Reflexiones en medio de la pandemia: Covid, historia y vida cotidiana

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El caso de la pandemia del coronavirus es un ejemplo de la incidencia negativa de la historia sobre la vida individual, pues si hay grandes hechos históricos que constituyen constantes en todas las épocas son las guerras, las invasiones de unas naciones por otras, las tiranías, las migraciones, las hambrunas y las pestes. La actual pandemia tiene la capacidad de torcer fatalmente el recorrido vital de cualquier ser humano, en cualquier parte del mundo.

El debate sobre si la historia determina o no la vida privada o cotidiana de las personas resulta más pertinente que nunca en estos momentos, cuando la humanidad entera lleva más de un año destrozada por la pandemia de la COVID-19. En este debate se distinguen dos posturas: la de quienes sostienen que el rumbo de los sucesos públicos termina perfilando el destino de los individuos, y la de quienes, por el contrario, plantean que la historia, como dice Octavio Paz en su entrevista con The Paris Review, “es una cosa, y nuestra vida, algo distinto”.

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El caso de la pandemia del coronavirus sería un ejemplo de la incidencia negativa de la historia sobre la vida individual, que suele ser más frecuente, más marcada y más visible que su incidencia positiva, pues si hay grandes hechos históricos que constituyen constantes en todas las épocas son las guerras, las invasiones de unas naciones por otras, las tiranías, las migraciones, las hambrunas y las pestes.

Algunas de estas calamidades han aumentado sus proporciones y su alcance lesivo con el paso de los siglos. Hasta el siglo XIX no tuvimos una guerra mundial, pero nada más en el siglo XX tuvimos dos, que afectaron directa e indirectamente a millones y millones de personas en todos los continentes. El fenómeno de las migraciones, causado justamente por las guerras y otros factores adversos de carácter político-social, como la pobreza, también ha experimentado un gran incremento en los siglos XX y XXI. Y ni qué decir de las pestes: justamente la actual, la del coronavirus, es la primera en la historia cuyo radio de acción abarca todo el planeta.

Las dos Guerras Mundiales y los regímenes totalitarios de Stalin y de Hitler malograron el destino de un alto número de personas, pero igualmente hubo muchas que apenas si supieron de oídas de esas desgracias históricas. La actual pandemia, en cambio, tiene la capacidad de torcer fatalmente el recorrido vital de cualquier ser humano, en cualquier parte del mundo.

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Ello querría decir que, nunca como hoy día, la historia, como si se tratara de un implacable y omnipresente Juggernaut, tuvo tan vasto poder para uniformar con la tragedia, la mala fortuna o la adversidad, las vidas de quienes hacemos parte del género humano. Pero, ¿en verdad no es posible que, en medio de esta catástrofe histórica, nadie tenga un destino personal, una biografía individual y única, lo que no excluiría el éxito ni la felicidad?

Creo que, aunque a todos nos toque atravesar la tempestuosa creciente de la pandemia, es inevitable que cada quien siga teniendo su propio devenir personal, su propio proyecto de vida. Desde luego, el de muchos se fue ya al traste por completo: la corriente mortífera del virus lo arrastró con ella. Pero, por un lado, toda vida está siempre expuesta a ser arruinada sin intervención alguna de la historia (un accidente de tránsito o de aviación, una riña, un atraco, un enemigo particular implacable, una bala perdida en una fiesta callejera). Por el otro, cuando es un suceso histórico el que frustra una vida humana, tal suceso es incorporado, asimilado, al ámbito de su cotidianidad privada.

El mismo Octavio Paz sostiene en la entrevista antes citada que “el auténtico drama, y también la auténtica comedia, acontece en nuestro interior”, y no en el espacio de la historia. Para ilustrar este planteamiento, se me viene a la memoria un caso documentado por Svetlana Alexievich en sus maravillosas Voces de Chernóbil. Tras el estallido de la Central Eléctrica Atómica de Chernóbil en abril de 1986, cientos de miles de personas fueron comisionadas por el Gobierno de la URSS para evacuar poblaciones y deshacerse de todo cuanto estuviera contaminado por la radiactividad en la vasta zona afectada por el desastre nuclear. Se les llamaba “liquidadores”. Pues bien: Arkadi Filin era uno de ellos y, justo en aquel momento, su mujer lo había abandonado por otro hombre. Filin cuenta que, aun en medio de aquella mayúscula tragedia, solo era capaz de pensar en el engaño de su mujer, en su desgracia amorosa, y que todo lo demás le parecía una nimiedad. Así que ya lo vemos: un acontecimiento histórico capital puede ser una nimiedad frente a un drama de la vida cotidiana.

Por su parte, George Steiner, en su ensayo Petición de principio, que hace parte de Los libros que nunca he escrito (2008), señala que durante los regímenes totalitarios, incluso los de Stalin, Hitler, Mussolini y Franco, el grueso de la gente común y corriente seguía adelante “de la forma más o menos habitual”. Y añade: “A escala cotidiana, los hombres y mujeres siguen con su vida diaria, afectada sólo de manera intermitente por el contexto del despotismo”. Vale decir, por el contexto de la historia.

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La historia suele ser cruel y fuente de estragos y cataclismos para los seres humanos. No obstante, tales hechos no pueden impedirnos que cumplamos con la necesidad de llevar una vida corriente: enamorarnos, hacer el amor, ver películas, leer, bailar, disfrutar de un asado, entregarnos a nuestras vocaciones profesionales, jugar al dominó o simplemente sentarnos “bajo un árbol, / a orillas de un río, / una mañana soleada”, que, como dice Wislawa Szymborska, “es un hecho anodino / que no pasará a la historia”.

Más que los magnos capítulos de la historia, un encuentro casual en una acera puede decidir el resto de nuestra vida.

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