Como de cuento

Los rostros de Nietzsche

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Era él, nacido el 15 de octubre de 1844. Nietzsche era él y al mismo tiempo era un montón de otros personajes que imaginaba y anhelaba, porque por momentos quería ser su propio mayordomo, otro hombre que viviera por él y se ocupara de sus nimiedades, o por lo menos, un discípulo, como le escribió en 1884 a su amigo Overbeck: “De momento, aún no tengo ni un discípulo”.

Y por momentos deseaba ser Napoleón, o creía ser una especie de reencarnación de Napoleón, y visitar la isla donde fue concebido. O su tumba, como se lo propuso a Resa von Schirnhofer, una recién doctorada que fue a visitarlo a Niza y pasó diez días con él, a veces tomando vino, a veces conversando sobre la vida y la filosofía, por momentos leyendo, y en ocasiones, en silencio, como si el silencio hablara, o fuera el preámbulo necesario para que otro Nietzsche surgido de aquel Nietzsche le confiara uno de sus más altos profundos descubrimientos, “El eterno retorno”.

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“Entonces se levantó para despedirse y cuando ya estábamos en el umbral se transformaron de pronto sus facciones -recordaría tiempo después Von Schirnhofer-. Con una expresión fija en el rostro lanzando miradas temerosas a su alrededor como si un terrible peligro nos amenazara si algún curioso espiara sus palabras, amortiguando el sonido de su voz con una mano en la boca, me anunció en un susurro el ‘secreto’ que Zaratustra le había dicho al oído a la vida, a lo que ésta le habría respondido lo siguiente: ‘¿Tú lo sabes, Zaratustra? Nadie lo sabe’. Había algo extravagante, es más, siniestro, en el modo en que Nietzsche me comunicó ‘El eterno retorno de lo idéntico’ y la increíble trascendencia de esta idea”.

Nietzsche deliraba. Era, dentro de sus múltiples personajes, un delirante. Lo sabía. Era consciente de ello, e incluso lo celebraba, y jugaba a serlo. “Mi enseñanza de que el mundo del bien y del mal no es sino un modo aparente y perspectivo resulta una innovación de tal calibre, que a ratos se me nubla la visa y el oído sólo de pensarlo”, le escribía a Overbeck. Oscilaba entre ser un poeta y ser un dios. En síntesis, un creador. Por eso creó su Zaratustra, y por eso, pese a su deambular de ciudad en ciudad buscando un clima que le sentara bien, y de su magra condición económica, seguía escribiendo, que era como decir, indagando, buscando y solucionando. Su filosofía, dijo en reiteradas oportunidades, era una filosofía del futuro, una filosofía para hombres nuevos, que necesariamente debían ser primero que nada, hombres duros. Le declaró la guerra a la compasión, posiblemente porque detestaba ser compadecido.

Iba en busca de, siempre en busca de, y escribía y creaba a pesar de. Amaba el invierno, y durante varias temporadas se refugió en Sils María, donde escribió casi todo su Zaratustra, aunque la idea, la primera imagen, las hubiera atravesado en Rapallo, pero sabía que necesitaba el sol y el calor. Detestaba las calefacciones, que por aquellos tiempos se llamaban “hogar”, e incluso escribió que él estaba y debía estar por encima de las “almas humeantes, calentitas, consumidas, reverdecidas, amargadas”, y sin embargo, las necesitaba. A los 40 y tantos años, no veía bien y temía quedarse ciego. Sufría de constantes y agudos dolores de cabeza. Le pesaban las piernas, y pese a todo, caminaba y buscaba. Buscaba el sol, y si era un sol medianamente frío, mejor. Buscaba un clima para su cuerpo y odiaba que su cuerpo no le diera las respuestas que requería. No obstante, caminaba y seguía caminando y bailaba y decía que no podía haber un solo día en su vida sin que hubiera baile.

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Buscaba un milagro, en medio de todo. En ocasiones, era el Nietzsche que podía recorrer ochenta habitaciones para encontrar la que tuviera una ventana que reflejara el sol que llegaba en las tardes desde el oeste, como lo hizo en Niza, y en otras, era el Nietzsche marginado que decía, “Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo y por ello perece”. Por momentos quería conversar, por momentos, callar, “Los pensamientos más silenciosos son los que traen la tempestad”, y en otros, escuchar Carmen, de Bizet, una y mil veces, pues Carmen lo transportaba, lo llevaba lejos, muy lejos de “los buenos y los justos, que con gusto crucifican a quien se inventan una virtud para sí mismos”. Era el milagro que tanto necesitaba.

El milagro hecho música, la música hecha vértigo y calma, y la calma hecha paz, pero en últimas, milagro. Poeta, filósofo, músico, lingüista, andariego, visionario, ermitaño, silencioso, humorista, amargado, baile y abismo, y aún más. Nietzsche era su propio dios y su esclavo. “¿Libre de qué?”, preguntaba. ¿”Libre para qué?”, volvía a preguntar. Era su bien y su mal, su amor y su guerra, su amante y su mayor enemigo. Era sus propias preguntas y sus respuestas, y Zaratustra, por supuesto, “una rueda que se mueve por sí misma”, y era también, y de vez en cuando, el pueblo, el vulgo, los mercaderes y los herederos. Era hereje, hechicero, bruja, necio, impío, malvado, escéptico, y tenía que serlo para luego crearse y crear. Para ser ese hombre del cual hablaron tantos y tantos unos años más tarde, pese a que en sus tiempos no se vendieran más de cien ejemplares de sus obras.

Ese hombre descrito por Stefan Zweig, por ejemplo: “Imagen del hombre: un mezquino comedor de una pensión de seis francos al día, en un hotel de los Alpes o junto a la ribera de Liguria. Huéspedes indiferentes, la mayor parte de veces; algunas señoras viejas en small talk, es decir, en conversación trivial. La campana ha llamado ya a comer. Entra un hombre de espaldas cargadas, de silueta imprecisa; su paso es incierto, porque Nietzsche, que tiene «seis séptimos de ciego», anda casi tanteando, como si saliese de una caverna. Su traje es oscuro y cuidadosamente aseado; oscuro es también su rostro, y su cabello castaño va revuelto, como agitado por el oleaje; oscuros son igualmente sus ojos, que se ven a través de unos cristales gruesos, extraordinariamente gruesos. Suavemente, casi con timidez, se aproxima; a su alrededor flota un silencio anormal. Parece un hombre que vive en las sombras, más allá de la sociedad, más allá de la conversación, y que está siempre temeroso de todo lo que sea ruido o hasta sonido; saluda a los demás huéspedes con cortesía y distinción y, cortésmente, se le devuelve el saludo. Se aproxima a la mesa con paso inseguro de miope; va probando los alimentos con una precaución propia de un enfermo del estómago, no sea que algún guiso esté excesivamente sazonado o que el té sea demasiado fuerte, pues cualquier cosa de ésas irritaría su vientre delicado, y si éste enferma, sus nervios se excitan tumultuosamente. Ni un vaso de vino, ni una jarra de cerveza, nada de alcohol, nada de café, ningún cigarro, ningún cigarrillo; nada estimulante; sólo una comida sobria y una conversación de cortesía, en voz baja, con el vecino de mesa (como hablaría uno que ha perdido el hábito de conversar y tiene miedo de que le pregunten demasiado).

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“Después se retira a su habitación mezquina, pobre, fría. La mesa está colmada de papeles, notas, escritos, pruebas; pero ni una flor, ni un adorno, algún libro apenas y, muy raras veces, alguna carta. Allá en un rincón, un pesado cofre de madera, toda su fortuna: dos camisas, un traje, libros y manuscritos. Sobre un estante, muchas botellitas, frascos y medicinas con que combatir unos dolores de cabeza que le tienen loco durante horas y más horas, para luchar con los espasmos gástricos y los vómitos, para vencer su pereza intestinal y para combatir, sobre todo, su terrible insomnio con cloral y veronal. Un horrible arsenal de venenos y de drogas, que es la única ayuda que puede encontrar en el vacío de un cuarto extranjero, donde no le es posible encontrar otro reposo que el obtenido por un sueño corto, artificial, forzado. Envuelto en una capa y una bufanda de lana (pues la chimenea hace humo, pero no da calor), con sus dedos ateridos, sus gruesos lentes tocando casi el papel, escribe rápidamente, durante horas enteras, palabras que sus mismos ojos no pueden luego apenas descifrar. Durante horas está allá sentado escribiendo, hasta que los ojos le arden y lagrimean; una de las pocas felicidades de su vida es que alguien, apiadado de él, se le ofrezca para escribir un rato, para ayudarle. Si hace buen día, el eterno solitario sale a dar un paseo, siempre solo con sus pensamientos. Nadie lo saluda jamás, nadie lo acompaña jamás, nadie lo para jamás. El mal tiempo, la nieve, la lluvia, todo eso que él odia tanto, lo retienen prisionero en su cuarto; nunca abandona su habitación para buscar la compañía de otros, para buscar a otras personas. Por la noche, un par de pastelillos, una tacita de té flojo, y enseguida otra vez la soledad eterna con sus pensamientos. Horas enteras vela junto a la lámpara macilenta y humosa sin que sus nervios, siempre tensos, se aflojen de cansancio. Después echa mano del cloral a otro hipnótico cualquiera, y así, a la fuerza, se duerme, se duerme como las demás personas, como las personas que no piensan ni son perseguidas por el demonio (…).

“Esa habitación es siempre la misma. La población tiene nombres distintos: Sorrento, Turín, Venecia, Níza, Marienbad, pero la habitación es la misma: una habitación de alquiler, extraña, fría, de muebles descabalados; siempre la misma mesa de trabajo y el mismo lecho de dolor; siempre también la misma soledad. En todos sus años de peregrinación no hay ni un solo descanso en un ambiente alegre y amable; nunca, durante la noche, se aprieta contra él el cuerpo desnudo y tibio de una mujer; nunca hay una aurora de gloria tras sus miles y miles de noches de trabajo y de soledad. ¡Cuánto más absoluta es la soledad de Nietzsche que la de la pintoresca meseta de Sils Maria, visitada ahora por los turistas, entre su lunch y su diner: la soledad de Nietzsche es de toda su vida, de todo su mundo! (…).

“Durante quince años recorre Nietzsche esa galería subterránea que va de habitación alquilada a habitación alquilada; siempre desconocido, sólo conocido de sí mismo, pasa por oscuras ciudades, por tétricas habitaciones, por pensiones mezquinas, por sucios vagones de ferrocarril, por cuartos de enfermo, mientras en la superficie del tiempo bulle toda la ruidosa feria de las artes y de las ciencias. Sólo el caso de Dostoievski, simultáneo, igualmente oscuro y triste, presenta la misma luz grisácea y espectral. En éste, como en aquél, la obra de titán oculta a la figura miserable del Lázaro que muere diariamente de miseria y de enfermedades, y que también cada día encuentra el milagro salvador de su voluntad que lo saca de lo profundo. Durante quince años, Nietzsche sale y vuelve a caer en el ataúd de su habitación, va de muerte en muerte, de dolor en dolor, de resurrección en resurrección, hasta que todas las energías de su cerebro estallan por fin y le destrozan. Hombres desconocidos levantan del suelo de una calle a ese otro hombre desconocido; hombres desconocidos, extranjeros, le llevan a la habitación, también extranjera, de la Vía Carlo Alberto de Turín. Nadie presencia su muerte intelectual. Su fin está rodeado de oscuridad y de soledad. Solo, desconocido, se sumerge el espíritu más lúcido del genio en la oscuridad de su propia noche”.

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