme en el marxismo, de cuyas fuentes abrevó Stalin.

Escribe Applebaum: “Si las políticas diseñadas para producir prosperidad creaban en cambio pobreza, una explicación siempre estaba a la mano: la teoría había sido interpretada de manera incorrecta, las fuerzas no estaban alineadas correctamente, los oficiales se habían equivocado desastrosamente. Si las políticas soviéticas eran impopulares, incluso entre los trabajadores, eso también tenía una explicación: el antagonismo crecía porque la lucha de clases se estaba intensificando”.

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