Relatos entre la luz y las tinieblas (I)

Cuatro cuentos fueron escogidos entre más de cien participantes. Hoy presentamos dos: ‘La caza’ y ‘Querido Tommy’, que recogen la tradición de misterio y terror inspirada por escritores como Edgar Allan Poe y Stephen King.

/ Ilustraciones: Gova

LA CAZA
Por: Eddie Soto

La luz naranja que provenía de una farola a mitad de la calle siguiente iluminaba su camino. El resplandor fluorescente se extendía por lo largo del asfalto e intentaba sin éxito llegar hasta las fachadas de las casas que tenía alrededor, sobre las cuales las sombras de los árboles de los antejardines dibujaban extrañas figuras. Los árboles, al igual que él, se estremecían con el gélido viento que viajaba en ráfagas por intervalos definidos y cuyas ramas que alcanzaban los techos amenazaban con desgarrar los tejados de sus vigas. Pero el estruendo de las ramas no era el único ruido que percibía en el ambiente: los ladridos hacían eco desde algún lugar cercano o tal vez lejano; quizá había más de un can.

Sí, era más de uno, ya que los ladridos venían de diferentes direcciones y distancias. Aquellos animales parecían comunicarse a través de la espesa noche como si delataran la ubicación en la que él se encontraba, y deseó poder gritarles que hicieran silencio en medio de su desesperación.

Tenía frío y aquella noche lucía como la de una ciudad fantasma. No había rastro de que alguien estuviera despierto, o vivo siquiera. Aunque todo estaba relativamente silencioso, no se percibía ni el más mínimo atisbo de seguridad. El misterioso ambiente en el que se encontraba lo llenaba de incertidumbre, no sabía qué camino tomar, si esperar a su depredador, o rendirse, o regresar y enfrentarlo. Hasta la luna y las estrellas estaban ocultas por la oscuridad del cielo. ¿Debía ser luna llena, nueva, menguante? Él no podría definirlo. Con esa penumbra, hasta podría llegar a dudar de la existencia del satélite natural. Era imposible para él incluso decir si iba a llover, ya que de ser así, los relámpagos estarían atravesando las nubes. Era como vivir la calma previa a la tormenta.

Era como ver el anzuelo de un pescador: apacible, confiable, tentador... pero sólo es un camuflaje, pues él sabía que detrás de esa calma se escondían el peligro, el caos, la adrenalina. Sabía que era una trampa, era como si la noche estuviera esperando el momento justo para dar la orden de atacar después de jugar con sus sentidos.

Se mintió convenciéndose de que finalmente había escapado, y a pesar de que necesitaba recuperar el pulso normal, no era siquiera capaz de respirar hondo sintiendo que se podrían escuchar sus inhalaciones. Esperó con la mirada fija en el final del callejón, y supo que sus temores no eran infundados, a donde quiera que fuera la criatura siempre lo encontraba. La silueta dobló la esquina avanzando con parsimonia, poniendo una pata delante de la otra. Con su andar parecía regodearse en el festín que se daría en segundos. Supo que no había forma de huir a la muerte, sus ojos se inundaron a medida que veía a la bestia acercarse.

Lo frustraba no poder destruirla de una vez por todas ni poder escapar de ella; a raíz de ello el terror de no tener una salida se convirtió en suplicio. —¡Vete al infierno! —exclamó en un grito desesperado, pero sólo obtuvo respuesta por parte de los perros que hasta entonces habían disminuido sus ladridos. El valor lo embargó, y le sirvió para darse vuelta en un intento más por salvar su vida. Uno, dos, tres, cuatro pasos corrió antes de sentir las garras rasgando la piel de su espalda a través de las ropas. Se clavaron como ganchos en su cuerpo sólo para tirar de él. El golpe en su cabeza contra el húmedo suelo lo adormeció lo suficiente para olvidarse del dolor sufrido por las heridas en la espalda, reemplazándolo por fuertes pulsaciones en el cráneo.

La sombra se posó sobre él, con el único sentido que poseía percibió el repulsivo y cálido aliento del animal. Algunas gotas cayeron en su rostro: ¿lluvia al fin? Un gutural gruñido a centímetros de su rostro lo corrigió, enfocó la vista y todo seguía oscuro sobre él, excepto por una hilera de líneas blancas puntiagudas y el par de ojos de un matiz dorado tenue que lo observaban fijamente, en una silenciosa conversación en la que la criatura le otorgaba su último deseo y él, en su agonía, suplicó que fuera rápido. Ya no oía los ladridos, las ramas de los árboles, los vehículos, ni el palpitar de su corazón. Entonces la bestia abrió sus fauces en un victorioso rugido y él se entregó a la muerte.

***

QUERIDO TOMMY
Por: Andrea Carolina Roca Barraza

No me gusta hacer amigos. Ellos se ríen de mí por ser bajito y no tener brazos. Pero Tommy no, Tommy es bueno, él me deja usar sus brazos para jugar. Él nunca se ríe de mí y me enseña a reírme de los demás.

Una vez Tommy me dijo que había una forma de parar las risas de los niños. Yo le pregunté cuál era.

“Corta sus lenguas”, me dijo, “y no podrán reír nunca más”.
Lo dijo con una cara fea y me dio mucho miedo. Por la noche, Tommy se sacó los brazos y me los puso y al día siguiente corté las lenguas de los niños con una tijera. Con el agua roja que salía de ellos le escribí una nota a Tommy, para agradecerle.
“Gracias por los brazos”, escribí.

Mami no me creyó cuando le dije que había sido yo quien había hecho eso; así que corté su lengua para que se diera cuenta de que no mentía. Tommy me dijo que debía cortar las lenguas de todos para que supieran que era capaz de hacerlo. Pero las lenguas me empezaban a dar asco, por lo que corté los brazos de papi y de mi hermanita mayor, porque ellos hablaban detrás de las puertas sobre llevarme a un hospital, y no me gustan los hospitales.

Ellos se fueron lejos, Tommy dice que nunca volverán. Pero no me importa vivir solo, porque lo tengo a él y tengo sus brazos. Y Tommy prometió ayudarme a callar a todos los que se rieran de mí.

Por eso salimos juntos de noche, y él hace flotar a la gente mientras duerme, para que ellos sientan que se caen de un abismo. También imita voces para que las personas piensen que las llaman. Ya no se ríen de mí, ahora yo me río de ellos. De todos ellos.

Tommy es un buen amigo, a veces me deja habitar a otros niños y asustar a sus padres, o hacer ruidos en las casas de aquellos que se ríen de los indefensos. Sé que son indefensos porque me lo dijo Tommy. Él dijo que eran como yo, y que yo era un indefenso.

Sigo siendo bajito y no tengo brazos, pero Tommy me presta los suyos. Tommy es un buen amigo. Tommy es mi mejor amigo.

Pero a Tommy le duele arrancarse los brazos, y ya no me mira a los ojos. Tommy llora a veces y no me deja tocarlo. Ahora él está caminando hacia mí, sus brazos colocados en sus hombros, en su mano hay una tijera roja que gotea. Me sonríe y me dice “ya no tendré que prestarte mis brazos”. Le digo que no lo haga, que lo quiero, que no le pediré nunca más sus brazos. Pero Tommy no me escucha, él sólo sonríe y entierra la tijera en mi corazón.

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2014-10-30T21:44:00-05:00

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2014-10-30T22:54:00-05:00

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