Relatos de emberas

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Exposición fotográfica en el Parque Biblioteca San Javier, en la Comuna 13 de Medellín, de Hébert Rodríguez y Catalina Rodas.

Ambas comunidades son indígenas emberas eyábidas, hombres que recorren el bosque. Una, bastante nómada, cuyos pasos las mujeres los dan descalzos, a pesar de la mapaná; otra que se lanza de momento jais entre sí –demonios, espíritus, energías materiales del segundo mundo (debajo del hombre) que reúnen la esencia de todas las cosas–.

La primera está contenida en la segunda: cuenta con 80 hectáreas, son cerca de 33 familias, tambo por varias cabezas y se asientan en campo de cocos, por eso al estacionarse luego de haber sido desplazada de Dabeiba, Mutatá y Chigorodó, es conocida como La Coquera.

Para llegar, así comienza el relato: “Hay que cruzar Santa Fe de Antioquia y bajar a Urabá en compañía del río Tonusco y el Río Verde, más allá de Cañas Gordas. Cuando se atraviesa el Cañón de la Llorona, Dabeiba, la subregión del Urabá antioqueño, sigue Mutatá, luego Chigorodó, Carepa y Apartadó. Un primer lugar es el corregimiento de El Reposo, entrando por la ladrillera. Una vez ahí, hay que subir 40 minutos en chivero hasta un punto donde se abren cuatro caminos veredales: Cuatro Esquinas. Hacia el río Zunguito se emprende un viaje empinado por los terrenos donde pasta el ganado. Se ven muchas aves que anidan en los guamos o en los algarrobos, especialmente las oropéndolas con sus nidos tejidos en los extremos de las hojas de los árboles. A veces, con suerte, se ven pequeños tucanes cantar o el vuelo de algún gulungo. Y en lo alto de una montaña un portón, y detrás de él los tambos empotrados en las colinas”.

Como una cita galante con el canturreo de las aves, que son lamentos y hechizos femeninos como algún poeta lo expresó, Hébert Rodríguez, periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana, describe el recorrido que en compañía de Catalina Rodas, con quien comparte profesión, emprendió por primera vez en 2013 para hacer posible la investigación: “En mis pies hay tierras ajenas; relatos de mujeres, memoria y desarraigo. Una búsqueda por las afectaciones que causa el conflicto armado en la cotidianidad en una comunidad rural”.

“Esta soledad/ que sigue mis pasos/ tiene ojo de águila/ siempre me encuentra”. Semejante a estos versos de Hugo Hamioy Juagibioy, poeta de Bëngbe Wáman Tabanók (Nuestro sagrado lugar de origen), ubicado en el Valle de Sibundoy (Putumayo), del pueblo Kamuentsa Kabëng, fue la presencia de Rodas y Rodríguez al seguir con sigilo a La Coquera y dejar memoria de un tiempo a través de testimonios textuales y gráficos: un archivo que comprende 700 fotografías en película análoga, donde advierten que la cámara no fue intrusa y capturó cuando el apuntar y disparar no fue agresivo.

Una muestra considerable de esta exploración reposa ahora en las paredes de una biblioteca al occidente de la zona centro occidental de Medellín, en la Comuna 13. Con frases rayadas a lápiz, alusivas a la memoria que se aloja donde no busca ser recordada, el tránsito y el olvido cobran pulso en 31 fotografías de mediano formato. Las raíces en los pliegues de los rostros, los pies desnudos, las miradas tan antiguas, las manchas en jagua en su cuerpo para ahuyentar culebras, la humedad, el cultivo, las pisadas, las cruzadas, dádivas y el sincretismo. Los motines, los del sur y los del norte.

Este grupo de indígenas, cuenta Rodas, se refiere a los de arriba o a los de abajo, pero desconoce de qué actor del conflicto armado se trate. Paramilitares, guerrilla, Estado. Hasta indígenas podrían estar en combate, reclutados o no. Durante el tiempo de investigación, que comprende varias fases –una de ellas esta exposición–, fue posible escuchar casos de violación, uno de suicidio y los ecos de las voces del desplazamiento. Para Rodríguez, decir tránsito es una sutileza, por lo bien que suena en verso. Pero, por el lugar en el que están, el conflicto es uno más silencioso. Son las brujas de la periferia, como dicen: “nadie las ha visto, pero sabemos que están ahí”, cita Rodas con gracia.

Observar a las mujeres con la paruma de colores eléctricos cruzando el río, lavando en una piedra la ropa –vestuario remoto al de los hombres que podría confundirse con el de un campesino–, oír en su lengua la respuesta a sus preguntas, darse cuenta de que el paso del tiempo es distinto al nuestro, detenerse en lo ceremonioso de sus manos con los alimentos, entre tanto, son rasgos que los dos periodistas destacan al tomar pasajes de lo contemplado para narrarlo.

A finales del año pasado asistieron al III Encuentro Internacional de Fotografía Cubafoto, con una ponencia que comprendía relatos y retratos y se puso en común con otros puntos de vista del conflicto en Latinoamérica. Participaron también, previo al viaje a La Habana, en el Simposio de Ciencias Sociales de la Bolivariana y ahora, gracias a la Convocatoria de Circulación Artística del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, visibilizan en la ciudad fragmentos de su paso por zona tórrida con un culto a lo femenino: la mujer como contenedora de usanzas, dolor y aliento.

El último paso cerca de aquellos árboles de los que se suspenden los nidos de las oropéndolas, permitió que fueran tambo por tambo para entregar fotografías a cada familia, documentar su reacción y partir de nuevo. Regresarán para que sean los indígenas quienes elijan cómo retratarse a sí mismos y poder comprender qué elementos de correspondencia hay entre una mirada íntima pero ajena y una propia y recóndita que tiene sus conjuros adaptativos como ignorar el recuerdo.

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