Detrás de máscaras de papel (Relatos y reflexiones)

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La belleza de lo cotidiano, la felicidad en la empatía y el poder de una sonrisa se ven francamente amenazados ante el dolor ajeno. Hay quienes creen que la muerte es nuestra más temida compañía, que luchamos a diario para prevenirla y que añoramos la victoria. Otras veces pensamos que quizás su presencia hacía falta. Pero lo cierto es que la muerte, esa señora que viste de morado, según Saramago, nos acompaña en nuestro quehacer diario: desde una remota esquina hasta tomarnos de la mano.

Aprendemos, poco a poco, a tolerar su compañía, a entender su merecido lugar en el ciclo de vida e incluso a agradecer su presencia como culminación de una larga y valiosa vida. La muerte esperada, y casi que invocada, en situaciones en las que la dignidad se esconde y el dolor florece, justifica de alguna manera su presencia. Pero tolerarla y darle la bienvenida en condiciones de injusticia y en una vida que apenas comienza, es tarea que pocos logran sin que deje un pequeño pero negro y doloroso agujero en las entrañas. Entender y acompañar la muerte de un niño o una niña no es, sencillamente, malas noticias, es algo que estamos diseñados a evitar, algo que nos cuesta deglutir, que nos cuesta tolerar, y que rompe el alma en mil pedazos, hasta tener la certeza de sentirla y tocarla cada vez que se rompe.

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En estos tiempos inciertos, la muerte nos invade y nos persigue en la mirada, pues solo vemos eso detrás de las máscaras; no hay sonrisas ni gestos. Vemos una mirada carente de esperanza, sin anhelo a soñar. La mirada con amor, con dolor, que contempla el tiempo pasar. La mirada observadora que dejó de ver al reloj y que se ve devorada por la muerte. La mirada sin esperanza, sin sueño, sin reparo. La mirada con dolor, sólo dolor, y con sólo lágrimas que ya se secaron. La mirada de una madre que ve a su hijo morir, la mirada de miedo en el padre que se quedó sin respuestas, la mirada de anhelo de por fin poder descansar.

La muerte en nuestros niños y niñas no le ha dado importancia a la cuarentena. El cáncer infantil, las enfermedades crónicas, los defectos congénitos, los trastornos neurológicos, psiquiátricos y comportamentales, las violencias y los accidentes, las terapias y los seguimientos, todos y muchos más, han sido otros de esos olvidos que se vieron inundados y despreciados por el poder sobrecogedor de la peste. Todo absuelto sin juicio ni regla para darle cabida a una situación sin precedentes. Pero, sin lugar a duda, la muerte infantil no espera ni baja la guardia.

Sin pensar un solo segundo en dejar de librar batalla, valerosas y valerosos se siguen dando la pelea en las sombras, mientras el mundo entero lucha contra el coronavirus. Pero el alma rota y los miles de trozos que se dejan en batalla son temas que poco conversamos, que poco contemplamos, mientras intentamos emprender la cuidadosa labor de reconstruirla, para prepararnos para la siguiente ofensiva y ver por fin y para siempre las pequeñas miradas vivas que sonríen detrás de las máscaras de papel.

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“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.

Antoine de Saint-Exupéry

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