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hace 1 mes

La reina picante

La reina Margarita de Navarra se puso a la tarea de escribir cien cuentos picantes, al estilo de El Decamerón, pero la vida sólo le alcanzó para los primeros 72. Por eso, el libro, publicado en 1559, diez años después de su muerte, lleva por nombre El Heptamerón.

/ Ediciones Omega

La escritora congregó a sus protagonistas, al estilo de Bocaccio, en un sitio apartado. Eligió una abadía en Los Pirineos donde los narradores quedaron atrapados por la creciente de los ríos. Aquí, las historias más atrevidas son contadas con el mayor decoro.

Para la muestra dos ejemplos. Empecemos con el relato de Bornet, un hombre que quiere gozarse a la doncella de su mujer. La joven le cuenta a la señora lo que está pasando y deciden hacerle el juego. La esposa lo espera en la cama de la doncella y el marido disfruta su aventura, se levanta y le cede el turno a un vecino, a quien le había prometido el disfrute.

“Permaneció con ella más tiempo que su marido, y la mujer se maravillaba, pues no estaba acostumbrada a tales noches”.

Antes del amanecer, el vecino le arrebató el anillo de bodas y ella lo permitió pensando que era el marido. En aquellos tiempos, el anillo era motivo de superstición. “Son muy honorables las mujeres que guardan el anillo hasta la muerte y, por el contrario, si por azar se pierde, la mujer es despreciada como si se hubiera entregado a otro que no fuera su marido”.

Cuando Bornet vio a su amigo con el anillo, entró en crisis pues imaginó que se había hecho cornudo por cuenta propia. Con el anillo recuperado, le preguntó a su esposa que dónde lo tenía y ella le cantó la trampa en que lo había metido.

“Pensad en la ceguera que os llevaba a alabar mi cuerpo y mis carnes, de las que venís gozando vos solo durante tanto tiempo sin manifestar estimarlos. No es, pues, la belleza y las carnes de mi doncella las que os han hecho gozar placer tan delicioso”. Y lo remató con esta frase: “por tu concupiscencia hubieras confundido una cabra con sombrero con una joven bella”.

Otra de las historias maravillosas es la de un franciscano que predicaba con mucha gracia frente a las señoras. Un día de pascua se refirió al exceso de salchichas entre las donaciones, cuando —según él— de esas sobraban en el convento.

“¿Qué haremos, pues, con tantas? ¿Sabéis qué señoras? Soy del parecer que mezcléis vuestros jamones entre nuestras salchichas, y así haréis una buena limosna”.

Con cuentos cortos y con la clara certeza de que la hipocresía es la causa los males de su época, la reina escritora se convirtió en símbolo de la mujer que lucha por hacer lo que más quiere a pesar de la dictadura de los hombres.