Teatro y literatura

Reír de la tristeza

En el Teatro Nacional Fanny Mikey se presenta hasta el 12 de octubre la obra “Tratado de culinaria para mujeres tristes”, dirigida por Johan Velandia y adaptada del libro homónimo de Héctor Abad Faciolince.

La obra está en temporada hasta el 12 de octubre. / Cortesía

La primera vez que leíste ese libro fue hace casi una década. Lo viste en un anaquel como si hubiese sido escrito para ti: Tratado de culinaria para mujeres tristes, o por lo menos para “mujeres que conozcan la tristeza”, que somos todas. Pero no te sirvió para nada. Querías que fuera literal, que una receta de hinojo y manzana te devolviera la dicha. Resultó ser una sonrisa mínima asomándose en una página, una parodia de los textos de autoayuda, una colección de palabras parecida a la poesía.

Pero sufriste. Tenías que sufrir porque “a veces lo más sensato es estar triste”. Hasta el libro incluía un manual para hacerlo bien, o mal, o por lo menos más sentido: “Vive tu tristeza, pálpala, deshójala en tus ojos, mójala con lágrimas, envuélvela en gritos o silencio”. Recordaste a Cortázar y sus instrucciones para llorar (“Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo”), y a Girondo con su “Llorar a chorros/ Llorar la digestión/ Llorar el sueño”.

Eso, eso mismo hiciste hasta que la tristeza se convirtió en lo único que te pertenecía. Hasta que ya no te dolía tanto. Así lo pronosticó el libro: “querrás sufrir como antes y ya no podrás”. Al final solo lo recordabas “como se piensa en que se te olvidó comprar la jalea para el desayuno”. Y esa fue la primera receta que quisiste probar. Es que si antes todo te sabía a lágrima, ahora la fresa volvía a saber a fresa y la coliflor a “aliento que desprende la boca en los lamentos”.

Ah, pero el alimento encontró más lugares que la boca. Entendiste que el hambre es una metáfora de otros vacíos y otros afanes. Habría que hacer un tratado por cada sentido, seguir por el tacto y dejar “que la piel roce la piel y que los dedos partan la corteza del pan”. El pan tenía su propia receta y era una simple tostada con azúcar morena y aceite de girasol porque “la escasez y el deleite no son incompatibles”. Sí, estabas sola y satisfecha. Las yerbas y las verduras del Tratado no se agregaban al potaje por sus propiedades medicinales, sino por su poética.

Volviste a la calle de brisas dispersas como si la lluvia ya no existiera. Volviste al teatro, ese lugar donde es posible hablar de penas y soltar la carcajada. Reír la tristeza. Le dijiste a alguien que la cura no estaba en las recetas, sino en “el aire que exhalan las palabras”. Solo ahí te diste cuenta de que ya no estabas tan triste. Es más, agradecías que todo hubiera terminado y haber roto hace milenios sus fotos (ay, aquella época en la que se podían romper los recuerdos). “Qué bonito es volar a las dos de la mañana”, sonaba esa canción en el escenario mientras te enamorabas de nuevo.