Réplica a Juan Gabriel Vásquez

Un ensayo sobre la importancia de Gabriel García Márquez para la literatura colombiana, a propósito de una columna de Juan Gabriel Vásquez.

Ni se piense que García Márquez cayó del cielo en las alas de un paracaídas confeccionado con la tela popelina de las sábanas en las que, en el aire, sobrenadó Remedios, la bella, ni que es el producto de la generación espontánea, como pensó engañosamente Aristóteles que emergía la vida, cuando este escritor es el resultado de un proceso histórico singular y general, mediante el cual su talento, afortunadamente incubado en el Caribe colombiano, fue nutrido y guiado, en su historia personal, por las condiciones familiares, locales y ambientales, en que transcurrió su infancia en un medio rural, Aracataca, poblado de asombros y maravillas y rodeado de matriarcas familiares y de habitantes que amasaban su vida todos los días con la mítica materia en la que germinaban las semillas ancestrales de una imaginación fulgurante y desbocada, válida, para hablar de la naturaleza, del mundo, del universo y de las personas y cosas que lo pueblan, de una sorprendente oralidad. Y, en lo general, ya como joven periodista y aprendiz de escritor, por la lucidez de dos bien visibles prohombres de la literatura y de la crítica literaria moderna y contemporánea en este país, el barranquillero don José Félix Fuenmayor y el catalán don Ramón Vinyes, luminosas estrellas de los vientos literarios del mundo, que asumieron ab initium, tanto personalmente como a través de las formidables e inigualables páginas de las revistas Voces y Crónica, una aleccionadora labor de zapa, contestaria y propositiva, es decir, una seria y eficaz contralectura y contraescritura del discurso literario nacional de los siglos XIX y parte del XX.

Contralectura y contraescritura que iba en pos de abrir nuevas rutas discursivo-creativas en nuestro país, dado que, al decir de José Antonio Portuondo, “como quehacer estético la crítica literaria valora y orienta, refleja, informa y crea” (Orden del día, pgs. 211-2). Sabemos ya que estas dos luminarias escoltaron muy de cerca al otro coequipero, Álvaro Cepeda Samudio, y que a García Márquez, en Cartagena, en El Universal, Héctor Rojas Herazo también le prodigó invaluables aportes a su trabajo de periodista y novelista, así como también recibió beneficios literarios, desde otra vertiente de la amistad y la cercanía, de manos y letras de Manuel Zapata Olivella, tres planetas que giraron y giran en una luminosa elipsis en el universo colombocaribeño, latinoamericano y universal de la literatura, y a quienes les debe el país no sólo la modernidad sino también la contemporaneidad de nuestro verbum literario.

Discípulo de aquellos dos patriarcas legendarios de la literatura colombocaribeña, García Márquez, distinto a los demás, enrumbó su trabajo periodístico sentando en sus columnas de La Jirafa, en El Heraldo de Barranquilla, principios reguladores de una nueva estética, cocinada en llavería con los alquimistas mencionados en sus mágicas marmitas, pues como asegura el citado Portuondo “…si la crítica literaria ha de juzgar y valorar, necesitará, de modo inevitable, apoyarse en un sistema de categoría y aplicar una determinada tabla de valores estéticos…”, que vertebrara una forma vanguardista del poiein literario, permeado, como se ha dicho, por lo mejor del espíritu literario norteamericano y europeo, al cual éste tuvo acceso, lo mismo que el Maestro J. Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas y el resto del grupo de amigos nucleados alrededor de éstos, merced a la acción diseminadora del Maestro Vinyes, con su librería, de las obras literarias extranjeras de impacto allende el mar Caribe y el océano atlántico que desembarcaron en el puerto de brazos abiertos de Barranquilla: Hemingway, Steinbeck, Faulkner, Kafka, Virginia Woolf y quienes más paradigmas de la suntuosa fiesta de las palabras celebradas en el mundo letrado en el extranjero cabe en los años cincuenta y sesenta.

Su talentoso, además de disciplinado trabajo crítico-creativo, le permitió cuajar la propuesta de un nuevo método narrativo con el cual, apoyado en lo real, construir desde allí un nuevo futuro, método que llamó “realismo mágico”, que no debe confundirse con una simple manifestación de la fantasía, a usanza de la ciencia ficción, sino como un propósito de apuntar a lo real, que es el elemento que hace posible al imaginario sentar las bases para construir una nueva realidad. Aquel invento suyo, además de otros factores de creatividad y de otras influencias vivificantes adeudadas a la nueva vanguardia latinoamericana que protagonizó el denominado boom, elevaron a G. G. M. a la estatura literaria a la que se empinó apalancado por el feliz hallazgo de su sorprendente oferta estética, racional y también imaginaria e imaginativamente escudriñada y consolidada, enmuñecándose el gran premio con que hubo su recompensa, originadora de tres reacciones opuestas: a) la “gabofobia”, esto es, de respuestas mezquinas, inquinosas, malalechosas y repulsivas según la estrecha mentalidad de algunos andinos que juzgaron como insólito que un “costeño”, que un “corroncho”, como ellos nos mal-dicen, hubiera podido merecer una distinción de tal envergadura; b) la orgullosa “gabolatría”, o sea la manifestación de júbilo y satisfacción porque un colombiano se hubiera alzado con semejante galardón, y c) la “gabomanía”, distorsionado espejismo que hizo pensar a muchos que escribir como García Márquez era la “línea” a seguir para obtener éxito y nombradía en el mundo de las letras, y estúpida y pobre visión de la creación e inventiva literarias, pues la voz estética de García Márquez no le es propia a nadie más.
Y, lo que es peor aún: por culpa de una mediocre crítica literaria nacional que en vez de pensar a García Márquez como un distinguido y enorgullecedor representante colombiano del ámbito literario local, latinoamericano e internacional, como ha sucedido con los premios Nobel en otros lados, lo convirtió en una especie de notable ícono único que “sacaba y saca la cara por nuestro país” caótico, atrasado y bárbaro, como correlato de lo cual los escritores posgarcíamarquianos, minimizados e invisibilizados por esa visión enana de luces, se sintieron “castrados” por el Padre. Y a cambio de escribir “a pesar de”, “o mejor que”, o “ sin importar quién, qué ni cómo”, sin pretender ser su eco, no vislumbraron que la tarea urgente era encender la fragua de la imaginación para moldear y templar, como él lo hizo, una voz propia, diferente, estéticamente notable, para no padecer la atormentadora y agobiante pulsión freudiana del “parricidio” y el “deicidio”, bajo la sospecha de que después de García Márquez nada de lo que hicieran iba a tener algún sentido, convirtiendo, entonces, al Nobel, en un estorboso obstáculo, literariamente hablando, y no, mejor, en una lección de apertura hacia nuevos caminos estético- formales en la literatura colombiana.

Y parece que muchos escritores nuevos se hallan todavía en un estado de lo que podríamos llamar “disfunción literaria”, porque en el acto concupiscente de escribir los perturba, sin que se lo puedan espantar de la cabeza de un manotón, el impertinente y obsesivo fantasma de Gabriel, fenómeno que también inquieta, por ejemplo, al periodista holandés del que habla el escritor Juan Gabriel Vásquez, el de El ruido de las cosas al caer, premio Alfaguara de novela en 2011, en su columna de El Espectador del 21 de marzo del año que anda (p. 31), a quien, así de sencillo, en la reciente oportunidad del cumpleaños del Nobel aquel periodista dizque le preguntó “cuán difícil era escribir después de García Márquez”, arguyendo el inquirido que el periodista “…no tenía por qué saber que el verdadero problema de muchos escritores colombianos, entre los que me cuento, ha sido justamente contradecir esa verdad recibida: que las novelas de García Márquez son un problema para sus descendientes…”, completando después de un punto seguido que “ Nunca he entendido esa opinión”.

Mas, esa confesión del escritor Vásquez es desconcertante porque una lectura atenta y apercibida, como debe ser toda lectura seria, de su novela ganadora del galardón Alfaguara 2011, faculta para enfatizar que sí es difícil en este país poder escribir después de García Márquez, pero no porque nuestro Nobel parezca un tombo que fisgonea asomado por encima de los hombros de nuestros escritores, como si los supervisara en el momento de asumir la hermosa y complicada tarea de invencioneros, sino porque sus obras nos obligan a saber escribir bien, novedosa y dignamente, produciendo asombro y sorpresa, tocando a fondo la vida humana y social, virtudes ausentes en la mayoría de las nuevas voces de la literatura nacional, como la del autor aducido aquí, cuya novela premiada, una vez leída con detenimiento, suscita las siguientes glosas: a) una notoria falla de redacción, sintaxis y puntuación en muchos de los párrafos del libro en los diversos capítulos que lo integran, verbigracia en la página 14, del capítulo primero, en donde se lee esta parrafada mal cosida sintácticamente: “Durante las semanas que siguieron, el recuerdo de Ricardo Laverde pasó de ser un asunto casual, una de esas malas pasadas que nos juega la memoria, a convertirse en un fantasma fiel y dedicado, presente siempre, su figura de pie junto a mi cama en las horas de sueño, mirándome desde lejos en las de la vigilia”(?);

b) en la página 18 se percibe la misma falencia en este párrafo: “Los bogotanos nos habíamos acostumbrado a ella (se refiere a la violencia), en parte porque sus imágenes nos llegaban con portentosa regularidad desde los noticieros de los periódicos, ese día, la imágenes del más reciente atentado habían empezado a entrar, en forma de boletín de última hora, por la pantalla del televisor.”(?) En esta misma página se descubren, enseguida del párrafo señalado y en muchos otros, repeticiones innecesarias de palabras que hacen estéril, monótono y sin ningún encanto el discurso, porque parece que el autor olvidó la importancia de la economía verbal, del uso de sinónimos y que descuida la vigilancia policiva sobre su propia escritura: “Primero vimos al periodista que presentaba la noticia desde la puerta de la clínica del Country; después vimos una imagen del Mercedes acribillado…y al final cuando ya los movimientos habían cesado en todas las mesas y se había hecho el silencio y alguien había pedido a gritos que le subieran el volumen al aparato, vimos, encima de las fechas de su nacimiento…” El escritor pudo omitir el segundo vimos marcando una coma en la palabra después, y así hubiera resultado más elegante decir…”después, una imagen del Mercedes acribillado…”, y para soslayar la fea reiteración del tiempo verbal había, pudo escribir así: “y al final, cuando cesaron los movimientos en todas las mesas y se hizo silencio y alguien pidió a gritos que le subieran el volumen al aparato, observamos, encima de la fecha de su nacimiento…”; c) este defecto de la repetición innecesaria por falta de una buena redacción está presente asimismo en la página 115 con la palabra gente;
d) en la novela se leen expresiones que desdicen del buen manejo de nuestro idioma por parte del autor, a saber: “Una pequeña muchedumbre de gente prestante…separaba el palco de los presidentes…” (p. 117); otra que nos produce un triste asombro es ésta: “Un muchacho joven con un cajón debajo del brazo se le acercó…” (p.187); e) la novela muestra el uso indebido de preposiciones, uso excesivo e innecesario de gerundios y desafortunado empleo de la contracción al en muchos casos, por ejemplo: “ Al momento de la noticia se habían contabilizado…” (p. 40), en vez de “En el momento de…” “…los pies del que iba atrás subiéndose a los estribos, la mano desapareciendo al interior de la chaqueta…”(p.48), en vez de en el interior de… “…Afuera, al fondo de la noche, ladraba un perro” (p.68), en vez de en el fondo de…, que resulta muy poético.

Para no alargar más el chico, como diría Laverde, el billarista y aviador narcotraficante de la obra en comento, porque todavía sobra mucha tela que cortar en la novela El ruido de las cosas al caer, cuyo título ignoramos qué quiere decir, podemos decir que el problema no es que no sea posible escribir después de García Márquez sino en ser capaces de escribir libros trascendentales y paradigmáticos que enriquezcan y enorgullezcan el patrimonio literario universal, como los suyos. También debemos tener bien claro que le será muy difícil a otro colombiano alcanzar el Himalaya literario al que ascendió G. G. M. con su talento y disciplina, y recalcar el hecho desastroso de que muchas de las nuevas voces literarias del país están alienadas por las exigencias mercantiles de las editoriales que les marcan caminos temáticos para mover el libro-mercancía del momento en el mercado, otorgadoras de premios escogidos por no se sabe qué clase de jurados, y que han reducido nuestra “literatura”, con muy estrechas excepciones, al monotematismo espectacular de la violencia y el narcotráfico, el chisme y la barbarie paramilitar en nuestro país, que es de lo que han tratado las primeras obras intrascendentes de Franco, del escritor Vásquez y de Laura Restrepo, cuyo libro Delirio no se explica uno cómo pudo un escritor de la alcurnia de Saramago, seguramente atrapado en la trampa de una estrategia de marketing, dedicarle elogios para que fuera promocionado y bien vendido, a pesar de que estos autores han escrito obras sin densidad humana, social y estética, intrascendentes, efímeros, lectura para un ratico, en tanto distan mucho de brindarle a los lectores, como sí lo hace la literatura de alto quilataje, el placer pecador del asombro, la sorpresa y el acaudalamiento espiritual.

Digamos, pues, que escribir libros de poca estatura humana y estética es fácil después de García Márquez, lo cual se hace actualmente en el país, tanto en el Caribe colombiano como en el área andina, donde se pulsan intentos fallidos por superar el lastre no de García Márquez sino el de una achantada y apoltronada imaginación negada para el grácil y extasiante vuelo de la mariposa que alentó con su aleteo, en su momento, las novelas, los cuentos y las poesías de don José Félix Fuenmayor, del sabio catalán Ramón Vinyes, del cataqueño universal Gabriel García Márquez, del cienaguero Álvaro Cepeda Samudio, del tolueño Héctor Rojas Herazo, del loriquero Manuel Zapata Olivella y de la más encumbrada poeta del país, la barranquillera Olga Chams Eljach o Meira del Mar.