Retratos de familia

Álvaro Cardona es el ganador del premio nacional colombo-suizo de fotografía —galardón que entregan el Ministerio de Cultura y la Embajada Suiza— por una serie sobre víctimas de la guerra en el Catatumbo.

Una  madre sostiene un fragmento  de  fotografía de  uno de sus hijos asesinados.  / Fotos: Álvaro Cardona
Una madre sostiene un fragmento de fotografía de uno de sus hijos asesinados. / Fotos: Álvaro Cardona

“Los problemas de la humanidad no pueden ser resueltos mientras no sean identificados. La prensa es una industria de servicios y el servicio que provee es conciencia. Cada nota no tiene que vender algo. También hay un momento para dar”: James Nachtwey.

Una madrugada, Álvaro Cardona fue despertado por una idea incómoda y clarividente: “Mi trabajo no tiene sentido de cara a la sociedad”. Renunció. Trabajaba en una publicación hecha para hombres, por decirlo de alguna forma.

“Entre 1999 y 2005, los paramilitares asesinaron a nueve mil personas en una región con 20 mil habitantes. Ahí estaba la historia que yo quería contar: una versión del conflicto que no había sido escuchada aún”. Cardona empacó sus maletas y enfiló hacia el Catatumbo, Norte de Santander.

Mientras trabajaba para una empresa petrolera realizando fotografías para un banco de imágenes, un documental y un periódico, Cardona comenzó a hablar con los pobladores, los habitantes de la guerra, si se quiere; triste idea la de vivir en un teatro de batalla.

La cosa comenzó con un tinto, una conversación casual, sin pretensiones. Luego unas primeras tomas para romper el hielo, un material grueso forjado de dolor, desconfianza y miedo. Un saludo en la calle, ayudar a arreglar el patio un domingo.

Tomarse el tiempo para hablar, para confiar, para ir sacando las hojas del cuaderno con las preguntas y los reclamos. ¿Dónde está mi hijo? ¿Qué pasó con mi hermano? ¿En dónde está enterrado mi esposo? Los tachones entre los que se lee “¿qué le hemos hecho a la vida para que nos dé tanto palo?”.

“La fotografía como herramienta para sanar las heridas de la memoria. La posibilidad de ser terapeuta a través de la imagen”. Cardona entró a las vidas de tres familias para escuchar sus relatos y, con éstos, contar en 15 imágenes una historia en la que se mezclan las ausencias y las presencias que dejaron la guerra: pasado y presente de un conflicto. En los años más duros del Catatumbo, cada núcleo familiar perdió un miembro, cuando menos. Las balas se llevaron un padre-esposo, un hijo y un hermano.

La toma final de las fotografías llevó apenas un par de días. Todo el trabajo se demoró año y medio; año y medio para tejer el frágil hilo de la confianza, un material hecho de silencios y aceptaciones mientras se mira el atardecer, de atribulado recuerdo que se agrupa en los ojos mientras se frita el plátano para el almuerzo.

La exposición “Padre, hijo y espíritu armado”, que estará en el Gimnasio Moderno de Bogotá entre el 16 y el 29 de octubre, muestra a los miembros de la familia que sobrevivieron sosteniendo pedazos de una fotografía de aquellos que fueron asesinados. En una sola imagen se combinan dos generaciones de la misma familia, dos momentos de vida interrumpidos por la guerra.

“La reportería gráfica se ha vuelto excluyente y reduccionista, miope por su inmediatez ante la realidad y condenada a la consecución de un producto mecánico, sin ser parte de lo que muestra, ni invitando al sujeto fotografiado a ser parte de su construcción de sentido, limitándose a la transmisión de información”, dice Cardona.

“El periodismo visual le pone un rostro a lo que, desde lejos, parece abstracto. Los fotógrafos van a los extremos de la experiencia humana para mostrar qué está sucediendo. A veces ponen sus vidas en riesgo porque creen que la opinión y la influencia de los lectores importan”, finaliza Nachtwey.