Sí a mi vida por una generación consciente

hace 3 horas

Relatos, tradición del viento

La tradición oral en la ruralidad del Caribe colombiano. Relatos breves sobre la cotidianidad.

En El Caribe, cualquier situación es propicia para iniciar un diálogo. Allí no hay secretos.Linda Esperanza Aragón

“El lenguaje lo hace la vida, lo hace la calle”, le dijo Gabriel García Márquez al periodista Ernesto McCausland en una entrevista.
Se habla de vainas, de chismes, de política, de leyendas, de lo que pregona la radio, del pasado, de los buenos tiempos y de los que tambalean. Las esquinas, calles, terrazas, patios, bordillos, salas y los cuerpos de agua son las mecedoras de los relatos y conversas. Allí se acunan sin dormirse, se acunan para poder seguir viajando de boca en boca.

Es un arte convertir lo que nos acontece en un cuento que, a la hora de ser revelado, requiere de exagerados movimientos corporales para añadirle más picante. A veces es preferente apagar la televisión, no pararle bolas al calor, asomarse por la ventana, saludar al vecino y hablar desde un dolor de muela hasta de las deudas. El periodista Juan Gossaín dijo alguna vez que la mamadera de gallo era la cosa más seria que había, puesto que es una forma de ser. El humor y la tradición oral es lo que nos salva del aburrimiento, de los malos tiempos, de la soledad.

Recuerdo lo que le dijo una matrona de la Alta Guajira al escritor Alberto Salcedo Ramos: “¿Guardar un secreto en el Caribe? Ni de fundas. Más fácil sería vaciar al mar con una totuma”. Es que el diario vivir es un tema más exquisito.

Los diálogos y frases que a continuación se expondrán nacieron en varias poblaciones del Caribe colombiano. Los que me los refirieron hicieron énfasis en que cada palabra fue pronunciada con sabrosura en medio de parrandas, noches frescas, días soleados, invitaciones a tomar tinto y reuniones matinales. También me dijeron que han pasado tanto de casa en casa, de pueblo en pueblo y de tiempo en tiempo que ya no se sabe quiénes fueron los que los parieron.

Voy a imaginar que este texto es un ventanal, que me siento en una mecedora cerca de él y que le cuento los relatos a todo el que vaya pasando, porque yo también soy como la matrona: no soy baúl pa’ estar guardando cuentos. Viento soy. Somos viento.
***
Una señora sentada en un taburete, en el patio de su casa, acariciaba con ternura una y otra vez el maíz antes de molerlo.
—¡Carajo! Este maíz sí está lindo —dijo con asombro.
—¿Acaso tiene oro? —le respondió uno de sus hijos que la contemplaba sentado en un taburete también.
***
Antes, los dueños de los picós les cobraban a quienes querían escuchar un rato música o dedicar canciones. Un señor pidió media hora de música, pero después se salió con la suya cuando le fueron a cobrar.
—Ya pasó la media hora —le comentó el dueño del picó.
—No me vengas a cobrar a mí ahora, ¿acaso yo fui el único que escuchó? Toito el barrio escuchó la música. Te va a tocar cobrar de casa en casa.
***
No fue un grito de alegría lo que expresó un señor cuando en la radio informaron que un colombiano se ganó el Baloto.
—El que se ganó esa plata debe buscarse a un psicólogo en seguida porque está acostumbrado es a contar monedas. No sabe lo que es tener plata de fundamento.
***
Las mujeres que día a día se van al río a lavar y a echar cuento no dejan de tomar tinto ni de incluirlo en las conversaciones. Hablan de él como si fuese un líquido todopoderoso que, al ser ingerido, les da el vigor que necesitan para desarrollar la tarea habitual.
—Ajá, mujeres, ¿se tomaron el tinto?
—Sí. Ya vimos a Dios.
***
Los que se fueron a la ciudad y regresan al pueblo a vacacionar son observados con detenimiento por los paisanos que los reciben. Los miran de pies a cabeza. Hacen zoom con los pies para estudiarles desde el cabello hasta el cuello; después les analizan desde el pecho hasta los dedos. Si el panorama pinta mal, no hay pelos en la lengua para decir el resultado del escaneo acucioso.
—La cuchara como que estaba mala. Te hace falta comer buena yuca con pescao.
***
Luego de mirar un rato a su mamá lavando, asume que la ropa tiene piel, venas y que siente los garrotazos que le da con el manduco —pieza de madera— a los trapos para despercudirlos. La duda punza la lengua del niño. No puede evitarlo, lanza una pregunta o, bueno, dos:
—¿Por qué le pega a la ropa, mamá? ¿Qué le ha hecho a usted?
***
Luego de estar varios meses fuera de casa trabajando, el jornalero vuelve a su hogar y le expresa una queja a su esposa:
—Mija, yo te dije que el trabajito me salió fue en una finca, ¿cierto?

—Ajá, mijo. Me dijiste que te ibas a ganar una platica ordeñando y cortando hierba.
—Sí. Y me fue bien. Pero parecía que estaba en un hospital, mija.
—¿Y por qué?
—¡Carajo! Porque me daban era puro suero: desayuno, almuerzo y cena. Como que no había otra vaina pa’ comer.
***
Una señora pueblerina fue por primera vez a un almacén a comprar la ropa para vestirse en las fiestas decembrinas. Pero fue una mala idea que estuviera sola, ya que no escuchaba bien. La doña, con un trato campechano, se acercó a un maniquí y le habló:
—A usted sí le queda bonita esa ropa. Me ha provocado regalársela a mi hija. ¿Cuánto le costó?
—Señora, ese es un maniquí. No puede hablar —le indicó una asesora del almacén.
—Y porque sea de Manatí no puede saludar. ¡Qué mala costumbre! Tan lindo que es ese pueblo.
***
Cuando las personas andan sin reloj y sin premuras prefieren llegar a un consenso al momento de saludarse.
—Buenas tardes —le dijo una comadre a otra.
—Comadre, ¿será que ya serán casi las 7 de la noche? Es que el sol se fue ligero hoy.
—¿Buenas noches? ¿Será?
—¡No joda! Entonces serán buenas revueltas.
—Tiene razón. Si nos ponemos a calcular se nos va el pedacito de vida.
***
Un día antes de viajar a la ciudad, la gente lo anuncia a quienes vayan a enviar alguna encomienda. Y como son pueblos lejanos toca coger lancha, moto y bus. Por supuesto, la novedad es el hecho de viajar, pero va acompañada de lo que se vive durante el trayecto. Así se notifica:
—Mañana estaré cogiendo fresco en el pecho.
***
El día que una señora cumplió los cien años, fueron a visitarla los familiares, amigos y paisanos. Más que celebrar el cumpleaños, la gente quería conocer la fórmula para llegar a esa edad. La rodearon y le pidieron que se las enseñara. La viejita nada más dijo cinco palabras:
—Hoy se come mucha pendejá.
***
Las parejas se aburren de vivir en casa ajena, por eso ahorran y ahorran hasta lograr comprar un pedazo de suelo y construir el nido. Cuando esto se hace realidad, el detalle no es que ya compraron casa; la bola se riega con genialidad:
—Ya tenemos donde guindar la hamaca.
***
Cada que alguien le exige que deje fumar al viejo, él no duda en responder:
—Un viejo que no fuma es maluco porque se la pasa viendo lejos, pero si fuma se distrae con el humo.
***
Había un cantinero tramposo que se aprovechaba de la embriaguez, los sueños profundos y los descuidos de los clientes para ponerles botellas de cerveza de más de parrandas viejas. En una ocasión, un borracho entró al baño, oportunidad que no dejó escapar para meterle gato por liebre. Cuando el borrachín regresó a su puesto, cogió una botella y comenzó a tomar. Escupió desesperado, miró la botella y gritó:
—¡Oiga, cantinero!
—Dígame, señor.
—¿Cuántos años llevo bebiendo yo aquí?
—¿Cómo así? ¿Por qué lo pregunta? 
—¡Esta botella tiene telaraña! Quién sabe de qué parranda vieja fue, y ahora me la endosas pa’ que la cuenta se vaya lejos. ¡Sea serio!
***
No se podían ver porque de inmediato arrancaba la pelea; se odiaban. Eran dos hermanas conflictivas que casi todos los días armaban un escándalo en la calle. Las llamaban las “alegra calle”. En una oportunidad, otra hermana de ellas les gritó desde la terraza de su casa:
—No parecen hermanas mías. Es que acaso no les da pena estar peleando por boberías. ¡Pónganse una máscara! ¡Qué vergüenza, Dios mío!
—Lo que me voy es a enmaicenar —respondió una de las que reñían.
***
Era la época en que ciertos habitantes del Caribe colombiano se iban a trabajar a Venezuela. Un señor había decidido irse para ganar más dinero y ayudar a la familia. No soportaba la nostalgia un día antes de partir, no pudo engavetarla en el alma, se la expresó a la compañera:
—Voy a extrañar la casita, a los pelaos y a usted, morena.
Ella estaba más nostálgica todavía, pero para darle ánimos le soltó una frase templada que aludía al gran esfuerzo que debía hacer en el país vecino para ganarse el pan.
—Atézate, grapa vieja, que vas pa’ guayacán.
***
Era una familia que vivía en una modesta casita. Las cosas no estaban muy bien económicamente. Algunos niños dormían en el suelo y otros, en camitas de lienzo. Una madrugada, el padre iba salir a pescar. A la hora de partir le tocaba levantar con cuidado los pies para no pisarlos, aunque a veces los pisaba sin querer porque todo estaba oscuro. Cuando llegaba al río, los compañeros le preguntaban por qué se había demorado.
—Eso era un solo pisa pelao por aquí y por allá. No había tierra donde afirmar el pie —respondió y se echó a reír en seguida. 
***
Una mujer después de haberse cortado el cabello se miró al espejo y se dijo a sí misma:
—Parezco un machete sin cacha.
***
Un grupo de amigos se reunió en una terraza para hablar de la vida, de fútbol y de desamores. Después de varias horas, uno de ellos introdujo el tema de la vejez. Hablaron tanto sobre el asunto que no tuvieron más que decir la edad uno por uno:
—Yo tengo 64 años —dijo uno de ellos.
—¿Años? —arremetió otro del combo de amigos—. Serán estacas, compañero. No ve que cada vez que uno cumple es como una estaca que se clava y que lo va matando a uno.
—El que invente la fórmula pa’ que uno vuelva a ser joven y simpático será el dios chiquito de este mundo —comentó el que empezó a hablar de la vejez.
***
Había un señor que se dedicaba a repartir comida a los más necesitados de su pueblo. Por circunstancias desconocidas le tocó irse a vivir a la ciudad. Al pasar algunos años, regresó a su terruño, pero nadie le prestó atención. Decepcionado y triste se fue a la iglesia y le expresó a Dios lo que sentía:
—¡En este pueblo la gente sí es desagradecida! No sé qué carajos hago aquí.
—¡Hombe! No diga eso —le contestó un viejo que se encontraba en la iglesia—. Quédese tranquilo. Allá arriba está el que para abajo ve.
—Ese será el murciélago.
Entre tanto, son estos cuentos viajeros, vainas volanderas. Son relatos andariegos que ratifican lo que le contó aquel ave a Eduardo Galeano: “Los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias”.

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Linda Esperanza Aragón

Cultura

Relatos, tradición del viento

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