Rencor color de piedra

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La nueva novela del escritor Tomás González narra la travesía de un padre y sus dos hijos en el mar durante un día y una noche. Un retrato del odio a la figura paterna, rodeado de una naturaleza tranquila y también agreste.

 En ocasiones, una oración es suficiente para medir el nivel de una narración. Una oración como esta, que abre Temporal: “Mario acomodó con rabia, pero con cuidado, los dos remos en la lancha y fue a la casa del padre por los bidones de gasolina”. En ocasiones, también, esas palabras se convierten en la imagen perfecta de todas las que siguen. Sugieren el ambiente, sugieren la psicología. Aquella brevedad contiene, como un aforismo, todo.

En ese modo procede Tomás González en Temporal. En la madrugada de un sábado, Mario, Javier y su padre se toman las aguas para pescar. El padre regenta el Hotel Playamar, cerca de Tolú, y unos buenos kilos de pescados le darían copiosa ganancia. Les han avisado ya, sin embargo, que viene la tormenta, que habrá mar de leva. Ellos no hacen caso, incluso fingen desconocer la noticia. Y es allí, en alta mar, donde se descubren: poco a poco, el lector se entera de la destrucción de sus vínculos, de cómo el odio cercenó la imagen del padre.

Hora a hora, desde las cuatro de la mañana, el narrador describe un mundo idílico, al parecer lleno de fortaleza. Es el lugar de veraneo; se escucha allí música y el trago viene cada tanto, a veces en exceso. En principio, la naturaleza —que en la narrativa de González pasa a ser un personaje protagónico— se somete a esa tranquilidad. Está allí, en símiles con fuerza que al mismo tiempo describen el aire de sus personajes. “Un rayo rajó la negrura del cielo por el horizonte, como agrietando un pocillo. Mario agarraba el mango del timón del Evinrude con la mano izquierda. El mar era un espejo negro”.

No es un detalle menor. La naturaleza es, en buena parte, una expresión de la salud interior de Mario, Javier y el padre. Mientras avanzan en el mar y observan, victoriosos, que han pescado en abundancia, también ven en el horizonte las nubes cargadas, amenazantes. “Mar adentro, por el noroccidente, había aparecido una acumulación de nubes de un gris casi negro, y el lejano diluvio de color de piedra era alumbrado por relámpagos que se superponían unos a otros y subían y bajaban en intensidad, pero nunca se apagaban. Era como si en aquel punto remoto se hubiera localizado una especie de infierno”. Como en Primero estaba el mar, su primera novela, o en La luz difícil, González encuentra aquí una forma fina de retratar la naturaleza más allá de la descripción. En la naturaleza está el ser.

Y podría decirse, como se ha dicho en otros momentos, que González conoce bien el lugar en que se desarrollan sus novelas. Son detalles: los nombres de los pescados —pez barbúo, cojinúas, sierras, jureles—, el equipaje de la lancha —la pértiga, el garfio, la linterna, la carnada—, el modo en que debe ser reparado un motor. Sus palabras son fruto de un consciente conocimiento del entorno y de cómo la naturaleza permea a los hombres. Pero eso ya ha sido dicho y resaltado por numerosos críticos. González ha encontrado un nicho, una luz determinada, y aquí ha logrado aplicarla con la misma destreza que en La luz difícil o La historia de Horacio, otra de sus novelas cuya temática es en apariencia simple, aunque muy profunda.

Más allá, González ha sabido reconocer en las situaciones sencillas todo lo que tienen de grave y trascendental. Un resumen de esta obra no haría honor a su contenido: son dos hijos que pescan junto a su padre, se topan con una tormenta, el padre casi muere, ellos casi lo dejan morir. Sin embargo, no hay en esas palabras nada del profundo ocaso que se esconde en las almas de estos hombres; tampoco la esencia de la vida de la madre, Nora, que los espera en el hotel mientras ellos pescan. Nora tiene problemas mentales; todos los días acude a ella un coro imaginario de personas que la incitan incluso a asesinar. Ha sido maltratada por su esposo, olvidada, sólo es querida por uno de sus hijos.

Esos elementos confluyen en un solo lugar: el rencor. Un sentimiento desdichado, pleno de odio y, al mismo tiempo, de una indeterminada compasión por sí mismo. El rencor no deja que Mario sienta tristeza por su padre cuando, en medio del temporal, se lastima el tobillo. En el momento en que siente algo de compasión por su persona, Mario prefiere el odio y se reprocha ese sentimiento. Lo mismo sucede con el padre: “Le molestó que Javier se detuviera para mirarlos, pero esta vez no dijo nada y sintió, en cambio, un golpe involuntario de compasión por sus dos hijos, como si desde el cielo lo hubiera cagado de pronto una gaviota”.

¿Qué hay en medio de esta psicología desnuda? Mucho más que en sus anteriores obras, González se lanza a crear voces nuevas y a someter la narración a una estructura más diversa. El retrato de Nora se encuentra en capítulos espaciados; cada tanto, un grupo de turistas va contando sus testimonios sobre el padre y los hijos. El retrato no se limita a una visión en tercera persona, común en la obra de González, sino que se abre a monólogos interiores y a la creación de voces inexistentes —como el coro que escucha Nora—: esta novela es un experimento de voces y perspectivas, cubiertas todas por la naturaleza, baúl infinito de los vicios y virtudes de los hombres.

Alguien podrá decir que Temporal hereda cierto aire de El viejo y el mar de Hemingway o del parricidio de Los hermanos Karamázov de Dostoievski. Eso señalaría únicamente el carácter universal del relato. Porque están allí la degradación, la pérdida, el odio y el rencor, juntos todos en un paisaje nada inocente, que González ubica en Tolú pero que, en realidad, está superpuesto al alma de cualquiera que haya sentido el mismo escozor, la misma desidia fundamental que sostiene las relaciones familiares. “La tempestad ocupaba un rincón del universo; el resto parecía estar tranquilo y quedaban en él vestigios de luz”. Temporal recoge ese justo momento en que quien es odiado se convierte en objeto de felicidad. Pero es un momento efímero, inútilmente efímero. “Lo más cercano a la alegría era el alboroto fugaz de la codicia o de la venganza triunfal, antes de desencadenarse la debacle”.

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